miércoles, 11 de junio de 2008

La milagrosa

Hablando de recuerdos, conservo uno con especial afecto, Siendo muy pequeño, tal vez de seis años, mi familia me llevó al santuario de la Virgen Milagrosa en la bella vereda La Amoladora de mi pueblo natal. Allí había un pequeño templete, en medio del cual, sobre una columna de adobes reposaba una urna de vidrio que guardaba la imagen de la Virgen pintada de color blanco, no era grande, tal vez de no más de ochenta centímetros de alta y hecha con un material que parecía concreto.

En el pequeño recinto se apiñaba una gran cantidad de personas, señoras con chalinas y vestidos negros con olor a naftalina, acompañadas de sus esposos e hijos, los señores aunque poco piadosos, resignados las llevaron hasta aquel sitio porque el arzobispo de Santa Fé honraba al pueblo con su visita y celebraría allí una solemne misa ante la milagrosa imagen de la virgen, que en aquel entonces muchas personas juraban haberla visto derramar lágrimas. Comenzó la ceremonia y la gente se veía conmovida por el ambiente que logró crear el oficiante, sobre todo después del sermón en el que habló del fenómeno del llanto de la virgen, y la urgente necesidad de arrepentimiento de los pecadores, tal fenómeno, decía, era una inminente señal de que algún terrible castigo divino estaba por caer sobre un pueblo disoluto .

En algún momento noté que se había organizado una larga fila que llevaba hasta la urna, solo cuando abrieron aquella y la gente comenzó una a una a levantar la imagen y a besarla, intuí que era parte de un rito regional.

Un amigo de mi familia llamado Juan López, se burlaba sin mucho disimulo de aquello, pues tal vez le parecía ridículo, él era aficionado a las pesas y había desarrollado unos grandes músculos que ostentaba sin ninguna humildad vistiendo una ajustada camisa blanca de manga corta.

Decidido a dar fin a aquel acto tan provinciano, se ubicó al final de la fila con gesto burlón, viendo como las señoras jadeaban al levantar con gran dificultad la pequeña imagen de cemento, todos estaban pendientes de él, pues tal vez sería el fin de la leyenda que decía que el peso de la virgen era proporcional a los pecados de quien la levantara, al fin Juan se subió más las cortas mangas de su camisa para enseñar sus enormes músculos a una concurrencia que contenía el aliento al ver al fortachón asir la imagen con sus grandes manos, al comienzo todos pensaron que el hombre tardaba en alzarla para ponerle misterio al momento, pero luego todos vieron con asombro que los brazos del hombre temblaban en su inútil esfuerzo de levantarla, sus venas y arterias se brotaron y un copioso sudor cubrió su rostro, aterrado ante su impotencia y finalmente conmovido, el hombre cayó de rodillas llorando
amargamente, vencida su soberbia por esa menuda imagen; el arzobispo poniéndole una mano en la cabeza para reconfortarlo me invitó a subir al sitio donde reposaba la Virgen y me instó a levantarla, entonces sin entender mucho lo que estaba pasando la tomé entre mis pequeños brazos y la cargué balanceándola como si fuera un bebé.

La gente lloraba y gritaba MILAGRO, MILAGRO...Estos recuerdos se me desvanecen entre murmullos de letanías y olor a incienso.

DZR.



2 comentarios:

Daniel Mercury dijo...

La ultima frase tiene mas fuerza en el realto que la misma virgen
'Estos recuerdos se me desvanecen entre murmullos de letanías
y olor a incienso.'
como dicen en terminos futbolisticos pago la boleta, felicitaciones dario

danubio dijo...

T.K.S. Daniel.