sábado, 14 de junio de 2008

locos Cuentos para gente cuerda

LOCOS CUENTOS PARA GENTE CUERDA.

Con estos cuentos participé en el concurso internacional convocado por la cámara de comercio de Medellín 1994.


LA CAMA QUE VOLABA.

Los niños se arremolinaron ansiosos alrededor de su abuela, que reposaba sobre los mullidos almohadones de su centenaria cama de roble. Lilí, con sus pecosas naricillas y sus rubios cabellos reclamaba el mejor sitio, acomodándose por fin en la cabecera.
Daniel con sus ojos negros llenos de picardía escogió su sitio a los pies de la abuela, que esperaba a que sus inquietos nietos se acomodaran para comenzar con sus historias. Ella aprovechaba aquel momento para poner en orden sus ideas y escoger el tema apropiado para esa noche, sabía que cada historia debía ser acorde al momento, por ejemplo en las noches calurosas con olor a naranjos en flor, ella prefería historias de pequeños dundecitos saltando sobre el verde follaje del brevo que el abuelo Joaquín sembrara en el fondo del jardín un mes antes de fallecer. En cambio en las noches tormentosas y frías, que otras historias sino las de guacas y espantos podrían ser las elegidas.


Sus reflexiones fueron interrumpidas por los reclamos ruidosos de la pequeña Lilí
-Abuelita, abuelita, ¿que nos vas a contar hoy?
- ¿Están listos para comenzar?, preguntó la abuela.
- Si... Sí..., gritaron en coro los niños, mientras con sus pesadas cabriolas por poco rompen el inmenso camastro de roble.


La abuela Berta se cubrió hasta el cuello con la manta llenando lentamente sus pulmones y luego dejó escapar un largo suspiro, signo inequívoco de que ya tenía un buen tema.


Los niños apenas si respiraban aguzando sus oídos para no perder el más mínimo detalle, al tiempo que abrieron los ojos de su imaginación, esos que tanto añoramos los adultos y que perdemos en algún momento de nuestro viaje, a causa de la ceguera del raciocinio y que solo algunos recuperan al llegar la ancianidad.
El acogedor lecho se transformó de repente en una extraña nave espacial que comenzó a sumergirse lentamente en las nebulosas de la fantasía. Poco a poco y en silencio las paredes del cuarto ya no estaban, luego las ventanas, las cortinas, la mesita de noche con todo y el vaso de agua que guardaba todas las noches la sonrisa de la abuela, desaparecieron mágicamente, succionadas de una realidad temporalmente perdida.

La abuela ahora se transformó en la avezada capitana de un estranbótico navío, que en medio de la iridiscente corriente producida por el flujo pausado de sus palabras, se impulsó a velocidad insopechada rumbo a la curiosa expedición hacia las ignotas regiones de la sorpresa.

Lilí y Daniel, absortos ante los maravillosos parajes que ahora contemplaban, sentían ondear sus cabellos convertidos en banderas amarillas. La abuela no dejaba de mover sus labios, de los que brotaba esa poderosa energía que seguía impulsando el inaudito viaje.

- Miren arriba..., les dijo la abuela, y ellos alzaron sus ojos , los de su imaginación, claro está, entonces vieron a un grupo de hadas practicando vuelo sincronizado al ritmo de hermosas melodías estelares.
Luego la anciana enrumbó su camastro mágico a babor, mientras sonreía orgullosa por su sorpresiva maniobra, fué cuando divisaron por fin a Puerto Corazón, esa bahía en la que solo anclan las naves de la imaginación, formando largas filas en su muelle cargadas de niños y abuelas.
Sobrevolaron por buen rato ese amable sitio, sonriendo y batiendo sus brazos a todos los que allí estaban anclados. La abuela tomó rumbo erix, punto geográfico que solo existe en aquel lugar, no es norte ni sur, ni oriente ni occidente, sino todo lo contrario.
Penetraron una densa niebla, cosa que los llenó de temor, y no sin razón, pues al atravesar la pared de neblina descubrieron un paisaje asolado por el fuego y la radiación, donde solo quedaban unos pocos seres, que más que humanos parecían espectros que avanzaban cabizbajos hacia ninguna parte, porque allí solo era la nada.
Los niños comenzaron a llorar a gritos y rogaban a la abuela para que cambiara la historia.

- Esto que ven, dijo la abuela, podría ser el futuro próximo, pero como todavía quedan buenos corazones como los vuestros hay esperanza de que no suceda, espero que los conserven tan limpios y puros, que no los dejen enlodar por el fango del egoísmo y la codicia, que no permitan que desaparezca de sus vidas el amor, que jamás se cansen de contemplar maravillados el milagro de la salida del sol tras las montañas, coronado de rojos arreboles, tampoco dejen de admirar la gracia fascinante de una simple crisálida, que después de una paciente espera, libera al fin a la hermosa mariposa, que salta al vuelo mas engalanada que el mismo Salomón.

- ¿ Y quién es Salomón?, inquirió Daniel.
-Esa será otra historia mis amores, ahora es mejor que regresemos, dijo la abuela, y después de besarles tiernamente sus alborotados cabellos, los envió a dormir a su cuarto. Antes de dormirse, los niños guardaron con la ternura que solo tienen los ángeles estas historias en su corazón, envueltas en el terciopelo azul de sus recuerdos.

Veinte años después, el niño Daniel solo existe en los recuerdos, agazapado tal vez en el camastro volador de una infancia ida, dando paso a ese hombre que ahora lleva a cuestas, pero que aún recuerda las historias de la abuela.


TRANSMIGRACIÓN.

Isabel habló desde muy pequeña con gran fluidez e impecable dicción, desde entonces sentía una poderosa necesidad de comunicarse. Tal era su ansiedad, que tenía la firme convicción de que el único objetivo de la vida era el ejercicio de comunicarse.

Ya en su adolescencia dominaba el arte de hablar y escribir, con un manejo impecable de las reglas gramaticales y fonéticas que ello implicaba, eran sus conversaciones de entonces, verdaderos conciertos de erudición y musicalidad, ya que aunaba a sus profundos conocimientos el envolvente sonido de su voz cautivadora...

Pero todo esto no la satisfizo, pues dentro de su espíritu sentía muchas cosas para las cuales aún no se habían inventado palabras. Ella comenzó a pensar que las palabras era un sistema de comunicación muy arcaico, pues no alcanzaba a expresar todas las emociones que luchaban en su mente por salir.
Ya a sus quince años conocía infinidad de idiomas y dialectos, pero todos al igual le parecían limitados para el total propósito de la comunicación. Casualmente oyó un día a alguien hablar sobre la telepatía, la precognición, viajes astrales y otros asuntos metafísicos de dudosa reputación entre la escéptica comunidad científica dominante Atraída por estos temas comenzó a investigarlos y sorprendida halló mas coincidencias que divergencias con las ciencias y tecnologías que estudiaba en la universidad. Todo esto la fué llevando hacia la síntesis de ambas escuelas y a la fusión de conceptos genéticos con otros bioelectrónicos en los que vió inminentes posibilidades para lograr la telepatía electrónica como suma perfección de la comunicación humana.

Dedicada Isabel a estos nuevos horizontes logró en poco tiempo hacer un paralelo entre los fenómenos electromagnéticos, psíquicos y químicos, encaminó sus investigaciones hacia la construcción de un microdispositivo transceptor que ampliara las ondas cerebrales de forma bilineal, o sea en recepción y transmisión.
Ya se había comprobado que todo pensamiento genera ondas y pulsos eléctricos medibles en laboratorio, ¿por qué no pues, seria posible la viabilidad e tal proyecto?. Más que una posibilidad, Isabel tenía ahora la certeza de que al fin lograría la
comunicación directa entre las mentes, sin las pérdidas causadas por la incómoda transferencia que ocasionaba la conversión a la fase idiomática.

Tal artefacto iría mucho mas allá, pues de seguro permitiría que los seres humanos se comunicaran con otros seres de la naturaleza. Esta labor la fué desarrollando en la mas completa soledad y secreto, al punto que ni sus padres tenían idea de estas cosas. En la universidad nunca confió a nadie su proyecto y se aisló tanto que comenzó a pasar como persona hosca y antipática., sus padres estaban siempre tan ocupados que ni se daban cuenta de su cambio de personalidad.

Cuando no estaba en clases se la pasaba encerrada en el sótano de su casa sin más compañía que Rufo, su perro lanetas, que se echaba bajo la mesa de trabajo, más interesado en su siesta que en los complicados enredos de aquel improvisado laboratorio.

Fué en su décimo octavo cumpleaños cuando Isabel resolvió el último escollo de su alocado proyecto, la fuente de alimentación que había conseguido construir, una biobatería prácticamente eterna, que usaba como electrolitos los fluidos naturales del cuerpo.
Dos años tardó Isabel para llevar a término su proyecto, el último paso fué la construcción de los dos mini dispositivos cerebro transceptores bilineales que ella contemplaba complacida sobre su mesa de trabajo.

Eran dos pequeños cilindros metálicos cuyo diámetro apenas si excedía al de una aguja hipodérmica. Dentro de los cilindros reposaban los circuitos electrónicos que una vez insertados en los cerebros de los dos sujetos de prueba deberían entablar el intercambio directo de sus pensamientos. Todos sus esfuerzos y desvelos estaban a punto de ser recompensados. Una vez introducido en el cerebro a través de una aguja hueca solo sobresaldría una pequeña punta a la altura del entrecejo y que se vería como un pequeñísimo lunar, un verdadero tercer ojo.

Ya imaginaba Isabel las repercusiones que tendría su invento, se imaginaba recibiendo el premio novel y siendo honrada en los más famosos salones de la ciencia, pero sobre todo tal vez sus padres comenzaran a prestarle más atención y a quererla aunque fuera un poquito. Llegada la hora de la prueba Isabel se puso un par de guantes quirúrgicos, tomó con algo de nerviosismo uno de los dispositivos y luego de acomodarlo en la aguja aplicadora lo introdujo con fuerza en el entrecejo de su perro hasta la profundidad requerida, Rufo saltó asustado y se refugió debajo de una silla, que mejor compañero para la experiencia podría tener, le dijo a su can. La chica
preparó el otro dispositivo de igual forma y luego de poner un poco de anestésico en crema sobre su piel y mirándose en un espejo, insertó con fuerza la aguja hacia su pineal sacandola luego. Sintió una fuerte corriente eléctrica a través de toda su médula y no pudo evitar lanzar un grito de dolor.

Los padres de Isabel caminan hacia el auto que dejaron parqueado frente al hospital mental luego de visitar a su hija, aún nadie comprende que fué lo que de un momento a otro causó que la jóven perdiera la razón y ahora se comportara de forma tan extraña, pues va y viene por los corredores del sanatorio andando y ladrando como un perro.

Sus padres nunca olvidarán el día que la encontraron acurrucada debajo de la mesa del sótano, ese mismo día en el que su perro Rufo se lanzara bajo las ruedas de un auto frente a su casa. Algunos vecinos aseguran haber escuchado al perro murmurar unas palabras antes de morir.


ONDAS DEL PASADO.

Jorge encendió su radioteléfono a las once de la noche como de costumbre.
Sus movimientos de ahí en adelante parecían un ritual muy ceremonioso, abría el cajón de su escritorio, sacaba su libro de guardia y el parker de plata que conservaba con especial cariño, como que fué el regalo de grados que le regalara su amada Mary cuando apenas comenzaban el noviazgo. Puso todo sobre la mesa donde estaban sus cigarrillos favoritos, un vaso de Escocés y un horroroso cenicero de cerámica, que con sus propias manos y un inmenso cariño le hizo su esposa Mary.

Comenzó a mover las perillas de su radio, que mostraba las frecuencias al comenzar un escaneo automático. Ninguna señal aparecía diferente a los silbidos de la estática por cierto desacostumbrada en aquella época del año. Esto desanimó mucho a Jorge, que soñaba noche tras noche hacer el comunicado de su vida, que le hiciera merecedor del diploma de su radio club.
Ya había logrado comunicados con jeques de Egipto, actores de cine y hasta con el Rey Juan Carlos de España, pero el estaba buscando un contacto más difícil y exótico. El escaneo seguía aún sin dar frutos cuando el reloj marcaba la media noche.
El sueño y la frustración lo invadían por lo que se antojó de irse a refugiar en los brazos de su amada y dejar su búsqueda para otro día. Ya iba a desconectar el radio cuando el escaner se detuvo y se escuchó una fuerte señal de recepción. Se acomodó entusiasmado en el sillón, se tomó un sorbo de whisky e inclinandose sobre el parlante para oír mejor pitos telegráficos que transmitían: - S.O.S. C.Q.D.X., este es el transatlántico Titanic, necesitamos ayuda, hemos sufrido varias explosiones a bordo y la situación es crítica, soy el operador Philips, Jorge trató de grabar el raro mensaje pero este no se repitió más, pues volvió a escucharse el chasquido de la estática. Debía ser un bromista, el Titanic se había hundido en la media noche del catorce de abril de 1.912.

Intentaba apagar el aparato pero ahora lo detuvo el reinicio de esa misma transmisión de auxilio, sintió algo de mareo y se puso de pié para ir en busca de su esposa, pero no pudo pues perdió el sentido.
Volvió lentamente en sí y comenzó a ver borrosamente como cientos de personas corrían y se apretujaban en botes de salvamento, que no resistían el peso y se desplomaban desde las altas poleas haciéndose pedazos al caer en las turbulentas y frías aguas del mar. Escenas dantescas eran las que ahora presenciaba Jorge. Se levantó como pudo, pues era difícil tenerse en pié en la cubierta de aquel navío que oscilaba sobre las olas en medio de una tremenda oscuridad. Entró a un pequeño cuarto que aún estaba iluminado y que resultó ser la sala de radiocomunicaciones, al entrar encontró sentado a un jóven de camisa blanca que se volvió hacia él y le dijo:
- Váyase se aquí, salve su vida y empujándolo fuertemente lo sacó cerrandole la puerta con fuerza, Jorge ante esto se había asido de la camisa de aquel hombre y accidentalmente le había arrancado una insignia que llevaba en la solapa, pero que era todo esto, el barco se inclinó casi en vertical a las aguas, las gentes rodaban como sobre un tobogán, cayendo irremediablemente entre las bravas olas, él mismo no pudo resistir más su peso y sus manos se soltaron de un tubo del que se había aferrado, se deslizó sobre la cubierta cayendo a las frías aguas.

Despertó gritando de pánico y vió que aún estaba sentado frente a su escritorio, menos mal, pensó, todo fué un sueño. En esto entró Mary asustada por los gritos indagando la razón de ellos, Jorge le dijo:

- Tranquila solo fué una pesadilla, pero se sorprendió al ver que toda su ropa estaba mojada y al sentir entre su puño un objeto extraño, abrió despacio su mano mirando a su esposa y sorprendidos los dos vieron una insignia de oro con un nombre:


“John Philips”, “Titanic Radio operator”

Hasta aquí la trilogía.


OTRA BRUJA:

Digo otra, porque en un capítulo anterior hay un relato sobre una bruja más aterradora, muy pero muy famosa, la publicaré luego, pués tendré que digitar unas páginas que perdí.

Doña Luisa, la esposa del doctor Morales recientemente había contratado los servicios de una muchacha que le habían recomendado, se llamaba Lina y venía del municipio de Remedios, sin dudas tras el desgreñado cabello y las humildes ropas con las que llegó, había una hermosa jóven de pícaros ojos verdes. La señora la instruyó sobre las obligaciones que tendría y la chica comenzó a trabajar
inmediatamente.

Doña Luisa tenía dos hijos, Carlos y Andrés, ambos estudiantes universitarios y dueños de una buena pinta. Fué en Andrés en quien puso sus ojos Lina, lo atendía siempre con más especialidad que a los demás, lustraba sus zapatos, le llevaba todas las mañanas jugo de naranja a su habitación y cada que podía se le insinuaba un poco.

Andrés tenía muy definida su vida amorosa y ni siquiera notaba los coqueteos de la muchacha, que ante su indiferencia se fué llenando de rabia, decidió entonces tomar medidas más drásticas y consiguió algunas yerbas para darle en el jugo al jóven, esculcando en los cajones encontró una foto de su bien amado y lo colocó en un rincón de su cuarto alumbrado por una vela roja. Pero nada pasaba, al contrario, Andrés no volvió a recibirle sus jugos matinales y se tornó muy antipático con ella, su hermano Carlos, que fué quien me contó esta historia, fué el único que había notado los requiebres de la muchacha pero guardó entonces un prudente silencio.

Lina se fué volviendo callada y amargada y estaba ya todo el tiempo de mal humor. Un día a la hora del almuerzo la familia se sentó en el comedor y Lina les sirvió la comida como de costumbre, retirándose luego hacia la cocina que quedaba
a la derecha del comedor en el fondo de la casa. Estaban terminando ya la sobremesa cuando Carlos vió una chancla que salía disparada desde el fondo de la casa y que al llegar al salón donde estaban describió una extraña curva para dirigirse en línea recta y con renovado impulso hacia el rostro de Andrés, que sorprendido recibió un tremendo golpazo. Todos se levantaron de la mesa y fueron a la cocina sorprendidos a buscar a Lina, pero ella no estaba allí, ni en su cuarto ni en el solar, fueron al baño y lo encontraron cerrado con seguro, por más que tocaron y llamaron a la muchacha no obtuvieron respuesta alguna, fué entonces cuando el doctor Morales entró en sospechas y fué a buscar la llave, luego de abrir la puerta del baño hallaron a Lina recostada en un muro tiesa como una varilla y con una palidez impresionante, le gritaron y zarandearon sin lograr que esta reaccionara, se le ocurrió al doctor encender un cerillo y tomándole una mano quemó la punta de uno de sus dedos, la chica permaneció impávida; resolvieron dejarla ahí y cerraron de nuevo el baño retirándose silenciosamente.

Después de un buen rato Lina salió y prosiguió con sus labores sin imaginar que había sido sorprendida en flagrante brujería. Buscó a la señora y le pidió una crema para quemaduras:

-Vea señora el quemón que me hice, seguramente fué bajando la olla de la sopa. Doña Luisa se quedó mirándola maliciosamente y le respondió: -Pomadita para quemaduras no es lo que te voy a dar, con gusto te daría una pela so sinvergüenza, empacá tus trapitos y te largás de mi casa bruja asquerosa. La muchacha no tuvo mas remedio que admitir su culpa y se fué de allí para siempre.