lunes, 2 de febrero de 2009

VOLVER A VIVIR






Manolo era un hombre jubilado de unos ochenta años, aficionado a la electrónica, lector voraz e instruído. Había levantado una familia ejemplar logrando que sus hijos fueran profesionales exitosos.

Su seriedad estaba a prueba de toda duda, era en resumen un Señor a carta cabal, enfatizo esto para dejar claro de que clase de persona proviene el relato que nos hizo una noche, sentados en la terraza del penthouse que ocupaba en un edificio de 25 pisos en pleno centro de Medellín.
Manolo nos confió una historia que por lo inverosímil contaba a muy pocos.
Cuando el tenía 20 años y estando recién casado, el conducía una tracto mula transportando azúcar de Cali hacia Buenaventura, principal puerto en el Pacífico Colombiano. En uno de estos viajes, por problemas mecánicos perdió el control del vehículo en el que llevaba toneladas de carga, dando varias vueltas de campana hasta caer a un abismo. Nada pudo hacer para evitar el desastre, perdió el sentido.
Al volver en sí, vió entre la maleza de una gran pendiente su pesado camión hecho añicos entre un reguero de bultos de azúcar.
Se incorporó atontado y caminó hacia lo que parecía ser el cuerpo de un hombre bajo parte de la carga; ¿Quién sería aquel pobre infeliz que había tenido tan mala suerte?, se dijo Manolo, pero ya estando al lado de aquel cuerpo pudo distinguir que que no era otro que el de el mismo.

Aunque aquello podría ser aterrador para cualquiera, Manolo aún no se explica el porqué no sintió ningún miedo, era solo un espectador pasivo de un accidente cualquiera, como si todo no fuera más que una película irreal.

De repente sintió voces que llegaban desde la banca de la carretera y distinguió la figura de un hombre negro que corría cuesta abajo hacia el camión: debe venir en son de auxilio, pensó Manolo, pero no, ante su vista atónita, ese hombre con expresión de codicia, comenzó a vaciar los bolsillos del cadáver, Lugo le quitó el reloj y finalmente, esto si enardeció a Manolo, su anillo de bodas; como remate magistral de su pillaje, ese hombre tomó la cédula de identificación y abriéndole la boca al cuerpo yaciente, la metió entre sus dientes.

A pesar de su indignación el estaba conciente de su impotencia y permaneció inmóvil mirando a ese hombre subiendo con su botín hacia el camino. Percibió que no estaba solo, que un extraño personaje, enigmático y silencioso había estado desde el principio acompañándolo, o mejor, esperándolo. Ahora si sintió algo de temor y no se atrevió a mirarlo de frente, de soslayo observó la figura de una persona alta y delgada, ataviada con una burda túnica café oscura, que portaba en su huesuda mano un instrumento semejante a una pequeña guadaña. La capucha no dejaba ver su rostro, de repente ese ser hizo un ademán para que lo siguiera y sin poner en discusión esta invitación lo siguió por largo trecho hasta llegar a la entrada de una caverna a la que penetraron. Seguía Manolo sin poder, o más bien sin querer, al extraño guía, internándose por el largo túnel de la oscura cueva; al final de la cual comenzó a ver una resplandeciente luz blanca que de alguna forma ejercía hacia el una gran atracción, como polilla atraída por el resplandor de una llama. Al llegar al final del túnel, otra persona, igual a su conductor estaba esperándolos, los dos seres parecían dialogar, pero no se escuchaba nada, si duda hablaban de mi, continuó Manolo, porque de vez en cuando mi miraban. Cada instante me sentía más y más atraído por la luz y por pasar al otro lado, pero de alguna forma comprendía que debía esperar a ser autorizado. No pensaba en nada más, era un sentimiento profundo y obsesivo, quería fusionarme con el resplandor.
Pasó por mi mente, como un destello, la imagen de Marujita, su bella y jóven esposa, como la amaba…, no quería perderla, deseaba verla con urgencia, estar a su lado, cuanto la amaba.

Cuenta Manolo que tras esos pensamientos, volvió a perder el sentido y no volvió a saber más de el.
Se sintió como entre dormido y empezó a escuchar una voz que decía: - Doctor, este hombre se movió…


¿Cómo se le ocurre?, aplíquele la inyección de formol. Manolo hizo un gran esfuerzo por despertar completamente de su pesadilla y lo logró, se descubrió desnudo y acostado en una fría mesa de baldosines blancos, frente a el rostro de un hombre aterrorizado que sostenía en su mano temblorosa una jeringa repleta de formol que ya comenzaba a inyectar el mortal líquido en su torrente sanguíneo, Manolo lanzó un grito de pánico y cayó de nuevo en un profundo letargo. Tres días después recobró su sentido y le explicaron que estaba en cuidados intensivos y que lo habían sometido a varias cirugías, en fin, Manolo se recuperó y volvió a ser el mismo de antes, regresó al lado de su adorada Marujita, no se cansa de darle gracias a Dios por esa segunda oportunidad. De nuevo condujo Manolo un flamante camión y se sintió más feliz que nunca.

Pero todo no termina ahí, Muchos años después, un día en que recorría la misma ruta que tomó el día del accidente, Manolo vió sentado frente a un rancho al hombre negro que le robó su preciada joya. Detuvo la mula y saltó ágilmente hacia el negro, que sin reconocerle lo saludó sonriente: - Hola Seño, ¿En qué puedo servirle?, le dijo con acento ribereño. Manolo que es temperamental lo tomó del cuello endilgándolo furioso: ¿Es que no te acordás de mí, Negro H.P.?, lo del dinero y el reloj no me interesa, pero mi anillo de boda no te lo perdono. Al negro se le desgajó la mandíbula y se le desorbitaron los ojos cuando vió a aquel hombre, que tantos años atrás había dado por muerto: sin pronunciar palabra se quitó de su dedo el grueso anillo de oro, devolviéndolo a su dueño original.

Interrumpiendo su relato Manolo extendió su arrugada mano para contemplar su preciado amuleto: tomémonos otro trago, nos dijo, mientras enjugaba unas lágrimas que rodaban por sus mejillas, recordando a su ya difunta esposa.