jueves, 7 de mayo de 2009

KANDELO FESTO KLUBO


Don Jaime González Ortiz
Lo encontré caminando por su viejo barrio, con el aire intelectual de siempre, aunque aún más acentuado gracias a los 90 años que ya llevaba a cuestas. No lo veía desde hacía tanto tiempo, cuando el tuvo a bien recibirme en su Kandelo Festo Klubo.

Entonces un grupo de amigos iniciados asistía, casi que en la clandestinidad, al salón que estaba en la trastienda de su pequeño negocio y que exhibía en la fachada un aviso grande que mostraba en letras rojas esas tres extrañas palabras, cuyo significado solo vine a conocer mucho tiempo después: KANDELO FESTO KLUBO (Club de la fiesta de la Candelaria).

Pude acceder a sus reuniones gracias a las repetidas solicitudes de admisión que le enviaba verbalmente con Saúl Guerra, un amigo algo mayor que yo.

Un día llegó Saúl con la anhelada respuesta de aceptación en el grupo e ingresamos al lugar, para mí hasta entonces desconocido. La vitrina de madera y vidrio que mostraba los productos que vendía: cuadernos, lápices, gaseosas; abrió paso para que ingresáramos a una gran trastienda. Era un salón grande y sin ventanas, sus paredes eran de tapia blanqueada y el piso entablado. En el muro del frente vi un tablero de madera verde y una vieja mesa de madera, olía a tierra húmeda.

Distribuidos y mirando hacia el tablero cinco taburetes de cuero nos esperaban para mi primera clase, me indicó mi sitio y todos tomamos asiento.

Mientras Don Jaime organizaba su mesa, yo oteaba el lugar y pude ver un gran armario lleno de libros muy vetustos.

Volviendo a mi encuentro inicial, lo saludé muy efusivamente y le recordé mi nombre, es muy comprensible que una persona mayor, no reconozca ya hechos hombres a esos niños que revoloteaban en su añejo vecindario.

Se quitó los lentes, y sin dejarme de mirar los limpió con su pañuelo, al volvérselos a poner su sonrisa delató que me había recordado. Entonces le agradecí todo ese conocimiento que me había compartido y le confesé que muchas de sus enseñanzas habían marcado mi vida: como esa curiosidad inagotable y la capacidad de sorprenderme con las maravillas que nos brinda la naturaleza cada día.

Sus ojos se humedecieron y lo vi realmente conmovido. Gracias maestro por todo, le dije con toda la sinceridad que sentí en mi corazón.

El lugar estaba casi en penumbras, no había encendido la lámpara y solo percibíamos la luz indirecta de un día soleado que penetraba por la puerta de entrada.

El se levantó solemne sin quitarse la boina negra que siempre usaba y nos preguntó: ¿QUE QUIEREN SABER?, y lo escribo con mayúsculas porque desde entonces no he conocido un maestro que inicie una clase con tan profunda sentencia.

Saúl le indagó sobre los detalles que hacían volar un cohete al espacio exterior, aclaro que por esos días, recién los Rusos habían logrado colocar en órbita un satélite artificial en el espacio, el spuknik; no pudo ser ni el 1 que fué el día 4 de octubre de 1957, ni el 2 que lo hizo el 3 de noviembre del 57, ni el 3 que fué el 15 de mayo del 58, aunque si el 4 que fué lanzado el 15 de mayo de 1960 y que llevaba un maniquí humanoide o dummy, este coincide con ese día de mi primera clase.

El comenzó a dibujar con gran destreza el cohete impulsor R-7 con sus tres etapas de propulsión, nos habló de la fuerza G y de la potencia necesaria para que un artefacto de 83,6 kilos más el peso del cohete R-7 que lo trasportó, lograra subir a más de 228 kilómetros. Otra cosa que nos dijo fué el significado de spuknik: compañero de viaje.

La tiza hacía trazos casi mágicos en aquel tablero verde, ora escribiendo notas al margen con datos de aceleración ora fórmulas de física que yo apenas comprendía.
Fué una reunión llena de sorpresas, pues no había imaginado que esos fueran los asuntos que trataban en las misteriosas reuniones del Kandelo Festo Klubo.

Seguí asistiendo religiosamente a las fabulosas reuniones de Don Jaime y aprendiendo cada día, y a fe, que aunque no obtuvimos un diploma certificado por el ministerio de educación nacional, si lo recibimos desde las altas esferas espirituales, de las que también nos fué impartida información privilegiada.

Tres meses después del reencuentro que les narré al comienzo, visité el barrio con la esperanza de encontrar a Don Jaime, pero me encontré con la noticia de que había partido a la otra dimensión, seguramente allí continúe compartiendo su sabiduría con otra almas jóvenes, hablándoles con su impecable esperanto, sobre lo divino y lo humano y preguntándoles al comienzo de cada clase: 
¿OL FLUGAS SCII? (¿QUE QUIEREN SABER?).


En memoria de mi maestro Jaime Gonzalez Ortiz.

D.Z.R.