lunes, 2 de septiembre de 2013

EL CEMENTERIO UNIVERSAL

Nos comparten desde Barranquilla este excelente texto.
(Alberto Buelvas Castro )

Cementerio Universal de Barranquilla
He ido varias veces al Cementerio Universal, pero en son de paseo.
Me gusta el silencio, que muchas veces es interrumpido por sollozos casi inaudibles de dolientes de muertos que se fueron hace tiempo o por los gritos lastimeros que expelen los deudos de los finados recién llegados. A veces me pongo a pensar que la intensidad del dolor expresado está relacionada con la fecha del deceso.


He encontrado historias de muertos que siguen dando de que hablar, incluso desde el más allá. También están los rezanderos, que ávidos por ganarse un dinero con su rebusque, se abalanzan sobre el cortejo fúnebre del nuevo huésped, éstos de inmediato entonan cánticos y rezos que hacen mejor que cualquier cura, tienen facultades histriónicas pues dejan ver cierto dolor y familiaridad con el finado cuando mencionan el nombre completo, nombre que han tomado de la cinta que va en la carroza fúnebre. 

La gente por lo regular es católica, por ello obedeciendo a una costumbre impuesta “paran oreja" a los rezos y dejando de lado su dolor responden como entes, de forma automática y al unísono las oraciones recitadas para que el alma de Fulano alcance la paz y con ello la vida eterna.
En la medida que el ataúd va entrando en el cilindro –bóveda- los “ayayais” son mayores. Se escucha el raspar de la madera del ataúd con el piso de la bóveda y luego un “tum” -sonido seco- que indica que ha llegado al tope; pide entonces el sepulturero a su ayudante la tapa de concreto burdo, la acomoda y con la habilidad que le ha dado el desempeño diario de su labor, sella con mortero de mala calidad las hendijas. Y de forma más bien cují* pone algunas palustradas de esa mezcla pobre sobre la tapa de concreto y le da un medio resane; en ese cemento fresco inscribe el nombre del difunto, la fecha y un número. Siempre tenemos un número que nos acompaña desde que nacemos hasta el momento que morimos.


Sigo paseando por el cementerio, al que llaman “campo santo”, pero que de campo no tiene casi nada y de santo le veo muy poco, más cuando veo grabados en el mármol con ostentosa caligrafía apellidos y nombres de algunos que llegaron allí precisamente por no ser tan santos, casi siempre alcanzados por varias balas que salían de policías o de amigos con los que han tenido un pleito, y los pleitos entre ellos se arreglan a tiros. Sigo mi periplo, en la medida de mi avance colecciono en mi memoria nombres curiosos de algunos que nunca tuvieron tocayos. Hoy los he olvidado, soy malo para recordar nombres incluso de los vivos.
Sigo rodando, veo alguna vegetación casi toda florecida, principalmente las acacias de flores rojas, pienso y sé que el humus es lo que sobra en ese lugar, hay ardillas, lobos de rabos mienta madre, lobos polleros, camaleones pequeños que no sé si son una visión o se camuflaron, también iguanas pequeñas. Entre la hierba hay montoncitos de tierra que parecen hechos con un molde, son el avizor de que hay lombrices de tierra. Busco la salida, ansioso de ver el ajetreo de los vivos y dejando atrás la aparente tranquilidad de los muertos.


Afuera, están los vendedores de flores. Ahora venden flores de plástico o sintéticas, de las que se les muere el color con la inclemencia del tiempo, también las hay naturales, pero en menor proporción. 

Llegan los deudos que se bajan de un carro de reciente modelo, bueno lo digo por el aspecto del carro, y lo dejan al cuidado de un hombre que bambolea una bayeta roja - dulce abrigo - y como quién compra algo ilícito, se acercan con sigilo al vendedor de flores, regatean el precio llegan a un acuerdo, pagan e ingresan. Todos llevan gafas oscuras y van bien vestidos, pienso que es un muerto reciente y vienen a dar las gracias por la herencia que les dejó. Por que con ese calor que hace, creo que no es momento para andar visitando muertos, más cuando no se quejan de su soledad.

* Cuji: Avaro, tacaño 
(Diccionario Ñero)

Alberto Buelvas Castro