domingo, 8 de septiembre de 2013

JUDAS

Alberto López nos sigue sorprendiendo con sus escritos en Facebook. Ahora publica un texto sobre Judas y su verdadero  papel en el grupo de los doce apóstoles develando detalles con su original estilo literario donde uno no sabe dónde termina la realidad y comienza la fantasía. Como el mismo dice en uno de sus comentarios al margen del texto: “Está bastante claro que es un texto de creación y ficción... ni siquiera un ensayo... se aproxima más a un cuento”.

Sus apreciaciones de seguro lo hubiesen llevado a la hoguera o al potro de los tormentos de haber sido lanzadas en el siglo XIII, cuando la Sagrada Inquisición ejercía su tenebroso poder.

Su historia no deja de tener mucho arraigo histórico, aún más ahora que tanto se habla de unos papiros que permanecieron ocultos en el interior de una cueva a orillas del río Nilo en las afueras de El Minya en Egipto por más de 1.700 años y que al ser descubiertos por un nativo buscador de tesoros causaron revuelo entre los arqueólogos y teólogos pues resultaron ser después de traducidos y analizados, casi con toda certeza, fragmentos del evangelio de Judas.

Esta publicación de Alberto de inmediato causó algunos fuertes comentarios entre ellos uno que lo tildaba de haberla escrito inspirado por Lucifer y, por ende ser candidato seguro para arder en el mismísimo infierno, de la noche a la mañana  entraba a la lista de los autores malditos. Al final del texto publicamos algunos de estos comentarios al igual que las respuestas del  escritor que son bien interesantes.

Sin más veamos el texto no sin antes agradecer de nuevo a Alberto López su deferencia al compartirlo a través de este blog.


JUDAS

El personaje de Judas Iscariote, el apóstol del que apenas se habla, a no ser para denostarlo como alevoso y traidor, ha tenido siempre, para mí, no sé porque, una atracción especial. Quizás se deba, a mi inclinación natural por los perdedores.

El grupo de Jesús y sus apóstoles, no ha sido analizado, que yo sepa, como lobby o grupo con voluntad de dominio y poder, en el diverso conjunto de grupos judíos que se oponían, o luchaban desde la resistencia activa o pasiva, contra el poder imperial de Roma. Como en todo partido, debían darse en su interior, múltiples enfrentamientos, intrigas y luchas por la hegemonía, dadas las personalidades tan diversas que lo componían. Hegemonía que pasaba por ir ganando la proximidad y el favor de Jesús, quien, apoyándose en un lenguaje críptico plagado de segundas explicaciones, sabía, como líder inteligente, distribuir jerarquías y mantener el equilibrio entre los componentes del grupo.

De la personalidad de Judas nos ha llegado poco. La historia oficial lo presenta como traidor, envidioso y finalmente suicida, víctima, se dice, de sus propios remordimientos por la venta del maestro. La llamada Historia Sagrada, la de los Evangelios Canónicos, nos dice que era el tesorero del grupo, dejando deslizar arteramente una excesiva atracción por el dinero, que lo llevaría al pecado de la codicia, con la venta final del maestro por las dichosas treinta monedas. Una historia ésta, creada por la Iglesia Romana, para ilustrar a los espíritus infantiles de las primeras masas pobres e ignorantes que se apuntaron al partido cristiano, y que hoy, resulta no solo increíble si no que poco menos que ridícula. Aunque más ridículo resulta seguir manteniéndola como hace todavía la Iglesia, aunque bien es verdad que, en los últimos tiempos, acudiendo a la interpretación metafórica, como también ha hecho con el Diluvio Universal, La Creación del Mundo en siete días y tantos mitos más.

El asunto de esta compra venta, a pesar de su popularidad por la machacona interpretación de la Iglesia, no ha tenido entre la gente informada demasiada verosimilitud. De Quincey en 1.857, rebatiendo esta doctrina digamos oficial, decía que “no una cosa, sino todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas”. De Quincey sugería que con la entrega de Jesús, Judas, con la lógica de un político revolucionario, pretendía que el nazareno declarara públicamente su divinidad, levantando así en armas al pueblo judío contra Roma. Es decir que el hijo del carpintero se declarara públicamente como Mesías. Y es que, Judas, estaba convencido, como ninguno otro de los seguidores de Jesús, que éste era el Mesías Divino.

Judas, efectivamente era el tesorero, pero no lo era por codicia como se ha dicho, sino porque era el único del grupo que tenía los conocimientos, la formación y la cultura para poder serlo. Frente al resto de sus compañeros, hombres sencillos, rudos, ignorantes, incluso muy humildes, como es el caso de los pescadores, el apóstol innombrable sería, en términos actuales, el intelectual, que debió tener evidentes dificultados de convivencia dentro de aquél grupo, cuyo seguimiento y fidelidad a Jesús, estaba por encima de cualquier lógica o razonamiento personal, hasta el punto de que, con la excepción de Judas, la capacidad de autocrítica dentro del grupo, era prácticamente inexistente.

La anulación de la personalidad y el abandono de la historia anterior de cada uno, era condición imprescindible para pertenecer al selecto grupo que seguía al Maestro, y esto, en Judas, tuvo que producir un gran desgarro interior, entre la obediencia ciega y el pensamiento libre, que se culminaría con su propia muerte.

El Nazareno se supo rodear de hombres en los que primaba la fidelidad, la entrega, incluso la tozudez, por encima de la inteligencia. El mensaje que tendrían que transmitir así lo requeriría. Un mensaje sencillo y fundamentalista, que no estaba dirigido a las gentes cultivadas, sino a las multitudes ignorantes, humildes, temerosas e iletradas. Un mensaje y una manera de trasmitirlo, que recuerda al que desarrollará más tarde el Islam, apoyándose en unas masas de ignorantes pastores que, saldrán del desierto para predicar la buena nueva. Frente a aquél público, Judas tendría evidentes problemas para dirigir su discurso. Y otro tanto le pasaría en el futuro partido cristiano, donde la inteligencia reflexiva y crítica de los artistas y los intelectuales, tenía difícil cabida. Así su rol se vería degradado y reducido a un papel puramente instrumental, condicionado por la coyuntura y necesidades políticas del momento.

En realidad, la labor de Judas dentro del partido, iba mucho más allá que la puramente administrativa y financiera. Consistía en la llevanza del aparato, de la logística y de la intendencia del grupo, así como en las relaciones con otros grupos que luchaban contra Roma y su organización de poder instituida con la colaboración de la aristocracia, los comerciantes y los sacerdotes del templo. Por ejemplo, Judas será el interlocutor con Barrabás y los Celotes, quienes estaban propugnando el levantamiento armado. El resto del grupo vivía como en las nubes, alejado de los problemas del día a día y de la realidad, obnubilados por la personalidad y ocurrencias del maestro, quien confiaba en que el Padre proveería de la misma manera que lo hacía con los pajarillos del campo. Pero quien en verdad proveía era Judas, que se las veía negras para encontrar comida para las masas de desarrapados que, acudían a un mitin a orillas del lago Tiberíades o para solucionar la falta de vino en los esponsales de Jesús con María de Magdala. La verdad es que, a Judas, estos asuntos le tenían que producir verdadera frustración, pues ante la ineptitud de sus compañeros que, solo conseguían unos pocos panes y peces para dar de comer a cuatro mil asistentes, él cargaba a sus espaldas la responsabilidad de resolverlos, y además, desde la total discreción, a fin de que el tanto del milagro ante las masas se lo apuntara el jefe, esto es el Nazareno.

Pero aun así, Jesús, como buen judío astuto y receloso, nunca depositó su total confianza en Judas, en su entrega acrítica y total a la causa, por lo que siempre lo mantuvo en un segundo plano, que desde la óptica del apóstol, resultaba inexplicable e injusto. Así que Judas, nunca acabó del todo de pertenecer a la cúpula del aparato del partido. El Maestro quería hombres que sintieran, no hombres que pensaran, pues sabía que el conocimiento y la imaginación son factores que hacen inseguro al hombre y producen un cierto tipo de cobardía, el de la duda. Por eso, para el mando del futuro partido cristiano escogería a Pedro. Fuerte, decidido, empecinado, violento, no muy inteligente, pero con esquemas sencillos y claros, era el hombre adecuado para llevar hasta el final y a costa de su inmolación, el mensaje de su Maestro. Juan, débil, frágil, siempre a la vera del Maestro, siempre buscando su protección era un joven sin el valor necesario para reconocer su condición homosexual y su perdido enamoramiento de Jesús. El resto de los compañeros de viaje, hombres sencillos, que en su deslumbramiento por la palabra y los hechos sorprendentes del Maestro, se dejaban conducir a cualquier parte, viviendo la vida que para cada uno de ellos aquel designase.

Judas por el contrario, se movía entre la duda y la admiración por Jesús. Como otros grandes malditos, sentía que, valía más pensar que vivir. En aquél grupo, estaba condenado a ser un extraño. Orgulloso, solitario y melancólico, consciente de su irreductible diferencia social, acabaría siendo precisamente por ello, como buen hijo de Saturno, su propia víctima.

La muerte de Judas, no se puede entender como vulgarmente se afirma, como un acto de cobardía. Morir solo, no es de cobardes, sino de solitarios. A diferencia de otros compañeros que, se dejaron matar o convirtieron su muerte en un espectáculo, para dar a las gentes testimonio del empecinamiento en su fe, Judas se ahorcó solo y alejado de todos en el campo del alfarero, en un acto de humildad y humanidad, sin otro parangón que con la propia muerte del crucificado.

Cuando Jesús murió, todos, incluido Pedro, dudaron de la divinidad del Maestro, de su palabra y de sus milagros. Pensando que se habían equivocado, se encerraron acobardados tras gruesas paredes en un cenáculo permanente, sin ninguna capacidad de reacción. En aquellos momentos de desconcierto, solo quedó, como testimonio del convencimiento en la divinidad de Cristo, el suicidio de un hombre, de Judas, que ante el inmenso sacrificio del Dios-Hombre no se creyó a sí mismo, como dirá Borges, ni digno de ser bueno.

Todas las historias, pero especialmente la del cristianismo, contada por la Iglesia Católica, están construidas tanto de recuerdos como de olvidos. De un gran recuerdo, mixtificado hasta hacerlo irreconocible, el de Jesús, y de un atronador olvido, el de Judas Iscariote, el traidor.

Con la crucifixión del Maestro y la muerte de Judas, el partido del Nazareno, una vez constatado su fracaso, prácticamente se disolverá. Juan, tan proclive al misticismo, acabaría creando en Éfeso su propio grupo, con su propia cruzada, como una secta más entre las múltiples sectas en que se dividirá inicialmente el cristianismo. Acabará ofreciendo una visión tan particular del destino cristiano que, su evangelio, tiene difícil encaje con los de los demás evangelistas. A pesar de su influencia en los primeros años, su críptico mensaje se acabará diluyendo, como el de tantas otras sectas cristianas, con el paso del tiempo.

En aquel desconcierto de los primeros años, aparecerá al final de la vida de Pedro (quien nunca saldrá de los límites del judaísmo) un personaje, Pablo, quien con su formación greco-latina, será el que rompa con el marco judaizante en el que se constriñe el primer cristianismo, para abrirse a los gentiles. Pablo de Tarso, el nuevo líder político de los judíos cristianos, sabrá ver que si el partido no se convertía en un partido de masas, en una internacional cristiana, estaba abocado a convertirse en una secta fundamentalista más del judaísmo, cuyo futuro sería desangrarse en luchas intestinas con otros grupos. Así que Pablo el implacable e intransigente perseguidor de los cristianos, se acabará convirtiendo en el primer propagandista de la nueva fe, poniendo sus indudables capacidades organizativas, al servicio de su nuevo partido, hasta el punto de pasar sin reservas, al territorio de los perseguidos.

El será quien imprima al cristianismo ese principio expansivo y de conquista que está en sus propios fundamentos programáticos y que ha llegado hasta hoy. Un principio y un programa, que requerirá de la organización y especialización de funciones, responsabilidades y jerarquías propias de un gran aparato político que, se concretará finalmente en la creación de La Iglesia. Una organización con voluntad imperial que, para algunos, como Ignacio de Loyola, se acerca a la organización de un ejército en línea de combate. Un aparato que por su innata voluntad de crecer y expandir su doctrina, ya canónica, le llevará a entrar en las miserias del mundo del poder y de la política, pactando alianzas con los poderosos de turno, a quienes legitimará a cambio de verse reconocida como religión oficial. Así Pablo, el perseguido, acabará enseñado a sus sucesores como pasar de perseguidos a perseguidores.

El camino abierto por el Nazareno dando ejemplo de una doctrina de la no violencia, hasta el punto de ofrecer su propia muerte, antes de caer en la humana tentación violenta de rebelarse, solo se mantendrá durante unos pocos años. Con el transcurso del tiempo, su testimonio se desvanecerá. Los que estuvieron a su lado irán desapareciendo, y a los que vendrán detrás, se les hará demasiado duro estar poniendo siempre la otra mejilla y sufrir en la oposición a contra corriente. El paso de una situación sectaria a una de masas, es el paso de las creencias personales, a la religión como institución. El paso de un grupo de humildes perdedores semiclandestinos, a una corporación ganadora y triunfante.

Parece cuando menos obligado preguntarse, el porqué de la traición de Judas, si tal traición existió, y si no fue así, por qué motivo se difundió tamaña leyenda difamatoria sobre su figura, máxime cuando en su vida anterior con Jesús, nunca apuntó el más mínimo desafecto hacia el Nazareno.

La traición de Judas y su comportamiento resulta para el sentido común, algo totalmente inexplicable, que suena a disparate clamoroso recogido en la historia oficial, una historia no lo olvidemos, que fue escrita por sus propios compañeros tras su desaparición. La cobardía mostrada por los apóstoles en la detención, proceso y muerte de Jesús, bien pudo haber dado pie a éstos para encubrirla, mediante la formulación de una falsa acusación contra aquél compañero que, hasta el final, se mantuvo fiel al Maestro, y al que por sus conocimientos, cultura y posición, siempre habían considerado un extraño.

La institucionalización de las doctrinas de Jesús en religión oficial, el paso de los cristianos peregrinos para dar testimonio de sus creencias a batallar para imponer estas, representó una transformación tan profunda de las ideas del Rabino que, en cuanto a su contenido filosófico, ético y moral, se puede hablar de dos cristianismos, que entre sí, presentan muy pocas coincidencias.

La vergüenza de Judas por verse incapaz de defender a su maestro, su error por no calibrar que Jesús llevaría hasta sus últimas consecuencias, sin rebelarse, sus ideas, es lo que le llevó al suicidio como acto de contrición y solidaridad con su maestro. Todos los demás, Pedro incluido, se ocultarán cobardemente. Su vergüenza no les impedía seguir viviendo y su escasa decisión y voluntad les llevaría a acusar a Judas con una burda difamación.

Esta inacción, en que el grupo de apóstoles se sumió después de la muerte del Maestro, habría continuado hasta convertirse en un grupúsculo marginal, si no hubiera sido por la intervención de Pablo, un extraño al grupo inicial de fundadores, que pasando por encima de estos (tuvo sus más y sus menos en el llamado primer Concilio de Jerusalém, con Pedro al no compartir éste la idea de abrir el mensaje de Cristo a los gentiles) renovaría el partido sacándolo de su misticismo sectario y paralizante.

Sobre la muerte e ignominia del único justo, del único santo de entre los apóstoles que no está en el santoral, se construirá el nuevo partido cristiano, que solo mantendrá de la doctrina del Nazareno, su nombre y el icono de su imagen crucificada como bandera.

LA POLÉMICA.
(Pego los textos tal cual aparecieron el la página de Alberto López)

CARMEN: ¿Quién puede aseverar o negar toda tu argumentación en defensa de Judas Iscariote? Es una cuestión de fe. No se puede saber con toda la tecnología que se cuenta actualmente, quién es el asesino en un crimen y tú pretendes distorsionar lo que por más de 20 siglos se sostuvo. Eres dueño de hacerlo... sin embargo lo que sostienes en este extenso texto es un dislate sin fuentes fidedignas, sin rigor científico... sólo una sospecha o una provocación literaria para que te comenten.

ALBERTO: Chica no sé porque te enfadas... esto solo es solo literatura... está bastante claro que es un texto de creación y ficción... ni siquiera un ensayo... se aproxima más a un cuento y si has leído algunas de las cosas de las que escribo, veras que es así... de todas maneras eres muy libre de pensar lo que quieras... y yo de escribir lo que se me ocurra y por descontado puedes no leerme... en cualquier caso te mando un saludo afectuoso... y gracias por leerme... Alberto.

ARNULFO: Creo que escribiste este relato con una franca inspiración diabólica. Solamente, con lo que dices de Juan, tu alma se va al infierno. Nada más inexacto en toda tu versión. Y si haces literatura  difamando al hijo de Dios y a sus apóstoles y rescatando a un caído, no faltará el incauto e inculto que te crea. Pero te acompañará al infierno. ¡Pobre de ti!

ALBERTO: La verdad Arnulfo, no sé qué contestarte... he dudado si hacerlo, pero te voy a contestar... podría recordarte que ya no hay Inquisición, pero supongo que lo sabes... que el Papa (el anterior, el alemán de las SS)* ya dijo que no hay infierno, pero supongo que lo sabes... que hay una cosa que se llama libertad de expresión... no sé si lo sabes... en fin te diría tantas cosas, como que no creo en el alma, pero si en las personas y no les recrimino por lo que piensan... que tampoco existe el diablo o sea que no creo que como tú dices me haya inspirado o dirigido mi mano sobre el teclado... que más... que más... ah¡ que no creo que los que lean estos textos, según tú irreverentes, vayan al infierno porque yo al lado de otros escritores mucho más famosos que yo en ideas critico-religiosas soy casi una monja... que más ...que más... si, te recomendaría un texto del gran Borges, sobre Judas donde también reivindica al que tu llamas el caído... por cierto a mi me parece mucho más cristiano estar con un apóstol caído, como Judas que, con un bruto como Pedro, que en lugar de poner la otra mejilla, saco la espada y desorejo a un soldado, que seguramente era un pobre mandado con un sueldo de mierda... ¡ah¡ si ¡ lo de la homosexualidad de Juan... chico a mí en los cuadros, ya desde el Renacimiento, es la sensación que me da, que quieres que te diga... tendrías que pedir explicaciones a quienes pintaron los cuadros... además ¿qué problema tienes con los homosexuales?... ah¡ claro, igual piensas que los maricones no pueden ir al cielo... mira yo ni soy maricón ni creo en el cielo, pero teniendo en cuenta lo que esta gente ha pasado en la tierra yo pienso que son los que más lo tienen ganado... por cierto no sé si sabes que como dice una canción de la Otxoa (una cantante vasca) ser maricón ya no es pecado... bueno eso lo dice ya hasta el Papa Francisco... aunque claro quizás para ti el argentino también se está ganado el infierno con las ultimas cosas que está diciendo... no sé... además yo solo soy un escritor pequeñito y esto que he escrito sobre Judas solo es un ensayo de ficción que no tiene ninguna importancia ni pretende dar ejemplo ni testimonio de nada... en fin que solo es literatura... y si te ha molestado, pues lo siento... a mí sin embargo, no me ha molestado que me indiques la autopista para el infierno, pienso que estás en tu derecho de decírmelo, lo mismo que yo en no hacerte caso.. por eso no nos vamos a pelear... o sea que sin acritud te ofrezco mi mano, te deseo buenas noches y que duermas con los angelitos.... Ah... que para mí tampoco los hay... un saludo (de verdad)... Alberto López.
* (Creo que Alberto se refiere es a Juan Pablo II)