jueves, 17 de julio de 2014

EL DEDO EN LA LLAGA

ESTAMOS PERDIENDO EL RUMBO.
Y así clamaba el profeta en el desierto



No olvido el tiempo cuando de niños nos enseñaban el respeto por los demás, cuando nos decían que no hiciéramos a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.
El cederle el puesto en el bus a una persona mayor o con discapacidad era una regla de oro.
Conducir respetando las normas del tránsito y sobre todo al peatón era la regla.

Las aceras eran para caminar y no para formar corrillos que impidieran el paso de los transeúntes, ahora es todo lo contrario y la gente anda por la calle aunque la acera esté libre.
A muchos no les importa poner la música a todo timbal hasta altas horas de la noche y a veces hasta el amanecer  impidiendo el sueño de sus vecinos. Y no es solo que se ha venido perdiendo la educación, es que hasta el mismo sentido común está desapareciendo.

Las normas existen en el manual de convivencia de la ciudad, pero a muchos les parece que fueron escritas para otros. Las reglas sociales se hicieron para poder convivir en comunidad, pero a estos infractores compulsivos les parecen represivas y hasta ofensivas a su majestad absoluta. Se creen superiores y se instalan en su trono imaginario desde el que miran a los demás como seres inferiores e indignos de su consideración.

La palabra empeñada era ley, ahora no se cumplen los compromisos ni con documentos firmados y reclamar jurídicamente cuesta más que el reclamo.

El vendedor pasa por la calle irrumpiendo con el absurdo ruido de su megáfono recitando cual rosario interminable la venta de sus productos. Los megáfonos no son permitidos, pero a ellos nos les importa y tras algún esporádico decomiso de su ruidoso aparato reaparecen al día siguiente con otro. Son el desfile diario designado para amargarle la vida a los que exigimos el respeto a la tranquilidad.

Y es que el ruido enferma cuando tenemos que soportarlo continuamente y hasta puede explicar el grado de neurosis y violencia a la que ha llegado esta la sociedad.

La ciudad crece y se desarrolla, solo importan los números, el dinero, la ganancia. La tranquilidad, la salud y la seguridad  de sus habitantes pasan a otro nivel, pero siempre hacia abajo.

Me sorprendo al ver que las cantinas están siempre llenas, el flujo del licor cual copioso acueducto, o mejor digo: Alcoholducto, circula sin interrupción durante las 24 horas. Tanta gente, sin oficio aparente, en una constante rumba que a todas vistas se cubre con dineros de sospechosa procedencia. Muchachos que se desplazan de arriba abajo en lujosos autos cautivando a ingenuas muchachas que los encuentran “Muy interesantes”. Algo va mal, algo huele mal en esta querida ciudad.

Me rebelo a acostumbrarme a todo esto, de hacerlo me convertiría en un zombie insensible, y por naturaleza me siento incapaz de hacerlo aunque quisiera, y no quiero, de eso estoy seguro.

La dosis personal está permitida y el olor de la marihuana llena las calles, veo jeringuillas desparramadas en las zonas verdes, se trafica a la luz del día y en la oscuridad de la noche. Todo está bien, todo está en orden, dicen los juristas. Al atracador y al raponero luego de ser capturado en flagrancia lo absuelven rápidamente los jueces. 
(ARTÍCULO 301. FLAGRANCIA. [Artículo modificado por el art. 57 de la ley 1453 de 2011. El nuevo texto es el siguiente:] Se entiende que hay flagrancia cuando:
1. La persona es sorprendida y aprehendida durante la comisión del delito).

Al bandido mayor acusado de graves cargos le dan casa por cárcel, algo va mal y no puedo acostumbrarme.

Los comportamientos inadecuados son tantos que requeriría muchos más renglones para enumerarlos, pero creo que no es necesario pues se que los que lean esto de sobra los conocen.

Pero la ciudad crece en belleza y modernidad, eso es lo que parece prevalecer, lo demás es problema de los seres inferiores, de los desgraciados que no han sido dignos de estar en el grupo de la élite, que se defiendan como puedan. Algo va mal y no puedo acostumbrarme.