lunes, 29 de septiembre de 2014

EL LIMBO

Regresa Alberto López  a la carga, ahora nos comparte esas dudas que muchos de nosotros igual tuvimos en la niñez y juventud, cosas que no cuadraban al analizarlas bajo la luz del sentido común. Muy entretenida manera de explorar la verdad a partir de nuestras propias dudas y temores.

Alberto Lopez
EL LIMBO

En mi pueblo, cuando nacía un niño, el padre se iba a toda leche a la parroquia para inscribirlo y bautizarlo, no fuera a ser que muriera sin recibir el sacramento y acabara en el Limbo, un lugar donde según los curas iban los que no podían acceder al cielo por no haber llegado a formar parte del pueblo de Dios.

Aunque el párroco, para suavizar el asunto, aseguraba que también valía el bautizo de urgencia llevado a cabo por cualquier cristiano, a la gente no le convencía del todo. Y es que no podía ser lo mismo hacerlo con un agua bendita, sobre la gran pila bautismal de la iglesia que con un chorro de agua clorada del ayuntamiento, en la pila de la cocina donde se acababan de lavar los platos.

Antes, la gente, lo del limbo se lo tomaba muy en serio. Sin embargo yo de niño, nunca conseguí llegar a entenderlo. Además me parecía una crueldad sin límites, que Dios se hubiera inventado un lugar para almacenar por toda la eternidad a unos bebes sin culpa alguna, que no pudieron ser angelitos, porque, quizás, el padre se quedó festejando con los amigos el nacimiento de su vástago en la tasca del barrio, y no llego a tiempo para bautizarlo.

Como yo había dejado sin bautizar a mis hijos, en el convencimiento que ese era un asunto que debieran de decidir ellos cuando fueran mayores y tuvieran criterio propio, en cierta ocasión en que toda la familia nos encontrábamos en la piscina, mi cuñada se puso de pronto como una loca a lanzar agua contra la espalda de mis dos hijos (que ya tenían más de veinte años) al grito de: ¡hala!...quiera o no su padre, ahora ya están bautizados… Mi cuñada es de las personas que sigue creyendo en el Limbo a pies juntillas, a pesar de que la iglesia católica (el Papa polaco) lo haya eliminado de su catecismo sin apenas significarlo, más o menos como de tapadillo, como si le diera vergüenza haberlo tenido tanto tiempo en vigor.

El Limbo es un invento bastante tardío del cristianismo, ya que no se encuentra en ninguna de las Biblias conocidas. Es una de esas cosas metida de matute, como suelen hacer los políticos cuando quieren colar algo en una Ley que tiene muy mala presentación y lo dejan para más adelante en el Reglamento (que, teóricamente, desarrolla aquella) donde siempre pasa más desapercibido. Pues eso, que el Catecismo es como el Reglamento de la Biblia, donde se colaba lo que en cada momento histórico convenía, sin tocar el texto de la Ley dictada por Dios.

La crueldad de enviar los niños no bautizados a un lugar siniestro como el Limbo (yo lo imaginaba como un espacio cúbico y amorfo, sin identidad y cubierto de una niebla como de algodón) donde los bebés estaban por estar, abandonados como paquetes de cerraduras en los estantes de una ferretería, donde, como bobos de pueblo, ni sentían ni padecían durante toda la eternidad, me resultaba una idea de una crueldad inusitada, indigna no ya de un gran Dios como Yahvéh, sino de cualquier Diosecillo menor. Pero claro debo reconocer que, para la Iglesia, no había manera de pasar aquellos infantes sin bautizar por la puerta del Reino de los Cielos, ni con el enchufe de Pedro el portero.

Antes cuando lo de la religión era cosa seria, estaba más ligada a la vida y tenía su reflejo en el idioma, al que estaba como ido o atontado, se decía que “estaba en el limbo”. Ahora, en una sociedad tan secularizada como la nuestra, se dice que está en “la puta higuera”. El castellano se adapta rápidamente a los cambios sociales y a las costumbres, incluso en asuntos religiosos, a pesar del inmovilismo tradicional de la Iglesia.

Resulta desolador, que durante siglos, millones de madres vivieran con el desgarrador sufrimiento de tener un hijo en el Limbo, por el que nada podían hacer, ni aun rezando, porque era lo mismo hacerlo que no. Por las ánimas del purgatorio, aunque hubieren sido malas en su vida terrenal, se podían ganar indulgencias para sacarlas de aquel agujero, pero por los pobres bebés del limbo, no se podía hacer nada, absolutamente nada. La insensibilidad de la Iglesia, al crear aquel invento monstruoso, llegó, conceptualmente, a unos niveles de crueldad difícilmente superables.

De chaval yo me preguntaba… ¿Qué culpa tendrán en todo esto los pobres niños recién nacidos?...Y me entraba así mismo la duda, de que pasaría con los que nacían muertos, porque claro, también habían estado con vida en el vientre de la madre y el bautizo antes de salir, que yo supiera, no valía…Cuando llegue a la adolescencia la pregunta fue sobre los abortos…¡Esto sí que era gordo!…La Iglesia los llamaba asesinatos, pero sin embargo los condenaba sin piedad al Limbo por toda la eternidad. En fin que a estos pobres ni los querían los padres ni los quería la Iglesia. La verdad es que con este asunto se me montó tal cacao en el bolo, que ahora pienso, fue para mí uno de los primeros, si no el primero, de los asuntos teológicos que me llevaron a las reiteradas crisis religiosas que, acabaron con mi salida final de la Santa Madre Iglesia Católica y Apostólica de Roma.

Me resultaba insufrible que el cabrón más cabrón, digamos, un asesino, como por ejemplo Franco, pudiera ir al cielo si se confesaba antes de morir, después de una vida de desmanes, por el solo hecho de haber sido bautizado, mientras que un tierno infante, sin haber hecho otra cosa en su corta vida más que comer, dormir y cagar, no podía pasar a jugar con los otros angelitos, porque el puto dogma impedía entrar al cielo sin haber sido bautizado. Me parecía que el que hubiera instituido aquello, fuera quien fuera, era un degenerado.

Algunos curas progres que militaban en la defenestrada Teología de la Liberación, a los que este asunto del limbo les resultaba excesivamente impresentable y cruel, como tenían que creer en el Limbo por obligación dogmática (sino los echaban de la banda) teorizaron que, la misericordia del Dios bueno del Nuevo Testamento, habría sacado probablemente a todas aquellas almas incautas del Limbo y las habría llevado a disfrutar de su sagrada presencia. Esto es que para los de la Liber, el Limbo, haberlo había…pero estaba vació…Más o menos como los seminarios.

Cuando estudie geografía el asunto adquirió para mí una dimensión dantesca, porque…¿qué pasaba con los negritos de África?...¿y con los chinitos?...¿ y con los musulmanes?...¿y con los hijos de los comunistas rusos?...Además eran tantos que empecé a pensar que el Limbo debía estar petado de gente, porque en aquellos países había más población sin bautizar que, en los países considerados cristianos y esto sin descontar a los protestantes, que nunca me aclare si iban al infierno, al purgatorio o al Limbo.


La verdad es que el asunto de los infieles (los que no tenían fe o tenían otra que no era la verdadera) y su futuro en la vida del más allá siempre me había producido una cierta inquietud….¡Es que además eran tantos!...Si el Limbo estaba lleno, y el purgatorio, para las almas con pecados no graves, solo era de paso, y por tanto acababan en el cielo, allí se tenían que plantear evidentes problemas de espacio…Porque el cielo, en mi juvenil apreciación, no podía ser tan grande para acoger a tanta gente…Yo, siguiendo lo que decían los curas de mí parroquia, siempre había imaginado que el cielo era un lugar para los justos, los buenos y los santos, y por lo que veía habitualmente, de esos, había más bien pocos. Lo normal, al menos en mi pueblo, era ser malo.

¿Pero que era por aquel entonces ser malo?...Bueno, ya apenas se mataba a nadie, porque en la guerra ya se había matado bastante, o sea que ser malo eran otras cosas, tales como emborracharse el sábado por la noche después de una semana de trabajo embrutecedor en la fábrica; sacudirle a la mujer como saco de las frustraciones; irse de putas, porque follar entonces sin pagar, no era un pecado, sino un milagro; en el caso de los adolescentes matarse a pajas; para los aficionados al fútbol gritarle cabrón e hijo de puta al árbitro, cuando pitaba un penalti a nuestro equipo local; faltar a la misa dominical; cagarse en lo más barrido en la tasca cuando se hablaba de futbol o del gobierno, comer carne en lugar de pescado en Cuaresma y cosas así….y eso a pesar de que los curas no paraban de acojonarnos con el purgatorio y el puto infierno.

Pero estos dos temas asunto ya los trataré en otras entregas posteriores, si deciden ustedes seguir leyéndome…Mientras que lo pasen bien, en el limbo, en el purgatorio o en este infierno en que, los aviones israelíes, yanquis, británicos, franceses españoles etc. y de otras naciones judeo - cristianas civilizadas, están convirtiendo, como en una profecía bíblica, la tierra escogida por Yahvéh, en un desierto de fuego y muerte.