viernes, 31 de octubre de 2014

CUANDO EN COLOMBIA NO HABÍA HALLOWEEN

De la revista CARRUSEL - Periódico EL TIEMPO

ÁNGELES SOMOS - LIMONADA DE COCO.

Ilustración: MiguelYein

Cada 1° de noviembre los niños salían a pedir limosnas de casa en casa cantando coplas.

Aquella tradición combinaba dos rasgos distintivos de la costa Caribe colombiana: el espíritu expansivo y el gusto por las coplas.

Entonces nuestra región no tenía ciudades sino pueblos grandes. Barranquilla y Cartagena aún conservaban costumbres rurales: en cada familia alguno de los padres procedía de una aldea cercana o remota, así que en las casas prevalecía un tipo de alimentación campestre: productos agrarios frescos recién traídos de las fincas, víveres del día que no habían pasado por un refrigerador.

Ese marco rural era apropiado para que floreciera entre nosotros el ritual conocido con el nombre de ‘Ángeles somos’. Cada 1º de noviembre los niños salían a pedir limosnas de casa en casa por medio de coplas. Dos de ellos cargaban a hombros un palo de escoba en el cual iba colgada una olla de cocina.

Al llegar repentinamente a cada casa soltaban un primer canto que funcionaba como carta de presentación:

Ángeles somos
del cielo venimos
pidiendo limosnas
pa’ nosotros mismos

Si el anfitrión de turno demoraba para salir, la cuadrilla de niños lo increpaba con versos:

No te escondas, no te escondas
porque te tiro con la honda.

Cuando finalmente aparecía el dueño de casa, los niños seguían haciendo rimas para dar a conocer sus peticiones.

Sancocho y vino pa’ Marcelino
Arroz y ron pa’ Marcelón

Los dueños de casa, por lo general, contribuían con la causa: les daban a los niños algunas viandas que ellos guardaban en la olla: ñame, yuca, plátano, costillas de res. Pero a veces, antes de entregar su aporte, fingían un poco de indiferencia para poner a prueba la habilidad de los niños en la versificación:

No te dilates, no te dilates
Saca el bollo del escaparate.

No te rías, no te rías
Que la olla está vacía

Cuando los niños recibían sus obsequios, lanzaban unas coplas finales para expresar gratitud:

Esta casa es de uvita
Donde viven las bonitas

Esta casa es de arroz
Donde vive el Niño Dios

Luego seguían recorriendo las calles. Cuando llegaban a un lugar donde no les daban nada, esgrimían versos de protesta:

En esta casa no me amaño
Porque hay mucho tacaño

Esta casa tiene espinas
Porque hay muchas mezquinas

Al final de la jornada se reunían en el patio de alguno de ellos y preparaban un sancocho fraternal con los víveres que habían recibido.

La tradición estuvo vigente, más o menos, hasta finales de los años 70. Después llegó el Halloween y todo cambió, desde la fecha –se pasó del 1º. de noviembre al 31 de octubre– hasta el espíritu de la celebración. La olla fue reemplazada por una calabaza, los víveres de cocina fueron trocados por confites, el asalto a las casas derivó en visitas a los centros comerciales, los niños dejaron de crear coplas y se dedicaron a recitar cánticos preestablecidos.

No pretendo concluir que todo tiempo pasado fue mejor. Tan solo diré que fui testigo de un momento en que nos atrevíamos a ser lo que somos. Y, para despedirme, lanzaré unas coplas al viento antes de sentarme con tres amigos de infancia a devorar este sancocho fraterno, memorioso, que hemos querido regalarnos:

No se rían, no se rían
que la identidad quedó vacía
Esta casa es de agujas
Porque está llena de brujas

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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