domingo, 23 de noviembre de 2014

CABOS SUELTOS – 2

LEER

Alberto López

Fotógrafo húngaro André Kértsz (1894-1985)

 Los educadores recomiendan que los niños se habitúen a leer desde pequeños, para que cuando sean mayores sean asiduos lectores y personas cultas. Sin quitar la razón a este argumento, pienso que cuando en verdad hay que leer, es cuando uno se va haciendo mayor, porque los años de la infancia, la adolescencia y la juventud no son para leer, si no para descubrir el mundo y vivir directa e intensamente la vida. Porque leer es siempre una reflexión, un balance de lo vivido. Por eso la lectura más productiva es la de la vejez, que es, cuando se tiene la mochila bien llena de experiencias. Leer en la vejez es leer con y desde la memoria. Leer en la infancia es como leer desde el vacío.


 Los que leen mucho de niños y jóvenes, suelen ser niños con poca calle, retraídos y encerrados sobre sí mismos, que buscan en los libros, las aventuras que son incapaces de vivir directamente. De ahí surgen muchos escritores (yo que soy un escritor tardío, me admira lo que algunos de estos escritores llegan a decir cuando afirman que, ya lo querían ser desde su más tierna infancia) que solo escriben sobre lo leído, no sobre lo vivido, porque no han conocido la vida más que a través de las vidas de otros, en los libros de otros. Por eso aunque Borges me parece un gran escritor, también me parece un pobre hombre que murió rodeado de libros sin saber lo que era la vida real. Solo de viejo, apreció un poco su perfume, cuando conoció a María Kodama, una mujer que, pienso, le comió el seso al escritor, ya envejecido, con las tradicionales armas de mujer. Y es que Borges de las mujeres solo conocía a los personajes de las novelas.

 En una sociedad superficial y evanescente como la actual, donde los valores de la juventud, la fuerza, la belleza física, el sexo, la rapidez y la competitividad han arrinconado a los de la madurez, la experiencia, el conocimiento y la sabiduría, la lectura como reflexión apenas encuentra su lugar. En esta sociedad de consumo, donde impera el despilfarro, también la vida y la cultura están montadas sobre este concepto. Así nos pasamos la vida aprendiendo a vivir, acumulando sabiduría y experiencia, para acabar tirándolo todo por la borda cuando nos morimos, o cuando nos jubilan, que es como otra manera de morir poco a poco. Así que no debe extrañarnos, cuando vemos, como los cerebros más maduros de la universidad, son enviados a sus casas, para dar paso (eso dicen) a los jóvenes a fin de ofrecerles un futuro. Vender el coche para comprar gasolina, diría mi amigo El Dandy.

 Antes se decía que escribimos para que no nos olviden y que leemos para no estar solos. Olvido y soledad son sentimientos de la auto conciencia, apenas existentes en la infancia y la juventud, que se acentúan con el paso de los años y que se experimentan plenamente en la vejez. Pero hoy parece que esto no es así. La literatura, la que se publica (si no se publica no existe) ha pasado a formar parte de la llamada cultura (¿cultura?) del entretenimiento, que caracteriza a una sociedad dominada por el espectáculo, hasta el punto, de que ya solo es una parte del marketing empresarial.

Esto es evidente, si analizamos las novelas premiadas en los concursos literarios, casi todas las cuales, responden a un canon que recoge los elementos necesarios para responder a los gustos e intereses tipificados de un público de masas, al que hay que entretener y hacer olvidar la dura realidad diaria. Así el éxito, responde punto por punto a un canon, fuera del cual solo queda la marginalidad, a la que con toda conciencia y responsabilidad me adscribo. El resultado final es que, la literatura ha dejado de formar parte de la cultura, para pasar al mundo del entretenimiento, en una versión renovada de la vieja fórmula de “fútbol, pan y toros”. Leer para un viejo como yo, se está haciendo hoy cada vez más difícil. Por eso ya solo leo a los muertos.