sábado, 1 de noviembre de 2014

CUANDO EN ANTIOQUIA NO HABÍA HALLOWEEN


En nuestra tierra nada sabíamos del Halloween hasta finales de los años setentas. Antes de eso nos celebraban el día del niño en la primera semana de agosto en las escuelas y colegios.

Los profesores preparaban sancocho en improvisados fogones de leña. También nos daban leche achocolatada, panes, confites y queso.

Era un día de recreación muy animado. Los disfraces los hacían las madres o las tías. En muchas casas tenían máquina de coser  y algunos conocimientos de costura, así era que los disfraces eran confeccionados en el hogar económicamente.

Otros no tenían tanta suerte y se las arreglaban para hacer sus disfraces con papel de globo, periódicos, ropa vieja, etc.

Cualquier cosa que nos pusieran nos satisfacía, sin importar quien tuviera más o menos, la cosa era pasarla bien ese día.  Las tiendas de disfraces para niños, si las había, nunca las conocí.

Los juegos en el patio eran variados y entretenidos, se jugaba la golosa (Rayuela), la chucha (Alcánzame si puedes), guerra libertada, el bate (Beísbol con palo de escoba y pelota de letras, Mazotes y pico y cuarta (Canicas), fútbol, elevábamos cometas (Papalotes), intercambiábamos caramelos (Laminitas coleccionables). Nada de juegos electrónicos, pues todavía no se inventaban.

En Estados Unidos ya conocían el Halloween desde 1921, cuando la fiesta comienza a celebrarse masivamente en Minnesota.  Allí se realizó el primer desfile de Halloween, las siguientes décadas la fiesta se volvió más popular, y sin lugar a dudas años después de esto la internacionalización del Halloweeen se fue dando con la recolección de dulces y la cancioncita de truco o trueque incluida.

A nosotros aún no llegaba esa costumbre, pero la pasábamos muy bien sin esas bobadas.

También recuerdo que en las mangas que estaban frente a la escuela construíamos ranchos, con palos y ramas que cortábamos de los árboles que allí había. Eran días inolvidables que se repitieron hasta que llegó ese día de las brujas, cargado más de mercadeo que de diversión.

Pero los niños siguen siendo niños y se divierten a su manera, mientras los almacenes hacen su agosto y los padres milagros para comprarles los costosos disfraces.