lunes, 8 de diciembre de 2014

HISTORIA DE LA RADIO EN URABÁ

Esta crónica nos la comparte Juán Arturo Gómez, un jóven que cansado de la vida de la ciudad se fue a vivir a un recóndito pueblito del Chocó, "Unguía", en medio de la selva, donde aún no llegaba la electricidad ni muchos otros servicios de los que gozamos en nuestras ciudades. Liviano de equipaje y con un computador portátil bajo el brazo llegó y sintió que ese era su lugar y allí se quedó. Comunicador social y conocedor de la tecnología de sistemas logró conectar a Unguía con el mundo, visibilizando la belleza de sus parajes y sus necesidades. Son muchas las cosas que ha logrado por lo que ha sido nominado al programa Titanes Caracol en la categoría "Tecnología y Conectividad". Hoy 8 de diciembre se cierran las votaciones y quedamos pendientes del resultado





LA RADIO DE URABÁ ES CIEGA, SORDA Y MUDA
Banana Stéreo.
Por:
Juan Arturo Gómez Tobón

Un hombre de baja estatura agita sus manos intentando llamar la atención a un lado de la vía principal de Apartadó en medio del ruido ensordecedor de las cornetas de los buses particulares, repletos de trabajadores bananeros, de camiones cargados de fruta para la exportación y del agite producido por ser un viernes.

Finalmente este logra captar la atención de un profesor y tres estudiantes de la Universidad de Antioquia. Ellos cruzan la vía, esquivando puestos de comidas, chazas, venteros ambulantes y decenas de personas humildes, que aún siendo las seis y 45 minutos de la noche salen de las instalaciones del Banco Agrario.

Juan, uno de los estudiantes, saluda a una mujer negra de unos sesenta años que llevaba una bolsa, una vieja manta, un tarro plástico y una botella. Entonces habla con ella unos segundos para lanzar después, en medio del grupo, estas palabras llenas de dolor y rabia, como buscando solidaridad con algo que lo conmueve: “Es una desplazada de Unguía a la que le mataron a la hija y al yerno cuando su nieto tenía solo nueve años; y hace fila desde ayer para recibir el subsidio de víctimas”.

El profesor y los estudiantes rodean a un hombre robusto y fuerte, con ropa y zapatos sucios y que hace veintitrés años llegó a Urabá buscando cercanía con la música antillana que había sido traída por los marinos llegados al puerto de Turbo, pero finalmente este hombre terminó radicándose en Chigorodó por culpa de su otro pasatiempo, la radiodifusión.

El hombre les dice, en tono humilde: “Por favor espérenme unos minutos en el centro comercial Plaza del Río, mientras yo me cambio, pues estaba haciendo la adecuación de un local”.

La historia de la radio en Urabá empezó, como muchas otras buenas ideas, en un momento de ocio de don Javier Bustamante Hoyos una mañana de 1991, mientras se tomaba un tinto en una cantina del parque de Chigorodó a la espera de sus compañeros de tertulia y escuchando Radio Libertad, la única emisora que se podía sintonizar en Urabá y de propiedad de las FARC.

Entonces a un tecnólogo en seguridad industrial, aventurero y gomoso por la electrónica en radiodifusión, lo asaltó la tentación de crear una emisora. Luego al debatir la iniciativa con el grupo de amigos en medio de las ideas, producto de su entusiasmo, uno de ellos lanza una expresión que los deja a todos en silencio: “Vea, sí vamos a montar la emisora, lo único es que hay es ser como Shakira, ciega, sorda y muda, solo así pasaremos de agache”. Todos quedaron en silencio y se miraron entre sí, y desde entonces esa sentencia quedó flotando en el aire, hasta el día de hoy, “para poder pasar de agache”.

Sentados ya en una mesa del único centro comercial de Apartadó, don Javier Bustamante Hoyos, con voz pausada pero firme, como quien mide cada palabra antes de decirla empieza a contar su historia: - Un día mi padre en mi pueblo, Caramanta, me encontró destapando el viejo radio Philco, tratando de encontrar a los muñequitos que hablaban, entonces me llevó a la emisora del pueblo para aclarar mis dudas, pero esa visita aumentó más mi curiosidad. Yo me quedaba horas tratando de entender cómo unos tubos de vidrio, que tenían una luz adentro, lograban que la música viajara a todos los lugares. Ante los reclamos de mi madre que pensaba que eso era una perdedera de tiempo, yo le decía: “Al que  le gusta le sabe”.

Todo empezó allá, desde niño me cautivó la magia de las ondas hertzianas. De aventura me vine para Urabá en búsqueda de la mata del Reggae y resultó que yo era la mata”.

Karen, una de los estudiantes, saca una grabadora mientras don Javier la mira sin inmutarse, y al tiempo que la deposita sobre la mesa la joven le lanza una pregunta para ver hasta qué límites el pionero de la radio en Urabá estaba dispuesto a hablar: - “¿Cómo fue hacer radio  en  los años de mayor violencia en Urabá?”. Sin dejar entrever la más mínima expresión en su rostro responde: “En esos tiempos solo nos limitábamos a pasar música y mensajes sociales, y como la emisora contó con aceptación de los oyentes los grupos armados nos identificaron.

Un día llegó un señor con un papelito envuelto de forma extraña y me dijo: “Lea esto por la emisora”, yo lo abrí, vi que era un mensaje de la guerrilla, yo lo miré y le respondí: - Vea, acá todo mensaje lo autoriza el comandante de policía, vaya donde él y yo se lo leo con mucho gusto. Eso de hacerme el tonto siempre me ha funcionado”. Todos sueltan una carcajada, pero el señor Bustamante, de forma extraña, empieza a hablar de fútbol.

A los pocos segundos, una mesera llega con la cena solicitada por el grupo y Bustamante prosigue: “Al día siguiente llegó un hombre con una actitud de malas pulgas, de poncho al hombro, botas. Del cinto de su pantalón sobresalía la cacha de un revólver. Sin saludar se llevó la mano derecha al arma, mientras con su mano izquierda me entregaba de nuevo el papel y con voz autoritaria me dijo: “Tiene cinco minutos para leer esto, nosotros estamos cerca” y apuntando con el revólver, de no ser así, la próxima vez esta hablará por mí”.

El  profesor y los estudiantes se quedaron congelados y a la expectativa, mientras don Javier  hacía una pausa para degustar un café expreso.

Dayana, una de las estudiantes, quiebra el ambiente de suspenso diciendo: “Pero continúe, ¿qué pasó después?”

Don Javier la mira y continúa: “A los diez minutos de leer la nota la emisora estaba rodeada por el ejército; y de las escaleras que conducen al estudio nos llegó  el sonido del pisar fuerte de botas subiendo por ellas. Recuerdo muy bien el apellido Rojas, del rostro y la figura no tengo memoria. En el umbral de la entrada al estudio gritó un oficial del ejército: ¡Esta emisora es clandestina y me la cierran ya! Yo apagué los equipos, me levanté de la silla y con  tono de súplica le dije: “No la cierre, mire que esto le sirve mucho al pueblo. Leí la nota porque tenía un revólver apuntando a mi cabeza. Deme un plazo de ocho días, yo consigo el permiso”. Él me respondió, ya en tono amable: “No le decomiso los equipos, pero no me transmite más”.

“¿Pero usted no siguió transmitiendo?”, pregunta nuevamente Dayana, y don Javier esbozando una sonrisa cargada de satisfacción responde: ¿Dejar de transmitir?, ¡nunca!, la emisora desde el veinticuatro de febrero de 1992 no ha dejado de transmitir ni un solo día. Yo bajaba la antena y desmontaba los equipos de transmisión, para dar la impresión de que les hacía mantenimiento, pero solo dejaba de transmitir unas horas”.

En el rostro del profesor Jaime López se observaba su asombro, y las caras de los estudiantes denotaban admiración por ese señor y sus historias. El silencio de ellos era el tributo a las palabras de don Javier. Las preguntas no fueron ya necesarias, porque sus interlocutores entendieron que preguntar era interrumpir.

“En otra ocasión llegaron dos hombres, bien vestidos antes de las seis de la mañana, y de forma decente expresaron la necesidad de hablar conmigo, les abrí la reja y a ellos los siguieron como cuatro hombres armados de fusiles. Yo estaba preparando a dos personas para abrir la emisora en Arboletes, pensé que me iban a matar, porque ellos no articulaban palabra alguna. Dos se pararon en la puerta, otro en la ventana que da a la calle y los otros me obligaron a subir al estudio, allá me amarraron, el locutor se asustó y salió corriendo; y cuando bajaba las escaleras a toda prisa, le hicieron dos tiros con un AK-47, todo quedó en silencio. El que parecía ser el comandante de ellos les hizo una seña y  se retiraron”.

Don Javier como rememorando ese triste episodio se quedó un momento en silencio. Luego continuó mientras se acomodaba en la silla: “Amenazas he recibido muchas", pero la mayoría son de envidiosos. He logrado sobrevivir porque no ando de la mano de nadie, ni con el uno, ni con el otro, siempre en el medio. Hacer radio es difícil, porque la señal llega a todos y es el único medio de comunicación masivo democrático, por eso los políticos, los grupos armados y las fuerzas del Estado tratan de controlarlo.

Banana Stéreo es una emisora comunitaria desde 1997, la licencia la recibí de manos del gobernador de la época, el doctor Álvaro Uribe, como reconocimiento por ser el pionero de la radio en Urabá; Las cosas desde entonces han sido más fáciles, pero aún no están dadas las condiciones para hacer radio comunitaria, el constante accionar de grupos al margen de la ley y la corrupción, siguen siendo males de nuestra región. Por eso en Urabá la radio, sigue siendo: ciega, sorda y muda”.

Perfil

Con internet, hemos logrado conectar a Unguía con el mundo”. Juan Arturo Gómez Tobón ha sido nominado como uno de los 25 titanes del 2014. La votación estará abierta del 27 de octubre al 8 de diciembre.
Unguía, Chocó.

Cada vez que recorro el Atrato mi vida se devuelve 20 años, cuando entré con una caja de libros y un computador.

El internet para mí es la ventana que pudimos abrir para que el mundo conociera toda la problemática de esta región.

En el 2010, el invierno fue muy duro. La escuela de las carmelitas misioneras sufrió mucho. Teníamos que hacer algo. Empecé a escribir por internet a todas partes, y desde Alemania recibimos la respuesta.

Cuando el Gobierno lanza el programa Vive Digital, yo empiezo a escribirle al ministro para que nos asigne uno. Hoy, tenemos uno en la comunidad indígena.

Me preocupé por dos niños que sufren de labio fisurado. Busqué en internet dónde había programas gratuitos para estas cirugías.


A Unguía le debo todo. En Unguía me recuperé de la droga, acá tengo mi hijo, acá volví a tener una razón de vivir.