domingo, 7 de diciembre de 2014

LA MISIÓN DE MORCILLO

Estaba aún muy pequeño cuando por primera vez vi a un obispo. Sentado en una gran silla tapizada en terciopelo rojo su figura parecía un visión casi extraterrestre, exacerbada aún más por el perfume y el humo del incienso que inundaba el lugar. Todos los asistentes formaban una larga fila que avanzaba en silencio reverencial para que cada uno al llegarle el turno se arrodillara frente al imponente personaje, que con mitra en testa y báculo en mano extendiera su brazo para que le besaran un grueso anillo de oro que tenía una hipnótica piedra roja incrustada. Es que era tiempo de la gran misión, un movimiento que había paralizado al pueblo que entonces solo se movía en función de procesiones y solemnes sermones apocalípticos, en los que se resaltaban la palabras "castigo y condenación eterna". Nunca como esa vez había sentido el infierno tan cerca, ni había sentido tanto  miedo.

Alberto López nos cuenta la visión de su experiencia en su natal España.


El primer arzobispo de Madrid - Alcalá, Monseñor Casimiro Morcillo,
bendice la Universidad Laboral de Alcalá de Henares en
presencia del Jefe del Estado y de varios de sus ministros

Frente a la lápida de mármol blanco, con letras labradas en oro, que recogía la lista de los mártires locales muertos por Dios y por España, colgaba en el pórtico de la iglesia de mi barrio, una cruz de madera negra que llevaba escrito en su parte superior la palabra Gloria, en la inferior Infierno, en el brazo izquierdo Juicio, en el derecho Muerte, en el cuerpo horizontal Santa Misión General del Nervión, Noviembre 1953 y en el vertical RRPP Capuchinos.

La Iglesia del Régimen las llamó Misiones Populares, robando su nombre de aquellas otras Misiones Pedagógicas y culturales del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, que durante la República, propagaron el conocimiento del arte y la belleza por los rincones más apartados del país. Pero ahora tenían unos objetivos bien distintos. Se trataba, por una parte, de recristianizar a tantos españoles urbanos que, en el denostado periodo republicano, habían cometido desviaciones tales como, vivir juntos sin contraer matrimonio canónico, no estar bautizados o haberse divorciado y por otra, de aplastar a la hidra de cuatro cabezas que había llevado a España al desastre de la Guerra Civil (se referían al liberalismo, el comunismo, el separatismo y la masonería) y que de nuevo volvía a sacar su patita, entre las grietas de la sociedad industrial que iniciaba su despegue.

Tomadas por un ejército de predicadores energúmenos, que extendían los actos religiosos y sus sermones hasta el último barrio, mina, fábrica o institución, aquellas Misiones transformaban durante unos días la ciudad de la Ría en templo. Los discursos de los sagrados oradores giraban en torno a conceptos trascendentales tales como, la muerte, el pecado mortal, el castigo, el infierno y la condenación eterna. En fin que se trataba de acojonar al personal, para que a través del miedo se alejara de las llamadas revolucionarias del ateísmo y volviera al redil de la iglesia. Masivas procesiones nocturnas, rosarios a horas intempestivas por las calles, confesiones y comuniones colectivas, escenificaban el arrepentimiento y la posterior salvación, con apoteósicos acontecimientos finales ante un gran altar levantado en la plaza o en el campo de fútbol. Los actos estaban amparados por las autoridades civiles y militares (junto con las eclesiásticas formaban parte de la Junta de Honor de cada Misión) que, con sus órdenes, obligaban a movilizarse al pueblo para que asistiera en masa a los actos.

En la historia de la Iglesia española de aquellos momentos, hay un personaje clave hoy justamente olvidado, que explica el gran impulso dado entonces a la acción misionera para recristianizar España y consolidar un apostolado seglar. Me refiero al Obispo Casimiro Morcillo, vinculado a Franco desde los primeros momentos del Gobierno golpista en Burgos, que, a lo largo de los años siguientes, sería el obispo preferido del Dictador y con quien mantendría una línea directa. Morcillo jugará además, el papel de puente entre las autoridades civiles, las militares y las eclesiásticas, encargándose de solucionar los conflictos y problemas de convivencia que, con el paso del tiempo, se producirán entre ellas.

La vida de Morcillo es, por encima de cualquier otra consideración, un ejemplo de dedicación, fidelidad y entrega absoluta a la Iglesia española, tan vinculada íntimamente al estado nacionalcatólico, que, se puede decir, formaba parte de su estructura. Esta entrega solo se verá truncada, cuando el estado confesional comience a entrar en conflicto con la revisión conciliar del Vaticano II. Entonces Morcillo tendrá que escoger entre el Papa y Franco y lo hará por el Dictador. En su carrera eclesiástica, esta elección le costará cara.

Seminario menor de Medellín -  Años 20
Nacido en una humilde familia religiosa de once hermanos, el futuro arzobispo de la capital, es el ejemplo de sacerdote (bastante habitual por entonces) al que, desde niño, los padres encaminan hacia el seminario, como forma profesional de ganarse la vida. Era una época en que, la máxima ambición de toda madre católica, era tener un hijo sacerdote. Es el caso también de Giuseppe Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII, un modelo, por cierto, de carrera eclesiástica, bien distinto al de su antecesor, el cardenal Pacelli (Pío XII) perteneciente a una familia aristocrática, cuya historia había estado unida al papado y a la nobleza negra, y sobre cuyo controvertido periodo (marcado por unas relaciones excesivamente contemporizadoras, con los regímenes autoritarios de aquellos años) la Iglesia actual prefiere pasar página.

Aunque los inicios de la trayectoria religiosa de los niños, Casimiro y Giuseppe, resultan parecidos, sus posiciones en el momento de ordenarse no pueden ser más divergentes. Ambos de origen humilde, son enviados al seminario en torno a los diez años y ambos finalizan sus estudios en torno a los veintidós, así que su infancia, adolescencia y juventud, las vivirán en el seno de su santa madre la Iglesia. Pero la iglesia española, no es la misma que la italiana.

Mientras que el estado confesional limitará ideológicamente el pensamiento del joven Casimiro, quien asumirá las directrices del nuevo Régimen nacional católico salido de la guerra civil, la trayectoria del sacerdote Roncalli ira por otros derroteros más abiertos, conociendo de manera directa la primera Guerra Mundial como sargento médico y capellán militar, desarrollando su trabajo apostólico con nuevas ideas ecuménicas en Bulgaria, donde entrará en contacto con otras comunidades cristianas como la ortodoxa, ocupándose de socorrer a los judíos ante la persecución nazi cuando es nombrado Vicario en Estambul, enfrentándose como nuncio apostólico en el París en 1944 al problema creado por los obispos colaboracionistas con el Régimen de Vichy, y por último, asumiendo como cardenal la diócesis de Venecia en 1953, en una Italia en plena efervescencia política de las izquierdas, tras el fracaso del fascismo. Una trayectoria pues, bien distinta a la provinciana que vivirá Morcillo en una España gris, mojigata, revenida, aislada y cerrada a cal y canto a las nuevas ideas democráticas que, se extendían por Europa tras el hundimiento del nazismo, y en la que pronto destacará por su fidelidad de hierro al nuevo Régimen, la fortaleza e intransigencia de sus ideas, su voluntad de trabajo y su capacidad organizadora en las nuevas tareas que le va a ofrecer la iglesia nacional católica.

Hay un episodio que pone bien pronto de relieve su figura. Corrían los primeros meses de 1937 y la guerra se encaminaba hacia la derrota de la República. Buscando salvar al catolicismo nacionalista vasco del anticlericalismo del Gobierno republicano, el Vaticano, a comienzos de mayo, intenta la mediación internacional, para llegar a un acuerdo con el Gobierno Vasco que ponga fin a la guerra en Vizcaya. Franco, a su pesar (entrar en Bilbao sin tener que presentar batalla y salvar la industria siderúrgica, al objeto de aplicarla como industria de guerra, son dos argumentos de peso) dará su consentimiento, pero dejando claro que no quiere saber nada con el Gobierno de Valencia.

Así que el Vaticano, saltándose al Gobierno de la República, propicia unas conversaciones directas con el Vasco, en las que, por parte de éste participan, el Lendakari Aguirre, el canónigo Alberto Onaindía, el Delegado vasco en París Iturzaeta, Francisco Horny y Areilza desde San Juan de Luz, Julio Jáuregui y Andrés Irujo… y por parte del Vaticano y del Gobierno de Burgos, el cardenal secretario del Estado Vaticano Pacelli (futuro Pío XII), el cardenal Magliorre, el primado de España cardenal Gomá; el nuncio en la España franquista obispo y después cardenal Antoniutti; el cónsul de Italia en San Sebastián Pietro Marchi; el cardenal Verdier arzobispo de París, el jesuita Pereda; Antonio González; el Conde de Torrubia, el futuro cardenal Herrera Oria, y por último, un joven y desconocido sacerdote, de nombre Casimiro Morcillo. Pacelli, el gestor intrigante de estas conversaciones, envía un telegrama con la propuesta aceptada por Franco, pero por equivocación (algún historiador ha argumentado al hipótesis de que no hubo tal equivocación, sino que, un cura italiano, leal con la República española, traicionara a Pacelli) el envío se hace a través de Valencia y los servicios de inteligencia de la República lo interceptan.

Largo Caballero convoca un consejillo restringido para tratar el asunto, donde se decide que el mensaje quede en el más riguroso de los secretos y las conversaciones fracasan. Hasta 1940, Aguirre e Irujo no llegarían a saber nada de esta propuesta.

Morcillo tenía entonces treinta y tres años y solo llevaba doce ordenado como sacerdote… ¿Quién lo colocó allí?... ¿Cuál era su papel?... El catedrático e historiador de la Universidad de Compostela Gabino Mañeiro Foz, quien se ha ocupado de biografiar al personaje que nos ocupa, ha dejado escrito que: para entonces, el sacerdote Casimiro Morcillo ya era el espía religioso de Franco...
Elevado al episcopado cinco años después, como obispo auxiliar de Madrid (el titular era Eijo y Garay) sería con su empuje organizador, el alma de la reconstrucción de la diócesis tras la guerra civil. En el Sínodo de 1948, ya dirigiría los trabajos previos.

Cuando en 1950 se crea la Diócesis de Bilbao segregándola de la de Vitoria (Mañeiro argumenta que el objetivo era cortar de raíz cualquier intento de crear una diócesis vasca) se pone a Morcillo al frente de ella. Se le escoge no solo por su inquebrantable adhesión al Régimen, sino también por su gran capacidad de trabajo como organizador y dinamizador (Congreso de misiones de Barcelona de 1929; Consiliario Nacional de Acción Católica 1932; organizador el primer Domund en el Burgos de 1939).
… No es pues casualidad – argumenta Mañeiro – que, al año de llegar a su nuevo cargo, se organizara en 1951 la Misión de Vitoria (el Obispo entonces era Bueno Monreal, quien había sustituido a monseñor Mújica, expulsado por Franco en septiembre de 1936) que de alguna manera será el ensayo general para acometer dos años después, en noviembre de 1953, la gran Misión de la ciudad de la Ría, a la que se llamó la Santa Misión General del Nervión, la mayor y más importante de todas las que se organizarían en España.

El éxito de Morcillo fue completo, aunque contaba para ello con un viejo conocido, convertido en el mejor de los apoyos posibles, el cardenal Pacelli, elevado para entonces al solio pontificio, con el nombre de Pío XII.
…Sin apenas oposición – continúa Mañeiro – Morcillo (de quien se decía que había comenzado a estudiar vascuence) consolidará la rotura de la provincia eclesiástica vasca reorganizando la diócesis de Bilbao, construyendo iglesias y centros parroquiales, desde donde inició la reconquista de los pueblos y barrios de la Ría, relanzando la Acción Católica y el apostolado seglar…
Sin embargo, su éxito se vería empañado con el fracaso de dos de sus proyectos más queridos: el gran Seminario de la diócesis recién creada y la nueva Catedral de la ciudad.
En el periodo republicano, aislado en medio del campo, no muy lejos del nuevo cementerio de Derio, se había iniciado la construcción de un moderno edificio destinado a sanatorio siquiátrico provincial.

Distintos problemas en su ejecución primero y la guerra después, paralizaron las obras, dejándolas en el esqueleto de su estructura. Morcillo soñó recuperar lo construido, para destinarlo a Seminario de su diócesis, y con la colaboración de la Diputación, lo rediseño para el nuevo destino, ateniéndose al gusto estético del Régimen triunfante. Todas las reminiscencias racionalistas y ateas del proyecto original fueron eliminadas y sustituidas por el lenguaje neoherreriano oficial.

El resultado fue un mazacote torpe y pesado que, con el paso del tiempo, fue agudizando su fealdad. Tras unos pocos años de gloria que siguieron a su inauguración parcial, el joven clero vasco lo abandonó, el descenso de vocaciones terminaron casi por vaciarlo y la fábrica de curas, por falta de materia prima, bajo la persiana. Tras años de total abandono (estuvo a punto del derribo) actualmente es propiedad de la administración provincial que, lo ha transformado en un hotel de segunda, un centro de empresas y otros usos sin relieve alguno. Desprovista de toda gloria, la fábrica de curas soñada por Morcillo, vegeta entre la mediocridad arquitectónica, las dificultades para su uso (dada las enormes proporciones y dimensiones de sus espacios habitables) y la inviabilidad económica, a la que lastra su costosísimo mantenimiento.

La nueva Catedral que, en detrimento de la vetusta catedral gótica refugiada entre las callejuelas del Casco viejo, quiso levantar Morcillo en el Ensanche, a modo de emblema del nuevo nacional catolicismo, respondía también por sus grandes dimensiones y por su lenguaje arquitectónico pretendidamente escurialense, a la magnificencia propia de las obras del nuevo Estado fascista.
Para acometer financieramente ambos proyectos, el Obispo puso a toda su organización a pedir limosna en los templos, las escuelas y las calles, en verdaderas campañas apostólicas que, si bien al principio fueron respondidas generosamente por los fieles, al de unos años, el cansancio y la pobreza del país, fueron dejando los ingresos reducidos, a poco menos que nada. Esta vez Morcillo había calculado mal las posibilidades de seguir exprimiendo los desfallecidos bolsillos de la masa de donantes, y las obras (que tragaban como un pozo sin fondo) por la escasez de recursos, se fueron ralentizando y eternizándose.

Al de unos años de inaugurarse el seminario, con las obras todavía sin finalizarse, ya no quedaban seminaristas, y cuando la catedral se consagró (con los andamios sin retirar) la llegada del concilio Vaticano II, había abandonado por obsoleta la construcción de grandes templos, que en la España de Franco seguía todavía levantando su Iglesia triunfante.
Con el edificio del Seminario, poco o nada se podía hacer, no había uso alternativo de repuesto y el inmenso edificio se abandonó al vandalismo, los ocupantes marginales y las ratas. Pero con la fallida Catedral, era diferente.

El templo casi finalizado, ocupaba un céntrico y privilegiado solar del ensanche, y alguien en la Diócesis, con sentido del negocio, se dio cuenta de la oportunidad. Eran momentos de un gran boom inmobiliario, por la carencia de viviendas, así que el Obispo de turno, ni corto ni perezoso, vendió el solar al mejor postor para que hiciera dos enormes torres, y (por lo que pudieran decir) una pequeña iglesia, que a fin de no restar volumen edificable a las viviendas, el Ayuntamiento consintió que se hiciera bajo la calle, como si se tratara de una paleocristiana catacumba romana. En resumen que, nunca mejor dicho, se pegó un pelotazo de la hostia. Además, al Obispado, el negocio le salió redondo, ya que del capital acumulado durante tantos años mediante limosnas, nadie pidió la devolución, no se pagaron impuestos y tampoco se tuvo que amortizar. El epígono de Morcillo, empleando un dicho de éste, se quitó el asunto de en medio, argumentando que: … En asuntos de fe, para amortizaciones ya estaba el cielo…

El contenido de la carta pastoral del Obispo, con la que se iniciaba la Misión, fue muy comentado y valorado por autoridades y medios de comunicación (se leyó durante varios días, en todas las radios, al final del rosario) como ejemplo de adecuación a las nuevas problemáticas que, planteaba la sociedad industrial. Morcillo ya había dado muestras de su capacidad literarias, en otras cartas pastorales anteriores a sus queridísimos hijos vizcaínos que, con visos de modernidad, orientaban su prédica sobre las nuevas relaciones sociales. Sus títulos resultan muy ilustrativos al respecto: Teología del Trabajo; Teología de la empresa; Deontología del empresario; Teología de la técnica; Cristo en la fábrica…En fin que, como recientemente ha dicho el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, en una elegía con la que se quiere reivindicar su figura:
… Ya desde sus comienzos al frente de la Diócesis de Bilbao, había dado muestras de una moderna sensibilidad, para afrontar las relaciones entre empresarios y trabajadores, resultando un adelantado de las doctrinas sociales y sindicales de la Iglesia…

Tras cinco años de éxitos en una difícil Diócesis rojoseparatista, sería finalmente recompensado, con su nombramiento como arzobispo de Zaragoza… ¡El Pilar de Zaragoza!… ¡Aquella sí que era una catedral como Dios manda!... Pero Zaragoza solo sería un peldaño más, en el ascenso imparable de su carrera eclesiástica. Al fallecer en 1964 el arzobispo de Madrid Eijo y Garay, el propio Franco le escogerá para ocupar el lugar más alto de la jerarquía eclesial española, convirtiéndolo en el primer arzobispo de Madrid. Poco después vendrían sus nombramientos como procurador en Cortes y Consejero del Reino por designación directa del Jefe del Estado, y la imposición de manos de su Excelencia, de la gran cruz de la Orden de Carlos III.

Con la muerte de Pío XII y la llegada de Juan XXIII, los nuevos aires de la iglesia ya no le serán tan favorables. El Concilio Vaticano II de octubre del 62, cogió a los obispos españoles con el pie cambiado. Su papel en las sesiones fue irrelevante, debido a su escasa preparación intelectual, su anclaje en el pasado y su intransigencia doctrinal. Todo lo que hasta entonces habían predicado en sus templos, se les venía abajo. Desconcertados ante lo que se trataba en aquella asamblea romana, que parecía estar copada por cardenales y obispos comunistas y protestantes, volvieron a su España católica, abandonando por un tiempo las sesiones conciliares, para tomar respiro y consultar con los jerarcas del Régimen.

Aunque por presiones políticas, Pablo VI tendrá que nombrarle arzobispo de Madrid, no contará con el apoyo del Vaticano para su nombramiento como segundo Presidente de la Conferencia Episcopal, donde sin embargo llegará, con el respaldo de los obispos más recalcitrantes. Pero el tema dejará sus secuelas y según el profesor Mañeiro:
… Será por ello privado del capelo cardenalicio, siendo el único entre los Subsecretarios del Concilio que no lo conseguirá...
Por primera vez en su vida, había ante puesto su lealtad a Franco a la de su madre, la Iglesia, lo que también haría su obispo auxiliar, Guerra Campos (el llamado Ultimo Cruzado) quien dirigía con mano férrea su secretaría en la Conferencia Episcopal y a quien situó como consiliario de la Junta de Acción Católica, a la que por cierto no tardó en descabezar por sus: actitudes temporalistas y escasez de espiritualidad. Pero el camino de la historia se orientaba imparablemente hacia otros derroteros y el ciclo de Morcillo tocaba a su fin para dar paso a la época de Tarancón, donde la nueva doctrina conciliar de apertura a la sociedad y compromiso temporal se impondría finalmente.

Morcillo es un personaje al que, personalmente, solo vi una vez en mi vida, pero que ha quedado grabado de forma indeleble en mi memoria infantil. Fue quien me confirmó en la fe católica. Lo recuerdo como si fuera hoy en día. Los frailes y las monjas de los colegios, nos prepararon a chicos y chicas del barrio con sumo esmero, para una celebración religiosa por todo lo alto. Iba a venir el Obispo que presidía la Diócesis recién creada.

Los curas de la parroquia estaban que no meaban, ante la llegada de aquella autoridad eclesiástica, ojito derecho de Franco y del Papa, que no paraba de organizar concentraciones religiosas, desarrollar campañas para recaudar fondos con los que engrandecer a la Santa Madre la Iglesia, ordenar sacerdotes y construir templos para Dios.

La idea que los niños de entonces teníamos de un obispo (y más con aquel apellido) era la de un cura regordete, simpático, alegre, de cara redonda y colorada, con gusto por la mesa y el buen vino, en fin, de alguien que hiciera honor a la frase: “vive como un obispo”. Sin embargo nos llegó un personaje totalmente diferente, menudo aunque espigado, de rostro enjuto y cerúleo, seco, con pinta de estar matándose a pajas, sonrisa escasa y forzada, austero como su campo castellano y triste, como el permanente recordatorio proclamado por el nacionalcatolicismo, de que: a este valle de lágrimas, hemos venido a sufrir… Un retrato suyo colgaba de la pared en mi escuela, junto al de su protector Pío XII. A pesar del abismo social que les separaba, ambos desprendían un aire parecido de seriedad, sequedad y estiramiento que los aproximaba entre sí, y los hacía antipáticos ante nuestros ojos infantiles. Cuando Pío XII murió y el fraile sustituyó su foto por la del nuevo Papa, un vejete regordete que nos miraba sonriente, los chavales intuimos que, algo estaba a punto de cambiar en la Iglesia.

Era verano y hacía mucho calor. La iglesia se encontraba atiborrada de feligreses trajeados ajenos al parecer al ambiente sofocante. El incensario se había aireado reiteradamente dejando la nave perfumada. El altar mayor estaba profusamente engalanado con flores como para la boda de algún estraperlista. Todas las lámparas estaban encendidas. Proliferaban colgaduras y banderas de España y del Movimiento, estandartes de la Acción Católica, la Adoración Nocturna, las Hijas de María, los Tarsicios y de no sé cuántas organizaciones más.

El coro de la parroquia, acompañado por un armonio, cantaba en latín algo que nadie entendía. Los curas, mariconeando, exhibían sus mejores puntillas.

Las niñas y los niños, limpios y repeinados, nos fuimos acercando lentamente en dos filas separadas, hacia el trono elevado sobre el presbiterio, donde nos esperaba el Obispo. Uno a uno nos fuimos postrando ante el representante de San Pedro, para confirmar nuestra pertenencia a la Santa Madre, la Iglesia Católica y Apostólica de Roma. Con una sonrisa paternal de repertorio, Casimiro Morcillo nos recibía adelantándonos su anillo para besarlo. Después marcaba en nuestra frente una cruz con la unción de aceite y bálsamo, a la vez que pronunciaba las palabras sacramentales:
Recibe por esta señal de la cruz el don del espíritu santo

Finalmente, nos daba un chalito en el rostro que sellaba el sacramento de la confirmación. Me quedó grabada su mano fina y asexuada, el olor agrio y revenido de su cuerpo a sudor y a sacristía, el sonido de las sedas de su ropaje al inclinarse hacia mí, para decirme, no sé qué… Cuando de nuevo se incorporó en toda su majestad, para otorgarme su bendición y posó su mirada de acero en mis ojos, me recorrió por el espinazo un relámpago de miedo…Tengo sesenta y siete años y todavía me acuerdo.

Alberto López