lunes, 12 de enero de 2015

LA MUERTE DE UNA CERRADURA

Todo pasa y todo queda, 
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.
(Antonio Machado)



En mayo cumpliría dieciséis años, siempre fue la guardiana de la entrada principal del edificio, sin pedir nada a cambio, excepto un poco de aceite de vez en cuando. Se mantuvo impecable y prestando un excelente servicio durante los primeros doce años, para luego comenzar  a soportar un infame trato por parte de un nuevo usuario que por un motivo desconocido la golpeaba inmisericordemente. Accedía esta persona al edificio cuando le venía en gana sin utilizar la llave, pateando la puerta salvajemente hasta hacer saltar el pestillo.

Nuestra cerradura comenzó a verse acongojada, lastimada y triste, pero de alguna manera siguió funcionando bien unos meses más, hasta que tuvo su primer colapso.

Llevada de urgencia al taller se le diagnosticó rotura de cilindro y fractura parcial de la espiga del pestillo. Luego del cambio de las partes rotas retornó jubilosa a su lugar en la puerta principal ante la alegría de todos los habitantes del edificio, bueno no de todos, pues su injustificado enemigo decía que esa vieja chapa había que cambiarla definitivamente. Ahí me di cuenta que era un caso crónico de una especie de gerontofobia a las cerraduras viejas, que no sé si ya está clasificada o habrá que buscarle nombre y para lo cual yo propongo el de “Serraefobia” . (Del latín: Serrae: Cerrar).

Desde entonces, y hasta ahora que escribo esta historia, han pasado casi cuatro años de golpes, insultos y maltratos a esta desdichada cerradura, que sin quererlo se volvió el objeto de las furias de un mal usuario, que como es típico, lo hacía “sin testigos”, pero las paredes ven, oyen y hablan.

Sus visitas al taller cada vez eran más frecuentes y sus daños más graves, tuvo que someterse a antiestéticas soldaduras y a remiendos poco ortodoxos, pues las partes de repuesto ya no se fabrican . Aun así luego de cada reparación volvía a cumplir con su labor de guardián de nuestra puerta, sin faltar ni un solo día.

Viernes 9 de enero
La cosa fue más grave cuando recibió un daño fatal. Inmediatamente se le trasladó  al centro de atención de los hermanos Rojas, dos veteranos cerrajeros que llevan más de cuarenta años en el oficio. Desde que la pusieron en la mesa de trabajo me dieron pocas esperanzas, pero así y todo iniciaron una exhaustiva exploración interna. Le removieron la tapa dejando al descubierto todo el mecanismo que contiene su palastro, equivalente al tórax. Removieron sus resortes, el muelle,  el cilindro y otras cosas que no pude identificar. La idea era que al menos se le diera un día de vida para que la puerta no quedara sin chapa esa noche. Tal cosa sería impensable luego de quince años y ocho meses sin que le faltara la cerradura a la puerta.

La “cirugía” ajustó seis horas y media cuando el reloj marcaba las ocho y treinta de la noche y decidieron suspenderla hasta el día siguiente. La cerradura no estuvo en la puerta esa noche causando mucha inquietud y algo de temor entre todos los residentes, claro, menos en uno.

Sábado 10 de enero.
Los técnicos retomaron la intervención a las tres de la tarde, decían que veían una luz al final del túnel que les auguraba  una solución al problema. Me recomendaron volver a casa y que en un lapso de una o dos horas me llamarían para recogerla sana y salva.

Como mi segundo nombre es Optimismo, confié que esto sería así. Como pasaron hasta tres horas y no recibía noticias, opté por regresar al taller y encontré a estos dos señores, que cual avezados cirujanos continuaban sudorosos en su ardua labor. Me dijeron que habían perdido un pequeñísimo cilindro metálico con su respectivo mini resorte, que hacia parte de un par que activa la apertura eléctrica. Entonces comenzaron a fabricar su reemplazo, cosa que hicieron en una media hora, y eso que no era tarea sencilla pues debería tener el mismo largo y diámetro del original, además de tener un orificio en su interior para alojar el resorte.

Eran las nueve de la noche cuando la cerraron y pusieron el último tornillo. Ellos estaban agotados pero alegres, pues según me dijeron ya estaba trabajando de nuevo, que si tenía algún inconveniente no dudara llamarlos para acudir en mi auxilio.

Así fue que Don Optimismo partió hacia el edificio para instalar la chapa y evitar una noche más de inseguridad. Ya instalada cerré la puerta, para descubrir que el asunto se había complicado, la puerta ya no abría, se había bloqueado.

Cumplidos los cerrajeros llegaron al rescate e hicieron varios intentos, pero nada funcionó. Esa platica se perdió.

No me resigné a que la puerta estuviera de nuevo sin seguridad esa noche. Me instalé en el escritorio y con mucha paciencia descubrí  la causa del bloqueo y logré que trabajara, al menos las horas que faltaban para el nuevo día, que en verdad no eran muchas pues ya era media noche.

Domingo 11
Encontré la tarjeta de Vladimir y Lesley, unos amigos que recién habían abierto una cerrajería. A pesar de que era día festivo no tardaron en llegar y dar su mejor recomendación: Hay que instalar una nueva chapa, la vieja ha fallecido.

No sé como hicieron, pero en menos de una hora volvieron con la cerradura nueva y en tres horas ya estaba instalada con su respectivo juego de llaves.

Me volvió el alma al cuerpo, ya veremos cómo nos va de ahora en adelante. Al menos espero que no aparezca alguien con fobia  a las cosas nuevas, (Neofobia).  Este mundo  a veces es complicado.