martes, 21 de abril de 2015

ILUMINACIONES

ARTE Y PERFECCIÓN
Alberto López


El arte, que es esperanza, solo puede surgir en la desesperanza. En la perfección, no hay necesidad de esperanza. En la vida auto satisfecha, auto complaciente, sin conflicto con el entorno, con la sociedad, no surge el arte, solo se reproducen obras de repertorio al amparo de la regla de la academia. Sin imperfecciones no hay escritores ni poetas. Donde hay perfección, se acaba la poesía.

La obra de arte surge de la angustia, de la insatisfacción, del desasosiego, de la disconformidad, del sufrimiento, del infierno del desorden y el desequilibrio. El arte, como la vida, desde su origen, es trauma. Como expresión de la condición humana, nace del raciocinio inquisitorio de la mente, como un equilibrio o un pacto, entre el orden y el desorden, entre la regla y la ruptura de la regla. Por eso, siempre es fugaz, ocasional, como un chispazo de tiempo.

La búsqueda del equilibrio estable, que está tras el pensamiento occidental es, una idea con la que pretendemos llenar el pozo de nuestra angustia, que nos acompaña desde el nacimiento.

Deslumbrado por la realidad aparente de las cosas, el hombre, confundiendo sabiduría con ciencia, creyó encontrar en esta el equilibrio estable que le daba seguridad en su transitar por la vida. Pero la ciencia que, como otras formas de conocimiento que se pretende absoluto, no deja de ser ilusión, acaba presentando la realidad de una forma limitada e incompleta, de tal manera que todas las teorías del conocimiento humano, acaban antes o después desplazadas por otras nuevas que las desmienten. Paradójicamente a este proceder seguimos llamándolo científico. Y es que las cosas, empecinadas en ser ellas mismas, siempre tienen un lado oscuro a las que el conocimiento positivo no llega.

Las instituciones de la ciencia y de la tecnología, como antes las del arte, la religión y la magia, han venido ofreciendo al hombre caridad y consuelo, pero solo son sucedáneos con los que se quiere adormecer y apagar el fuego que arde en nuestra alma y que prendió en nosotros cuando nos pusimos en pie y nos hicimos hombres.

Los países del occidente capitalista cristiano han perseguido la utopía del orden acabado, intentando convertirse en países perfectos donde todo esta contado, medido, tabulado, valorado, controlado y penado. Han consagrado la democracia, como el sistema menos malo de los sistemas, lo que viene a devenir en el único sistema. Pero países así, son lugares aburridos, donde casi todo, desde el nacimiento hasta la muerte está previsto, y donde salirse de la línea trazada por el poder, supone la marginación y el ostracismo. En estos países, el artista es alguien prescindible, porque ha perdido su función social.

En los paraísos del orden, no se necesitan pintores ni escritores, que cuestionen el estado de cosas, siembren inquietudes o se interesen por temas trascendentes de la vida social. La cultura se ha convertido en estas sociedades en espectáculo y en adorno de las instituciones de poder, la literatura y el cine en entretenimiento, la música en diversión y ruido de fondo, la arquitectura en fuego de artificio y la pintura en decoración. Los objetos antiguos se mistifican en el coleccionismo en términos de riqueza y las formas culturales del pasado histórico devienen en folklore codificado y banalizado. En este contexto, la poesía se ha reducido a una afición, a un hobby, recluido en el mundo íntimo de la soledad individual o en la de un círculo marginal y semi clandestino de iniciados.

Para la organización social de la vida, ya no es necesaria la religión ni el arte, convertido este, en una forma laica de espiritualidad religiosa. Su papel, hasta en los espacios más recónditos de la vida, ha pasado a ser ocupado por el nuevo Moloch de la tecnología.

El artista persigue, un afán imposible, el de la perfección de la obra, porque arte y perfección son conceptos incompatibles. La perfección solo es posible en la dictadura de la paz perpetua, donde no cabe la crítica, se hace innecesaria la palabra, impera el silencio y triunfa la absoluta concordia. Un anhelo de sociedad perseguido a lo largo de la historia por todos los gobernantes y filósofos de los sistemas políticos, que sueñan con el silencio de los corderos.