domingo, 7 de junio de 2015

CRONICAS BOLIVIANAS – 3

La higiene no era ciertamente un cualidad de los europeos en la época de la conquista del Nuevo Mundo. Alberto López nos cuenta la otra historia de una manera muy entretenida.

LOS OLORES DE LA CONQUISTA
Alberto López

Sobre la higiene de Isabel la Católica y su corte se ha dicho que no era mucha, y que olía muy mal. Incluso que en 1491 prometió no cambiarse de camisa hasta que se conquistase Granada, y aunque esto, como ha demostrado la historiadora Queralt del Hierro no deja de ser una falacia, si es ejemplo de la aversión que por los años del descubrimiento de América tenían los castellanos al agua.

En ese sentido, también se cuenta que, para dar ejemplo de higiene al pueblo, la reina católica se lavaba una vez (vestida) más o menos en público, cada tres meses.

Seguramente también otra falacia. Pero lo que no lo es y está muy documentado es que, en aquellos tiempos, los propios médicos desaconsejaban los baños pues pensaban que el agua ablandaba el cuerpo al abrir los poros, facilitando la entrada de enfermedades.

Incluso pensaban que los ríos eran especialmente peligrosos para las mujeres pues, si algún hombre o alguna de sus ropas estaban manchadas de semen y se sumergían en el arroyo, la probabilidad de que una mujer quedara embarazada por contacto era altísima al poder entrar el esperma por los poros de la piel.

Esto no era un pensamiento aislado propio de gentes incultas, pues el propio Lope de Vega no dudaba de ello. En una carta que el famoso dramaturgo escribió al duque de Sessa le comentaba como cierto el hecho de que, un convento de Portugal tuvo que cambiar de lugar de asentamiento al estar junto a un río donde se lavaba la ropa interior de los frailes, pues se había observado que las mujeres de un pueblo próximo aguas abajo, quedaban preñadas al beber el agua de la corriente.

Claro está que, como es sabido, dada la casta incontinencia de los frailes, su esperma resulta especialmente resistente a todo tipo de situaciones ambientales, por desfavorables que estas sean, llegando incluso a preñar a las hembras con el solo roce del hábito.

La llamada Reconquista y la consiguiente expulsión de los mahometanos ibéricos, fue en muchos sentidos (también en los de las costumbres, la higiene y la cultura) una regresión hacia formas sociales más primitivas. Los castellanos y aragoneses que conquistan Granada se deslumbran ante el refinamiento de la ciudad, y los usos y hábitos de sus habitantes.

Es el mismo deslumbramiento de los bárbaros del norte cuando conquistan Roma (a pesar de su decadencia) y el experimentado por los conquistadores estremeños ante las refinadas costumbres aztecas e incas (a pesar del carácter de superioridad que con relación a estos tenían los católicos con su mesiánica fe inquebrantable e intolerante y de su superioridad militar por sus tecnologías armamentistas).

La derrota de Roma, de los reinos musulmanes de la Iberia y de los imperios americanos, no son derrotas por la superioridad de los valores morales de los invasores. No existe tal superioridad moral ni religiosa. Solo es una derrota militar, basada en la modernidad de las armas y de las tácticas militares a la vez que de nuevas estrategias políticas.

Los invasores de los caras pálidas europeos, no solo llamaron la atención de los indoamericanos por sus armas de fuego, sus armadura, sus caballos de guerra, sus fieros perros y por la violencia que desataban sin discriminación, a sangre y fuego cuando entraban en las poblaciones, sino también por sus cuerpos peludos, sus cabellos largos, sucios y desaliñados, por su rechazo al baño y a la higiene corporal y por el olor tan desagradable que ellos y sus caballos desprendían. Una mesnada de castellanos era precedida en su llegada a una localidad por el olor que desprendían desde lejos.

Algo que les llamo la atención a los bárbaros castellanos fue que, los indios se limpiaban “demasiado. El americano amaba la naturaleza y el baño diario donde había agua, y era precisamente esa costumbre americana de querer bañarse constantemente en su esfuerzo por oler bien lo que asombraba a algunos castellanos que siempre buscaron registrar ciertas características de los indoamericanos que eran amigos de buenos olores y que por eso usaban ramilletes de flores y yerbas olorosas.

” En el sur de México por ejemplo, Landa (Diego de Landa, Relación de la cosas de Yucatán) notó que los indoamericanos “se bañaban mucho” y agregó también que untaban cierto ladrillo como de jabón que tenían labrado de galanas labores y con aquel se frotaban los pechos y brazos y espaldas y quedaban galanas y olorosas según les parecía.

Notaron también que no eran solamente las mujeres las que se preocupaban por la higiene personal. Landa comento asombrado, que los indoamericanos “se lavan las manos y la boca después de comer.
Dice Guy Sircello en A New Theory of Beauty que, aunque el siglo veinte no acepta del todo la “belleza gustativa, olfativa y táctil… tales variedades de belleza ciertamente existen. Es decir, podemos evaluar estéticamente a alguien por medio del olfato.

En el caso de los indoamericanos el olfato cobró valor importante en su evaluación estética de los europeos. El choque de olores fue una sorpresa y un problema para los americanos, porque tuvieron que soportar en silencio no solo la dominación, si no su presencia impuesta, con sus malas formas y su fealdad olfativa nada agradable para ellos.

Cuentan que cuando uno de los clérigos de la Compañía de Jesús llegó a México (Crónicas de la Compañía de Jesús en la Nueva España) “no trajo otro vestido de remuda más del que traía vestido y para conservar su pobre sotana, la vistió al revés porque la brea de la nao no estorbase al servicio de ella en México” y “sirvió así más de un año… La peste de este clérigo, por más olor de santidad que transmitiera, tuvo que haber afectado negativamente a más de un posible creyente. Si bien con su mensaje metafísico lo podía acercar al Dios Cristiano, el repelente olor físico lo alejaba del jesuita y su prédica.



El rechazo estético físico del indoamericano, hacia el europeo, se pueda ilustrar en el caso de la Coya Inca cuando fue pedida por Gonzalo Pizarro. Al no quedar otra alternativa al Inca que aceptar la petición, se la da a Pizarro. Cuando ella especialmente aderezada y hermosa sale al encuentro del capitán estremeño, este, sin percatarse de su propia apariencia sucia y desgreñada, protocolo y tradiciones de la corte… “ansí, delante de todos, sin más mirar a cosa, se fue para ella a la besar y abrazar como si fuera su mujer legítima…. “la Inguill” quedó “en espanto y pavor” y cuando la abrazó “gente que no conocía” la princesa empezó a dar “gritos como una loca, diciendo que no quería arrostrar a semejante gente, más antes se huía y ni por pensamiento los quería ver” (Titu Cusi Yupanqui, Relación de la Conquista del Perú).

Sin duda a las formas toscas del bárbaro guerrero se añadiría su mal olor, lo que contribuyo a los gritos de espanto de la princesa indoamericana que se encontraba limpia y perfumada a la espera de unas formas y etiqueta a la altura de su elegancia, belleza y dignidad.

El Códice Florentino en la versión indoamericana, por ejemplo, registra cierta preparación por parte de la comitiva de Moctezuma con el aparente intento de asegurase de que los extranjeros olieran bien antes de acercarse al monarca. Dice que: Tomaron muchas flores hermosas y olorosas, hechas en sarteles y en guirnaldas y compuestas para las manos, y pusiéronlas en platos muy pintados y muy grandes, hechos de calabazas… Llegando Moctezuma a los españoles… allí mismo puso un collar de oro y de piedras al capitán don Hernando Cortés, y dio flores y guirnaldas a todos los demás capitanes… Cuando pensamos en la corte “limpia” de la que habla Cortés y todos los cuidados para que todo estuviera limpio en su corte, no podemos evitar concluir que buscaban “perfumarlos” para contrarrestar su mal olor en la corte.

Viene a mi recuerdo una película que, por tantos aspectos, me marco desde mi adolescencia: Mutiny on the Baunty o Rebelión a Bordo, donde dos actorazos como Marlon Brando y Trevord Howard tiene un mano a mano descomunal. Cuando los amotinados, llegan a la paradisíaca isla de Tahití, después de un interminable y accidentado viaje, sucios, malolientes, medio harapientos y son recibidos por las bellas, limpias y relucientes tahitianas, lo primero que reciben son collares de guirnaldas de flores que cuelgan de sus cuellos, no solo en signo de bienvenida, amistad y afecto, sino tan bien para perfumarlos y poder acercarse sin repulsión a ellos.

Cuando veo estos días por televisión a Evo Morales y a los políticos bolivianos haciendo campaña política para las elecciones, observo que cuando llegan a una población rural perdida en el altiplano, lo primero que reciben por parte de sus incondicionales lugareños son múltiples collares de guirnaldas. Entonces no puedo por menos que preguntarme, si en esta costumbre no quedara la raíz de aquella costumbre amerindia, anterior a la llegada de los castellanos, de recibir a los extranjeros con collares de flores perfumadas a fin de acallar los extraños olores de sus cuerpos que hablan de la capital, de la polución del tráfico, de las oficinas administrativas, de las hamburguesas, el pollo frito, la coca cola, el alcohol y el tabaco.