sábado, 16 de enero de 2016

EL ABRAZO DE LA SERPIENTE

Realismo mágico del cine Colombiano.


Muchos conocemos la buena noticia de una película colombiana que por primera vez fue nominada a los premios Oscar, El abrazo de la serpiente. 

Lo que casi nadie sabe es que esta película se basa en la vida, obra y aventuras de un joven etnólogo alemán que contra viento y marea logró hacer de una expedición, que tenía pocas expectativas de éxito, un trabajo maravilloso.

Dar click en las imágenes para agrandarlas.


Película llena de mensajes de sabiduría

El 20 de abril de 1903, Theodor Koch-Grünberg (1872-1924) partió hacia Sudamérica por encargo del Museo Etnológico de Berlín . Su tarea consistía en realizar un viaje de un año en la región de los ríos Ucayali y Purús, para recolectar objetos etnográficos e investigar la cultura de los indígenas que vivían allí, pertenecientes al grupo lingüístico Pano.

Aparentemente su misión fue un fracaso monumental, pues nunca logró ver los ríos Ucayali y Purús, por lo que optó explorar 1.000 kilómetros más al norte la zona amazónica de los ríos Negro y Japurá. (El Japurá es el mismo Caquetá en territorio de Brasil).


Izquierda foto original - Derecha de la pelicula
Esto escribió al ver el río Negro: El viaje por el río Negro es maravilloso. Es un poderoso río, tan ancho a ratos que recuerda el mar, lleno de islas alargadas que pocas veces permiten ver ambas orillas al tiempo. Un pronunciado ensanche del río, a pocos días de navegación arriba de Manaos, es denominado por los indígenas «boíauasú», «gran culebra». El que se aventura en una pequeña canoa por el intrincado laberinto de las islas, sin conocer las rutas, se expone a un gran peligro, ya que muy pocas están habitadas.


Una vegetación espléndida cautiva la vista con sus cambiantes y variadas tonalidades de verde. Aquí y allá se abre la misteriosa desembocadura de un afluente en la continuada e impenetrable pared de la orilla. 

Se presenta un fenómeno curioso, como me aseguraron varias veces, y es que en los afluentes de la margen izquierda, que por lo general son de aguas blancas, como por ejemplo el río Branco y el Padauiré, entre otros, ataca una malaria terrible, mientras que los afluentes de la margen derecha, de aguas negras, son absolutamente sanos. Durante todo el viaje permanece uno libre de mosquitos.

El aire es fresco y saludable. Mientras más subimos y mientras más se estrechan las orillas, más encantador se torna el viaje. Viviendas aisladas, aseadas casitas claras de los pocos colonos blancos o en la mayoría de los casos auténticas chozas indígenas de palma, medio escondidas bajo el verde de las anchas hojas de los bananos, se levantan contra el fondo oscuro de la selva, produciendo un contraste impresionante. 

Esbeltas canoas, ocupadas por seis y más personas, viajan con rapidez río arriba.

Poco a poco aparecen a la derecha cadenas de montañas azules entre ellas la mítica sierra de Curicuriary, con una cima puntiaguda e inclinada, la cual visité casi un año más tarde.

En los siguientes días pasamos varios rápidos nada peligrosos, y sin embargo nuestra vieja máquina sólo pudo cruzarlos con mucho esfuerzo y a todo vapor. El 10 de julio llegamos finalmente a Trindade, un villorrio con pocas casas, prácticamente indígena, punto final de la navegación con barcos a vapor en esa región. 

Un poco más adelante de este asentamiento empiezan los terribles rápidos del río Negro, que sólo se pueden cruzar en canoas con remos.

El 23 de julio partí de Trindade en una canoa que me había conseguido el superintendente de este distrito, pero la tuve que abandonar al día siguiente con todo mi equipaje, ya que se averió bastante en un rápido. Tuvimos que pasar los siguientes 14 días alojados en un miserable cobertizo indígena, abierto por los cuatro lados, expuestos todas las noches a las torrenciales tormentas tropicales.



Los indígenas nos trajeron, además de alimentos como cazabe, pinas, pescados, carne de monte y otras cosas maravillosas, adornos, armas, objetos de uso diario y hachas de piedra, reliquias de sus padres, que en la generación actual han sido substituidas por hachas europeas. 

Ellos ya sabían por su teléfono natural las cosas que yo deseaba y conocían con exactitud mis precios. El amigo Schmidt, quien había adquirido una gran habilidad en este tipo de comercio, valoraba con ojo crítico todas las cosas y le pagaba a la buena gente con perlas, anzuelos, fósforos, cuchillos y otras cosas maravillosas de acuerdo al valor del correspondiente objeto.

A la monotonía de un viaje siempre igual, interrumpido sólo de vez en cuando por la caza y la pesca, se añadió la falta de harina de mandioca, alimento indispensable en los viajes. Varias veces mi sensata tripulación estuvo a punto de devolverse y solamente apelando a todas mis energías y exigiendo que se remara día y noche con pocas interrupciones, logramos llegar después de 10 días de un viaje extenuante a una barraca de caucheros colombianos.

Estos colombianos llegaron hace unos tres años del alto lea y del Yapurá —cubriendo por agua y tierra dilatadas extensiones— hasta el alto Uaupés, con el fin de explotar allí los bosques de caucho. Sostienen constantes y sangrientas peleas con las tribus indómitas de la región, en particular con los Umáua, un grupo Caribe, y los Kobéua, y como suele suceder en la mayoría de los casos estos «portadores de la civilización « son los culpables. 

Sus actos vergonzosos y crueles, asesinato de indígenas, rapto y violación de mujeres y muchachas etc. han ido generando entre la de por sí pacifica población indígena un odio ardiente que estalla a veces con sobrada justificación. Además de la matanza cometida por los Kobéua, que ya mencioné, habían tenido lugar poco antes de nuestro viaje varios encuentros entre ambas partes en estas cuencas superiores. 


Yo mismo tuve a mi servicio durante semanas enteras en este viaje a tres Umáuas, que se contaban entre mis mejores y más fieles hombres, y quienes habían asesinado hacia unos meses por venganza a varios colombianos en el alto Vaupés.



El gordo Kauílimu, quien era un amigo especial para mí, tenía una terrible cicatriz de esa pelea. Los caucheros habían asaltado y quemado su pueblo, asesinado a su padre y a otra gente y violado a su hija. Conocí a la hija seis meses después en un asentamiento de caucheros colombianos en el Yapurá. ¡Un cauchero se la había comprado a otro por un pantalón!

Finalmente el 23 de marzo, cuando nuestra situación empezaba a ser realmente crítica, encontramos una canoa con un cauchero colombiano y algunos indígenas del nacimiento del Apaporis y poco después a los primeros indígenas sedentarios. 

Estos indígenas eran buenos hombres y "fueron amigos míos a pesar de su apariencia salvaje y sus armas mortales, flechas y lanzas envenenadas con curare, al igual que todos los otros llamados «salvajes» entre los cuales viví durante estos dos años. Tuve una interesante estadía, marcada por la novedad, en sus casas comunales limpias y redondas, ya que toda su cultura y su estilo de vida difieren bastante del de los grupos del Vaupés. 


Foto de Theodor Koch-Grünberg

Estos indígenas nos ayudaron a cruzar el último rápido del Apaporis y el 16 de abril entramos al río Yapurá ya de considerable anchura. El río causó una gran impresión en nosotros que habíamos durado viajando durante tres meses por ríos angostos y arroyuelos. 

Sus tramos infinitamente largos hacia el oriente, que permiten ver el horizonte despejado, despiertan la nostalgia por el mar y por la patria lejana que está detrás, pero a la vez producen una gran fatiga cuando hay que remar por ellos bajo el ardiente sol de mediodía. La travesía por el ancho río, ocupado por innumerables islas que permiten ver muy pocas veces ambas orillas, es muy peligrosa para canoas pequeñas a causa de las súbitas tempestades que se presentan con frecuencia.

En noviembre de 1905 Koch-Grünberg entregó al Museo Etnológico de Berlín una lista de más de 1.298 objetos etnográficos que había recogido durante su expe-dición. Ya antes, había vendido una muestra más pequeña de objetos indígenas al museo Goeldi en Belém (Brasil). Junto con la muestra etnográfica, Grünberg había traído consigo más de 1.000 fotografías, que habían sido reveladas por él mismo in situ, así como nueve grandes vocabularios con textos en diferentes idiomas y anotaciones gramaticales. 

Adicionalmente había preparado listas de vocabulario de 31 comunidades indígenas que permitirían el estudio y la clasificación de sus idiomas. Fuera de eso, trajo un gran número de mariposas, plantas y muestras de rocas que puso a disposición de los respectivos científicos especialistas. Observaciones geográficas y meteorológicas completaban la voluminosa recolección de datos. 

Los resultados etnográficos, el objetivo primordial del viaje, fueron publicados por él en numerosos libros y ensayos. 

Entre ellos, el libro Dos años entre los indios. Viajes por el noroeste brasileño 1903/1905, que se compone de dos volúmenes, constituye la obra principal, y fue publicado por primera vez entre los años 1909-1910.
Los logros de este viaje, que tuvo lugar hace alrededor de cien años, se han ido conociendo tanto a través de publicaciones de Koch-Grünberg como de nuevas ediciones y traducciones de sus libros. 

En el presente artículo no pretendo resumir los resultados de la expedición sino, más bien, con base en material de archivo hasta el momento inédito, ilustrar las motivaciones y dificultades de un viaje, así como las de la vida de un investigador. Sucesos que llevaron a que, al lado de Karl von den Steinen (1855-1929), se convirtiera en el representante más significativo del capítulo de la etnología de lengua alemana que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, se ocupó de los indígenas de las tierras bajas de Sudamérica, más exactamente de la región amazónica.



Bibliografía: Michael Kraus (Dr. Phil.)
Universidad de Marburg
Dirección electrónica: kraus@staff.uni-marburg.de