lunes, 21 de marzo de 2016

LA VOZ DE LAS AMÉRICAS

Esta historia es otra de esas que tenía guardada hace muchos años en uno de los cajones de mis recuerdos. Un retazo de la historia de la radio antioqueña.


La voz de las Américas hizo parte de la vida de muchos de nosotros, y a pesar de que ya no existe la seguiremos recordando con nostalgia. 

Fue la emisora que más promocionó la música que gustaba y gusta a nuestros campesinos

La inolvidable Voz de las Américas fue fundada el 6 de enero de 1946 por el señor José Nicholls Vallejo quien fue el que le dio más empuje a la música campesina y montañera a través de su programa Guasquilandia, transmitido de lunes a viernes de 10 a 12 del día y que tenía como cortina el corrido que interpretaban Las Palomas titulado Ojitos verdes; este programa era patrocinado por Laboratorios Galia que producía la cotizada Crema Linda.

Otro programa que dio impulso a la música guasca en esos viejos años fue Amanecer campesino, que locutaba Lubín Álzate Arbeláez "Lubinete", quien se destacaba como banderillero en las corridas de toros de La Macarena. También en La Voz de las Américas se emitía el programa De pueblo en pueblo que era presentado por Octavio Tobón Latorre, conocido artísticamente como "Tínguaro".

No podemos olvidar el programa La hora costeña, de EduardoVillalba, que estuvo varios años en la emisora y que luego trasegó por otras hasta llegar a 53 años emitiéndose. Me contó el historiador Alberto Burgos que un día Eduardo Villalba le dijo en una entrevista: "Ahora debo irme a la emisora que tiene el nombre más hermoso del mundo", se refería, claro, a La Voz de las Américas.

Con todos estos programas La Voz de las Américas fue la líder en el impulso a la música guasca y campesina nuestra; fue la primera que sacó la bandera de esta música hasta entonces desdeñada por muchos; en aquel tiempo a las demás emisoras les daba pena poner esta música, pues eso era un descrédito.

La Voz de las Américas era muy sintonizada en pueblos, veredas y en barrios muy populares de Medellín, ya que estos fueron formados por personas que habían sido desplazadas del campo.



Encontré en el libro de Alberto Burgos Herrera: “La música parrandera paisa” datos muy interesantes sobre la música guasca y su origen. El doctor Burgos amablemente me autorizó para compartir esta parte de la historia de la música en Antioquia.


Introducción
El origen de la música guasca.

Cuando en Colombia se dio la violencia partidista de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando a uno lo mataban por liberal o conservador, mucha gente abandonó el campo y llegó huyendo hasta las ciudades cabeceras de departamentos. Aquí en Antioquia particularmente llegaron a Medellín y como pudieron, estos nuevos habitantes de la ciudad se ubicaron en sus laderas.

Todos los desplazados de ese entonces que venían del norte se asentaban en Bello, los que venían del sur se ubicaron en Itagüí y Guayabal y los de Dabeiba, Mutatá, Frontino y pueblos vecinos, llegaban a Medellín por el occidente y lo primero que encontraban era el barrio Robledo y por lógica muchos se quedaron en Robledo, pues hasta temor les daba penetrar en ese misterio que para ellos era la gran ciudad.

Estos nuevos pobladores se ubicaron en sectores de Robledo como La Cuchilla, El Pesebre y Blanquizal. En ese entonces nosotros vivíamos en la calle 63 con la carrera 84 de dicho barrio, que era paso obligado para los habitantes de estos sectores. A todo el frente de nuestra casa, don Alejandrino Pulgarín montó un negocio llamado Tienda Mixta Sinfonía, que en realidad era una cantina, pero que hábilmente, con yucas y papas Alejandrino disfrazaba de tienda.

Sobre todo los sábados, este señor que procedía de Frontino, atendía a los paisanos que se habían desplazado por la violencia. Ese día se reunían allí veinte, treinta y hasta más contertulios, todos con sus ruanas, sombreros y machetes terciados; todos tomaban cerveza y aguardiente y en muchas oportunidades resultaban peleando y sacando a relucir sus utensilios cortantes de trabajo.

La música que se escuchaba en la tienda de Alejandrino, a nosotros nos tocaba oírla quisiéramos o no, pues como ya les dije ésta quedaba a todo el frente de nuestra residencia. Allí escuchábamos a Ray y Lupita, Lydia Mendoza, las Hermanas Padilla, Los Madrugadores, Los Relicarios, Los Trovadores de Cuyo, el Conjunto América y muchos cantantes y grupos más; allí fue donde supe, siendo apenas un niño, que a esto se le llamaba música guasca, que guasca quería decir montañero y que esta era la música que escuchaba el campesino total, en este caso, Alejandrino y sus contertulios.

En esos años cuarenta y cincuenta, nuestro campesino que vivía perdido en las montañas, sólo recibía comunicación con el mundo a través de un radio que existía en todas las casas de campo. En ese entonces la música que dominaba en los discos y en las emisoras, era la música mexicana con todos sus corridos, huapangos y rancheras; y por ende, nuestro campesino eso era lo que escuchaba.

Como el corrido y la ranchera son géneros musicales relativamente fáciles de interpretar, cuando nuestro campesino llegaba en las tardes a descansar, en el radio de su casa escuchaba la canción mexicana y enseguida bajaba la guitarra o el tiple y trataba de interpretarla. Así empezaron muchos de nuestros músicos campesinos y con seguridad ninguno pensó que estaba creando el estilo antioqueño de la música mexicana.

Como decía, todos nuestros campesinos en sus radios comenzaron a escuchar las rancheras, los corridos y los Huapangos de Los Madrugadores, de la familia de Lydia Mendoza, a la propia Lydia como solista, Chicho y Chencha y una agrupación acompañante y famosa llamada Los Costeños; esto ocurría iniciando los años treinta del siglo pasado, pero dice el hombre de radio Gustavo Escobar Vélez, que en 1938 ya se escuchaban las Hermanas Padilla, Lorenzo Barcelata, Los Trovadores Tamaulipecos, Tito Guizar y luego Jorge Negrete, el Trío Calaveras, el Dueto Azteca, Las Palomas y todos, absolutamente todos, cantaban rancheras, corridos y huapangos.

Una historia cercana.

El seis de enero de 1946, en una vieja casa situada a una cuadra de la plaza del barrio La América, adyacente al colegio de las Hermanas de La Presentación, se fundó la emisora que tomó el nombre de La Voz de las Américas. Su propietario y gerente actual, don José Nicholls Vallejo, en la foto, fue quien fundó la empresa junto con Julián Pérez Medina, Aurelio Calle y Azarías Arango.  El capital inicial de la compañía fue de 8 mil pesos. (El Colombiano: Un día como hoy, veinte años de la Voz de las Américas. Enero 6 de 1966).

Hablo de una historia cercana porque don José Nicholls vivió a pocas calles de mi casa, y fue allí desde donde emitió por primera vez nuestra recordada emisora. Por eso el nombre de la Voz de las Américas, pues nació en el barrio La América.

En mi tiempo de radioaficionado conocí a Iván Ramírez, yerno de don José Nicholls. Fue él quien me contó esta historia de los inicios de la emisora. Si  no recuerdo mal me dijo que don José vivió fue cerca del colegio de Las Teresitas y que desde su casa logró hacer su primera emisión gracias a un trasmisor de bulbos que él mismo había ensamblado.

Imagino la emoción que debió haber sentido, eran tiempos en los que los aficionados a la radioafición y a la electricidad construían sus propios equipos. Tiempos de la Hemphill Schools, una escuela de electrónica que entonces formó muchos radiotécnicos a través de correo.  

Don José llamó a su esposa y le enseñó su flamante transmisor de radio al que ya le había acoplado su antena, micrófono y tornamesas.

Le encargó a ella que fuera poniendo los discos de 78 revoluciones que había dispuesto en la mesa y que entre cada tema, accionando  el micrófono, le enviara saludos a él y a varios amigos que lo estarían acompañando en la heladería Noches de luna de la calle San Juan con la 88.

Hacia allá se encaminó con un radio que de seguro era de los primeros portátiles y con bulbos, alimentado por una batería que traían incluida. Los radios con transistores solo se inventarían en diciembre de 1947 y quién sabe cuanto tardaron para traerlos a Colombia.

Se sentaron en una mesa y prendieron el radio en el que escucharon esa primera emisión de La Voz de las Américas, con su esposa como operadora y locutora.

A bueno que les debieron saber esos anisados con los que celebraron tan importante acontecimiento.

Luego la emisora comenzó a funcionar comercialmente con un transmisor más potente en una casa antigua en el centro de Medellín.

Como olvidar esos programas maravillosos de navidad, en los que don José hacía complacencias con villancicos: “Para la niña Gloria Ospina y hermanitos”, y luego sonaba el villancico solicitado.

Todos los días al medio día pasaba “El Angelus”:

V. El Ángel del Señor
lo anunció a María.
R. Y concibió por obra
del Espíritu Santo.
    
Dios te salve, María…
Santa María…

Escuché en una ocasión a don José contando hasta donde llegaba el aprecio que le demostraban los campesinos. Decía que eran muchos los regalos que le traían hasta la emisora, gallinas, frutas, aguacates mangos, racimos de plátano, etc.

Una vez estaba hablando en su programa cuando atinó a pasar un avión sobre la casa, cosa que dificultaba la buena escucha de de su voz por el ruido de los motores. Sin perder la calma y descubriendo su gran don de la paciencia dijo: Esperemos un momento que pase el avión, fue así que dejó el micrófono abierto y escuchamos claramente el sobrevuelo del avión, luego de lo cual continuó su intervención como si nada.

Pero como todo tiene su fin, luego de muchos años la emisora fue vendida y operada por sus nuevos dueños y finalmente pasó a ser la emisora Minuto de Dios, 1230 AM. 

Nota curiosa:

En el periódico El Tiempo del 16 de febrero de 1972 salió la noticia sobre un intento de toma guerrillera a la emisora La Voz de las Américas para emitir sus consignas revolucionarias.


Red social:

Sin duda esta emisora sirvió como solución de comunicación entre el campo y la ciudad y se oían mensajes como este:

"Se avisa a la familia Tobón Ruiz de la finca Montañitas que doña Prudencia viajará a esa el próximo domingo en la tarde, que por favor le saquen mula".

Más de la historia del libro de Alberto Burgos


En la radio estaban las rancheras, en el cine las rancheras y fue de esa manera como los mexicanos nos convirtieron en el país, fuera de México, que más oye canciones mexicanas en el mundo, el país, fuera de México, que más composiciones con estilo mexi­cano tiene en el mundo y en el país, fuera de México, que más intérpretes de canciones rancheras tiene en el mundo; incluso hay gente colombiana que cuando hoy en día cantan Darío Gómez, El Charrito Negro o Luis Alberto Posada, creen que están escuchando música colombiana, cuando sólo se trata de música mexicana al estilo antioqueño o colombiano.

En los años cincuenta y sesenta, el cine mexicano era tan po­pular que en el Teatro Mariscal del barrio Belén, los lunes presen­taban un doblete de ese cine; la entrada era a treinta y cincuenta centavos y en la cartelera podían aparecer cintas como: El águi­la negra con Fernando Casanova, El Rayo con Tony Aguilar, Allá en el rancho grande con Tito Guizar, Juan Churras­queado con Jorge Negrete, Guitarras de media noche con Miguel Aceves Mejía y muchas, pero muchas más películas mexicanas.

El campesino nuestro pronto comprendió que él también po­día hacer sus propias rancheras y corridos; entonces se dio a la tarea de hacer canciones mexicanas. Fue precisamente cuando aparecieron duetos, tríos y solistas campesinos nuestros interpre­tando canciones rancheras que nadie conocía y que jamás se ha­bían visto en el cine mexicano.

Estos campesinos, como dije anteriormente, a causa de la violencia llegaron a la ciudad y muchos traían cargas de rancheras y corridos compuestos por ellos en la profundidad de la montaña, en el cafetal o en las horas de merecido descanso. Los explotado­res de la ciudad recibieron estas canciones, se las grabaron, las vendieron, por ellas recibieron mucho dinero y a los autores cam­pesinos nunca les pagaron nada o en el mejor de los casos, les pagaron lo mínimo. Los montañeritos por el solo placer de escu­char sus voces en un disco, muy tarde se dieron cuenta de que estos explotadores los estaban robando.

Hoy en día nos sorprendemos porque hay una invasión total de las músicas extranjeras y de cómo en nuestro medio hay emi­soras que las 24 horas del día pasan música norteamericana o de Puerto Rico; sin embargo esto no nos debe aterrar, pues en el barrio Guayaquil del Medellín de los años cincuenta del siglo pa­sado, había más de veinte cafés con el traganíquel lleno de tangos; y había bares donde sólo se escuchaban Los Trovadores de Cuyo y otros donde sólo se oían rancheras y corridos; sin contar algu­nos donde sólo había música con Margarita Cueto, Carlos Mejía, la Orquesta Internacional y Juan Pulido por ejemplo; y qué decir donde sólo había ritmo antillano; y absolutamente ninguna de esas músicas era colombiana.

En ese mismo tiempo algunas emisoras comenzaron a impul­sar la música mexicana al estilo antioqueño; y acompañadas de los mensajes a los campesinos en las veredas emitían las canciones de Los Relicarios, los Hermanos Palacio, Los Trovadores de la Vega, los Hermanos Valencia, Los Cuyitos, Los Dominicanos y todo lo que fuera de ese estilo, hasta llegar a la situación actual donde hay una emisora que se llama Guasca Stéreo y otra como Radio Paisa que casi todo el día emiten música campesina y guasca. Según el compositor y poeta Darío Montoya, la emisora que más promocionó la música que gustaba y gusta a nuestros campesinos fue la inolvidable Voz de las Américas, fundada el 6 de enero de 1946 por el señor José Nicholls Vallejo quien fue el que le dio más empuje a la música campesina y montañera a través de su programa famoso llamado Guasquilandia, transmitido de lunes a viernes de 10 a 12 del día y que tenía como cortina el corrido que inter­pretaban Las Palomas titulado Ojitos verdes; este programa era patrocinado por Laboratorios Galia que producían la cotizada Crema Linda.
Para comprar el libro MUSICA DEL PUEBLO PUEBLO de ALBERTO BURGOS HERRERA, puedes comunicarte con el autor al teléfono (57) (4) 332 4652 de Envigado, Antioquia, Colombia o al correo electrónico: albertoburgosh@hotmail.com


Alberto Burgos es médico y ahora se dedica a investigar la historia de la música en Antioquia. Ha publicado doce libros y ahora está preparando uno nuevo.