lunes, 18 de abril de 2016

EL RESUCITADO

En la casa de Jorge todo era confusión, llevaba más de tres días de haber desaparecido luego de salir de rumba. Su mamá lo había reconocido en el anfiteatro, hasta los más mínimos detalles correspondían a su hijo, el lunar en la espalda y la pequeña cicatriz en su rodilla izquierda..., ¿o derecha?, producto de una caída en bicicleta. Gastaron todos sus ahorros y contrataron los servicios funerarios de una costosa empresa. Alquilaron veinte automóviles, tres buses y diez niñas acompañantes, de esas cariacontecidas y vestidas de riguroso luto. El entierro del negro, como le decían a Jorge, tenía que ser un acontecimiento que no olvidara el barrio.

Las vecinas elaboraron cadenetas de papel de globo blanco y negro que atravesaron de lado a lado de la calle en toda la cuadra. Sus amigos compraron voladores y aguardiente para el velorio y Anita su novia empezó a practicar ataques desde antes que llegaran con el féretro a la casa. Su tía Domitila no se olvidó de hacer los riegos con ruda y caléndula para que ni de riesgo fuera a quedar su espíritu en la casa . Cuando lo trajo finalmente la funeraria la calle hervía de gente que se apretujaba, lloraba y daba gritos lastimeros.. En los balcones y azoteas otros batían pañuelos blancos y lanzaban voladores al tiempo que destapaban las botellas de licor.

Acomodaron el sarcófago en la salita principal en medio de cuatro cirios y frente a un enorme crucifijo de base cromada, Nando, su mejor amigo, le llevó una corona de flores rojas y azules haciendo alusión al escudo del DIM, equipo de fútbol al que era aficionado el difunto. Su hermana Luisa, que terminaba de hacer un curso de arreglos navideños, enredó una instalación de bombillitos intermitentes de colores alrededor del cajón, que aunque muy bonitos, con su prende y apague hacían ver el rostro del muerto como haciendo muecas.

Todos hicieron una larga fila frente a la pequeña vivienda y pasaban para contemplar por última vez a su vecino y amigo. Los voladores tronaban afuera y desde el balcón del frente unos enormes parlantes dejaban escuchar la canción:- NADIE ES ETERNO EN EL MUNDO.., al tiempo que todas las señoras recitaban: - Brille para él la luz perpetua... Otras pasaban las copas de aguardiente y los pasantes.

En la cocina las matronas preparaban en una enorme olla un sancocho carnudo para servir a la media noche. Todo aquello enorgullecía sobre manera a la familia del negro, que aunque algo endeudada con tanto gasto había superado en mucho al velorio de Ananías, el abuelito de los Gonzos que era la familia mas fulera y encopetada del barrio.

Los ataques de Anita comenzaron en serio y se robaron la atención de la concurrencia que por poco los aplaude. El tío Ernesto ya borracho comenzó a recitar el trisagio del:- No somos nada, Se empezó a desgranar la mazorca, ay... Mi muchachito como era de bueno, ¡Muerte llevame a mí, muerte!.

Así llegó la media noche y luego de consumirse el sancocho se animó de nuevo el velorio, se recogió dinero entre los asistentes para comprar mas licor y cigarrillos, para voladores si no alcanzó.

Las tías del negro se sentaron en un rinconcito de la cocina y en voz baja comentaban sobre la mala crianza que les estaban dando a sus sobrinos:- Si ves querida, ahí están los resultados de la falta de rejo, decía Inés a sus hermanas.

El tiempo fué pasando y cuando menos pensaron ya eran las diez de la mañana, el velorio había terminado y los de la funeraria llegaron para llevarse al negro a su última misa, cuatro muchachos encorbatados y de traje oscuro tomaron el cofre de sus dorados anillos y comenzaron a sacarlo lentamente entre la guardia de las diez niñas que cabizbajas y portando ramitos de flores blancas los miraban pasar en silencio.

El bafle del balcón volvió a tronar: NADIE ES ETERNO... Alguien que había guardado voladores para el último momento los empezó a lanzar y Anita, pálida de muerte caminaba tras su desaparecido amor sostenida por las compañeras de su colegio.

Estando en este clímax llegó un taxi que detuvo el triste desfile, la puerta de atrás se abrió y se bajó un hombre que aterrado preguntó:- ¿Dios mío quién se murió en mi casa?, todos voltearon a verlo y oh sorpresa, era el mismísimo negro el que estaba parado allí frente a todos, con las piernas temblorosas, esperando angustiado una respuesta.

El baile del retorno duró hasta el otro amanecer en la casa de Jorge, desde entonces más conocido como EL RESUCITADO.

A propósito del tema, lamentamos el fallecimiento del compositor Guillermo González Arenas, autor de ‘El muerto vivo’, popularizada en España por Peret, falleció ayer (17 de abril del 2016), en la ciudad colombiana de Medellín, a los 92 años.


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