martes, 8 de noviembre de 2016

DONDE ESTÁ RODRIGO

Rodrigo vivía en la gran ciudad, en un buen barrio con bellos edificios y casonas antiguas, un barrio de gente “acomodada”, como decimos en Antioquia.

Sin embargo la casa de Rodrigo era pequeña, con piso de tierra y sin servicios básicos. No había allí ni acueducto, ni alcantarillado, ni energía eléctrica ni mucho menos teléfono.



En ese pequeño espacio cohabitaban su madre y su hermanito con dos tías y sus correspondientes amantes de turno, y claro con sus primitas. Era un hacinamiento espantoso.


Pero Rodrigo siempre se veía feliz, era un niño muy avispado, robusto y rubio. Todos lo queríamos mucho en el barrio y nunca le  faltaba quién lo invitara a desayunar, almorzar y a comer.
Todos los niños jugaban con él y no pocas veces asistió a la escuelita que organizaba mi pequeña sobrina en casa, un juego que mucho se acostumbraba en esa época a la que aún no llegaban los juegos electrónicos.

Pocos conocíamos la realidad de su vida, cosa que nunca le contaba a nadie. Y así fue pasando el tiempo de este niño en ese hogar disfuncional, rodeado de situaciones poco edificantes.

En el Instituto de Bienestar Familiar, entidad que vela por la seguridad de los niños, se enteraron de esta situación y le advirtieron a la madre de Rodrigo que si no mejoraba en el cuidado de sus dos niños estos serían trasladados a la institución para entregarlos en adopción.

Lamentablemente nada cambió, es más, tal vez todo empeoró.  Un día que regresaba de mi trabajo vi a Rodrigo corriendo como alma que lleva el diablo, y tras de él una camioneta del Bienestar Familiar, de la que se apeó un funcionario que le dio  alcance y lo subió al carro para llevarlo a protección. Rodrigo gritaba como loco cuando la camioneta se alejó. Luego vinieron por su pequeño hermano, entonces sí mucho tendrían diez y ocho años.

Los visitadores realizaron una nueva visita a su casa y sin duda dedujeron que ese no era un lugar apropiado para los niños.

Así fue que ocurrieron estas tristes cosas dejando a todo el vecindario apesadumbrado.

Tiempo después me enteré que los dos niños habían sido adoptados por una familia suiza, que vino por ellos y se los llevó a ese lejano país.

Nueve años después vi unas fotos que habían enviado sus nuevos padres al instituto, cumpliendo un protocolo de seguimiento, en las que se veía a Rodrigo con su hermanito, sonrientes y vistiendo hermosas chaquetas, al lado de dos bellas niñas y sus padres adoptivos. Al fondo había una casa lujosa con un inmenso jardín. No sobra decir que ya Rodrigo y su hermano eran unos fornidos adolescentes.