lunes, 26 de abril de 2010

NIDO DE VÍBORAS

Un cuento no muy Chino.
Defendiendo lo indefendible.


Cuentan que hace algún tiempo vivía en una selva cercana al pueblo de Raphael un grupo de víboras muy venenosas. Estas se arrastraban entre los cultivos de maíz y de plátano de esta región ecuatorial y ya habían causado gran mortandad y miedo entre los campesinos de varios poblados.

Su ponzoña igual mataba vidas y almas, esto es así, como tenían el raro don de la palabra movían su bifurcada lengua y envenenaban a los espíritus puros, y cuando alguien se oponía a sus designios no dudaban en morderlo e inocularle su terrible veneno.

Ellas no eran nativas de allí, venían desde el otro lado del gran río a refugiarse en estas paradisíacas selvas, huían de los mata serpientes que ya les pisaban los cascabeles de sus colas. Cruzaban con gran habilidad las torrentosas aguas del río para ponerse a salvo y hasta habían construido una pequeña fortaleza en un claro de la manigua. Llegados al sitio después de sus mortales incursiones en la tierra de Colón, se dedicaban a celebrar ofídicas bacanales que animaban con licor fino de Escocia y polvo de frula. Su jefe y rey se desparramaba en una hermosa hamaca indígena tratando de acomodar su desproporcionada barriga en el nido, mientras sus secuaces danzaban exhibiendo sus mortales colmillos.

Llevaban varios años en esto y recibían colaboración de algunos malos hijos del pueblo vecino, que a cambio de sus billetes verdes les proporcionaban todo cuanto querían, caviar del mar Caspio, dátiles de Arabia, whisky Escocés, Jamón Serrano, prosciutto italiano y todas las delicatessens y postres de las que se antojasen.

Se bañaban con finísimas lociones para ocultar su hedor de depredadores nauseabundos, llegaban a pensar a veces que eran felices al verse en tal opulencia material.

Aquella colonia más parecía una sucursal del infierno por la malignidad de sus habitantes. Se sentían a salvo y por eso muchas veces permitían que sus culebras de vigilancia se relajaran con las culebrillas que ocasionalmente venían de los prostíbulos de la vecindad. Esto fué su perdición, pues el nuevo líder de los mata serpientes estaba planeando perseguirlos allende el río sin importarle las consecuencias, quería diezmar ese nido de víboras que tanto daño estaban causando a la humanidad.

El día señalado las libélulas cruzaron sobre el río y se dirigieron hacia la colonia de los ofidios, volaban muy bajo para evitar ser detectados por los ya identificados colaboradores del rey de las víboras, la oscuridad de una noche sin luna los hizo invisibles y por eso cuando lanzaron su apocalíptico fuego los tomaron por sorpresa, no hubo compasión ni previo aviso, solo aniquilación total, igual que las historias del éxodo. Tenía que ser así, la peligrosidad del veneno mortal de aquellos bichos no dejaba otra alternativa.

Ahora algunos que defienden lo indefendible se arrancan sus cabellos y rompiéndose las vestiduras lloran el exterminio del nido de víboras. Levantan sus manos al cielo y juran que nunca permitirán que esto se repita.
Acaso no le dirían a quién por algún motivo note que una víbora venenosa entre al cuarto de sus hijos, por favor rompa la puerta y elimínela como pueda, y por ello sabrían agradecer y recompensar su buena obra.
Si este a quien acaban de hablar comienza a pedir autorizaciones aquí y acullá, el desenlace sería muy triste de seguro.

Por favor no defiendan lo indefendible. Cualquier parecido con la realidad que pueda tener este cuento no es mera casualidad.