viernes, 27 de agosto de 2010

BAJO TIERRA

Este cuento irá saliendo sobre la marcha a medida que vaya uniendo sus retazos, que igual que los hechos de la vida real surgirán poco a poco, algunos de acuerdo a ciertas expectativas y otros, como en este caso, de forma inesperada. Si quieren saber a donde irá a parar esta historia deberán visitarla de cuando en cuando para conocer su inesperado desarrollo, al igual que ver los sutiles cambios que obligue la trama.




Por este motivo ni el mismo autor sabe a donde nos llevará este fantasioso relato que no por extraordinario deja de ser verosímil.

I

Solo quedamos siete de los treinta atrapados en la mina, No quiero ni recordar el día en que quedamos sepultados, ese en que la tierra abrió sus negras fauces y nos engulló dejándonos en sus entrañas. Entonces solo nos dominaba el pánico y la desesperación.

Casi no podíamos respirar y tuvimos que ponernos las máscaras para no respirar ese polvillo que suelta el carbón al triturarse y que flotó en el ambiente durante no se cuanto tiempo, el techo de la mina cuando cayó estrepitosamente sepultó para siempre al resto del grupo, Henry y Luis quedaron horriblemente mutilados y pese a los exiguos auxilios que les dimos fallecieron desangrados a las pocas horas.

Ahora éramos solo cinco almas perdidas en este profundo infierno a más de setecientos metros bajo tierra. Sobrevivimos por haber logrado llegar a una bóveda reforzada de seguridad que habíamos hecho para casos de derrumbes, iluminados solo por los focos de nuestros cascos, en silencio y mirándonos sin saber que hacer.

Después de haber sepultado o mejor dicho resepultado bajo un montón de escombros a nuestros compañeros y ya un poco más reposados, apagamos las lámparas de nuestros yelmos para ahorrar batería y nos sentamos alrededor de una pequeña lámpara portátil antiexplosión a la que le quedaban pocas horas de carga.

Desde ese momento, y por mérito propio, Bayron tomó el liderato del maltrecho grupo.

Por recomendación suya hicimos un inventario de las cosas que se habían salvado en 13 mochilas, encontramos provisiones que racionadas nos servirían para un par de semanas, igual en el domo de seguridad había tres botellones de agua y cinco lámparas recargables por inducción magnética y una brújula que le había regalado su hijo a nuestro compañero Pedrín de cumpleaños, para que nunca se perdiera, le había dicho el pequeño al dársela..

Fuimos seleccionando la comida y empacándola en bolsitas con cierre.

Habían también allí algunas herramientas como picos, barras y palas y nuestras navajas personales, hasta unos cartuchos de An-Fos pudimos rescatar.

Según el reloj de Bayron eran las 11 de la noche de ese miércoles 10 de diciembre del año 1980 cuando terminamos de organizar nuestro improvisado almacén de abastos y nos dispusimos a dormir para recuperar fuerzas para el duro reto que nos esperaba.


II

Estábamos a setecientos metros bajo tierra y no podíamos esperar mucha ayuda desde el exterior, entonces nuestro líder nos motivó para que comenzáramos sin pérdida de tiempo a excavar en busca de una galería paralela a nuestro domo.

Arriba en la boca de la mina Santa Anita se arremolinaban los familiares de los mineros atrapados entre el ulular de las sirenas y el titileo de las luces de los autos de socorro.

En una carpa, sentados frente a una mesa llena de planos estaban reunidos ingenieros y médicos discutiendo sobre la operación de rescate. No había muchas esperanzas de sacarlos vivos, pues según ellos, de haber supervivientes, solo tendrían aire para tres o cuatro día, siendo muy optimistas.

Tendrían que traer una perforadora neumática de 30 toneladas desarmada desde un sitio distante, solo hacer esto y armarla tardaría más de una semana a lo que habría que agregar de tres a cuatro meses para llegar al sitio. No descartaban tampoco que este trabajo pudiese causar nuevos desprendimientos en el interior de la mina.


III

Ya a las 5:30 de la mañana despertaron los mineros y al abrir sus ojos comprobaron a su pesar que el desastre no había sido una pesadilla. Bayron nos animó a comenzar la excavación hacia el túnel paralelo. Se acordó que mientras tres excavaban la pared del refugio, los otros dos apartarían con las palas los residuos y que dos veces al día uno de estos comenzaría a preparar los racionados alimentos.

Cada jornada nos dejaba extenuados, pero no perdíamos aún las esperanzas de lograrlo, era imperativo hacerlo, para al menos ganar el aire valioso que debía estar al otro lado, si no es que también se hubiese desplomado…

Antes de dormir, garabateo en mi desvencijada libreta de notas esta bitácora, con la mínima esperanza de dejar testimonio de nuestra lucha en tan difícil trance.
Encontramos en un buen momento que el terreno del túnel era más maleable y entonces comenzamos a ganar más metros en mucho menos tiempo, el túnel era estrecho, no podíamos darnos el lujo de ampliarlo mucho.

Arriba ya la perforadora estaba montada correctamente y comenzaba a taladrar en una empresa que calculaban llevaría meses para lograr su objetivo. Los técnicos aún discutían si se justificaba tal operación de tan alto costo, así que suspendieron el trabajo de la máquina a las tres horas de su inicio, hasta resolver que era lo más conveniente. Todo indicaba que ni llegados a la mitad de la excavación, ya los hombres habrían muerto de asfixia. Luego de sopesar todos los argumentos se decidió suspender la operación rescate.

Esto enardeció a todos los allegados de las víctimas quienes se amotinaron protestando por la indolencia de los responsables del rescate, la policía intervino y desalojaron a todos del lugar.

El sudor cubría nuestros rostros y jadeantes nos turnábamos para ingresar al hueco y seguir cavando, ya llevábamos más de un mes, y esto gracias a una grieta que surgió días después de iniciar el pequeño socavón y dejó pasar una vivificante corriente de aire que nos mantenía vivos.

Dos veces al día tomábamos nuestra ración de alimentos, al desayuno media barra de chocolate, una o dos galletas y un vaso de agua, la cena en cambio la variábamos, un vaso de agua, luego las galletas y finalmente el chocolate, las laticas de salchichas solo las destapábamos los viernes en la noche, digo noche basado en los informes del reloj de Bayron, porque físicamente allí era una noche constante, olvidaba decirles que nuestras luces de cascos y la lamparita antiexplosión ya habían cumplido su vida útil y podíamos ver lo que hacíamos gracias a las linternas de carga electro mágnetica.

Estábamos famélicos y con nuestras ropas en hilachas, y para las necesidades fisiológicas usábamos a modo de letrina un hoyo que había quedado frente a nuestra burbuja salvadora. Olíamos a diablo rodado y nuestra piel estaba completamente negra y arrugada a causa del maldito polvillo de carbón. Manteníamos cubierta la nariz para evitar daños respiratorios.

Era yo quien llevaba la cuenta de las horas y días en mi vieja libreta, donde ahora mismo continúo con esta bitácora.


IV

Llevábamos treinta y seis días ese jueves 15 de enero de 1981 cuando Caregurre clavó la barra en el fondo del socavón y descubrió un gran espacio al otro lado, gritó con las fuerzas que aún le quedaban. “LLEGAMOS, LLEGAMOS”.
No podíamos creerlo, habíamos hallado una salida que nos devolvía una esperanza casi perdida.

No tardamos en agrandar esta boca y uno a uno pasamos para descubrir que no era el túnel paralelo que había mencionado Bayron, era un conducto que a todas luces no había sido hecho por los mineros, las paredes estaban intactas, era un conducto natural, una caverna.

Estábamos sorprendidos y desorientados, sin saber que hacer. A que lado deberíamos ir, era una decisión importante que ninguno quería tomar pues en ello nos iba la vida, más ahora que casi no teníamos que comer y de los botellones solo quedaban unos pocos vasos de agua.

El túnel tenía un poco más de un metro de altura y unos sesenta centímetros de ancho, el piso se inclinaba en un ángulo aproximado de cuarenta y cinco grados, subir o bajar por el era el dilema que teníamos que resolver.

Todos miramos a Bayron quien frotaba su ya barbado rostro analizando la situación. Listo, nos dijo, bajaremos, nos ordenó empacar nuestro pequeño menaje y emprendimos nuestro viaje hacia lo desconocido.

Entonces agachados comenzamos el descenso lentamente para no golpearnos la cabeza ni resbalar en el piso húmedo y rocoso, el hambre y la sed nos acosaban.

A veces el túnel se estrechaba y debíamos arrastrarnos durante largos trayectos hasta encontrar nuevamente un espacio más alto, hallamos también desniveles que salvábamos con gran dificultad.

Llegamos a un recinto amplio donde una brisa fresca nos reanimó un poco. Henry decidió que pasáramos ahí la noche pues casi eran las siete de la noche.

Caregurre se retiró para buscar donde hacer sus necesidades, mientras los otros nos dispusimos a comer los restos de alimento y agua que nos quedaban.

- Lucharemos hasta el fin, nos dijo Henry, y continuó, - Aquí la brisa es más fresca y es posible que algo hallemos para sobrevivir. No bien habíamos empezado a comernos el último pedazo de chocolate cuando Caregurre nos gritó desde un recodo: - Vengan, vengan…

Corrimos y pudimos ver sobre la pared gran cantidad de extraños bichos. Henry comenzó a meterlos en las bolsas y nos ordenó que hiciéramos lo mismo. Esta será nuestra comida de ahora en adelante, donde hay bichos habrá agua.

Esa noche me conformé con mi barra de chocolate y mi poco de agua, no me animé a tragarme un animalejo de esos. Más bien me dispuse a escribir estas notas que seguramente nadie leería, pero que igual me entretenía mucho y quien sabe sin con ellas podría escribir el libro que siempre había soñado mientras escuchaba la clase de español en la escuela nocturna.



Olvidaba escribir que quien anota esto día a día, o sea yo, José Luis Méndez, cumplí 17 años el día del accidente cuando llevaba solo un mes al servicio de la mina, mi padre también es minero y mi abuelo y tatarabuelo igual lo fueron, ellos murieron afectados por respirar este maldito polvillo que flota en las minas de carbón, dicen los veteranos que los mineros no viviremos más de cuarenta años pues más temprano que tarde seremos atacados por males respiratorios.

En el grupo de sobrevivientes Bayron como ya anoté es el líder nato, siempre ha gozado del respeto de sus compañeros, además es el más experto de todos pues se inició en la extracción del carbón desde los 10 años y ahora tiene 38, es el mayor de los cinco.

Pedrín es el loco que siempre está contando chistes y habla hasta por los codos, pero ahora no, solo piensa en Lina su esposa y en su hijo Esteban. De Caregurre nadie conocía su nombre, es un mulato de baja estatura y grandes músculos, habla poco y no se le arruga a ningún trabajo.

Jóse es Caremuerto, algo malgeniado, aparenta unos veintiocho años, delgado y de mediana estatura, blanco y pálido como un cadáver, es aficionado a la electrónica por lo que ha sido de gran ayuda para mantener funcionando las linternas.

Guardé mi libreta y el lápiz en la bolsita y me dispuse a dormir, mañana será otro día.


V

Una extraña sensación de optimismo sentimos al despertar esa mañana, nos apuramos a organizar el equipaje y emprendimos la jornada, pronto el túnel se hizo más alto y no tuvimos que agacharnos, así que nos movilizamos con comodidad y solo en algunos tramos se estrechaba el túnel pero sin impedirnos continuar.

Era raro pero ya el ambiente no era tan cálido y después de cinco horas nos detuvimos para comer luego de quitarles las patas, unos manojos de insectos, eran de sabor acre y algo picante pero según Henry debían contener buenas proteínas y algo de agua, fuchi.

Sentados mientras tratábamos de tragar, Caremuerto nos pidió silencio y dijo: - Escuchen…, efectivamente oímos a lo lejos el inconfundible sonido de agua golpeando sobre rocas. Nos apuramos entonces y desesperados bajamos en busca del anhelado líquido.

Efectivamente después de unos treinta minutos vimos como por una grieta chorreaba el agua, nos dispusimos a llenar un botellón que conservábamos y luego nos aseamos para quitarnos la gruesa capa de carbón que nos cubría.
Encontramos una buena cantidad de setas y como no sabíamos si eran comestibles Caregurre se ofreció de conejillo de laboratorio e ingirió dos o tres para esperar un posible mal efecto, lo cual por suerte no ocurrió.

Llenamos una mochila con ellas y comimos como si se tratara de caviar, la verdad me supieron a gloria, el agua tenía un ligero sabor al agua de Zeltzer, como esa que brota en los termales de Santa Rosa y que había bebido una vez que mi tío Jorge me llevó allí.

Reanudamos nuestra obligada expedición algunas veces ascendiendo y otras más cuesta abajo hasta que llegó la hora de terminar la jornada, Henry nos indicó que ya eran las seis de la tarde, apunte pues en mi libreta: día 51 de nuestra travesía, exactamente 30 de enero de 1981.

Nos servimos una buena ración de insectos con hongos y nos echamos a dormir.

Al amanecer nos despertó un ensordecedor ruido y un sacudimiento violento de la tierra, estaba ocurriendo un terremoto espantoso y temimos quedar ahora si sepultados, duró como treinta segundos que nos parecieron una hora, varias replicas tuvimos que soportar ese día.

Caremuerto nos hizo caer en la cuenta horas después de una divertida sensación, como de sentirnos más livianos, todo parecía pesar menos en esas profundidades, alcé una roca suelta de buen tamaño y me sorprendí de la facilidad con la que la levanté, debía luego apuntar en la bitácora el raro fenómeno.


VI

Mientras tanto durante este tiempo otro drama vivían las familias de estos hombres, la compañía incumplía las indemnizaciones que habían prometido ante los medios de comunicación y ya pasaban hambre, por ser los hombres los que sostenían sus hogares. Lina, esposa de Pedrín salía todos los días a vender empanadas y arepas de chócolo con queso para poder medio sobrellevar las cargas de la casa, Su hijo Esteban era un buen chico de doce años que cumplía con su parte para terminar el primer año de secundaria y no perdía la esperanza de ver algún día a su padre de nuevo, ya que la brújula que le había regalado de niño, le mostraría el camino a casa.

De vuelta bajo tierra la bitácora continúa: De nuevo reanudamos nuestro viaje del día sesenta, como a un kilómetro llegamos a una bifurcación, después de explorar por ambas bocas Henry concluyó que deberíamos seguir la que conservaba en sus paredes un aspecto más similar al que habíamos visto por todo el trayecto, la otra era algo más estrecha y baja y el color de sus muros difería mucho.

Hallamos luego muchas otras ranuras pero ya estaba decidido por cual sendero continuar. Y fue la decisión más acertada, pues antes de llegar la noche luego de pasar un estrechísimo recodo nos hallamos ante una inmensa caverna, con estalactitas y estalagmitas incluidas, su techo era altísimo y de una viva fosforescencia que iluminaba uniformemente el lugar, era una vista fascinante que nos dejó boquiabiertos, pero esto era solo un aperitivo para lo que nos esperaba.


VII

Descubrimos un gran hueco redondo y pulido como de unos sesenta centímetros de diámetro y de profundidad desconocida, desde el cual salía una ráfaga constante de aire y sin lugar a dudas escuchábamos el ruido lejano de un motor, era bien extraño todo esto.

Bayron nos pidió inspeccionar bien la gruta para encontrar alguna pista que pudiera explicar todo, nos distribuimos por la gruta usando las linternas que por suerte aún funcionaban, me llamó la atención algo que vi junto a un promontorio rocoso, dirigí la luz y me quedé estupefacto, era el empaque vacío de unos dulces, lo recogí y corrí a enseñárselo a mis compañeros que igual se quedaron impresionados.

Esto no puede significar otra cosa distinta a que aquí han venido otras personas, el agujero ese tiene que ser el desfogue de algún tipo de sistema de ventilación, busquemos que de seguro habrá otras cosas en este sitio, nos comentó Bayron.

Y tenía razón, hallamos otros empaques y una cuerda muy larga y gruesa cuidadosamente doblada. – Debemos andar con cuidado, no sabemos a que clase de gente podríamos enfrentarnos, nos advirtió frunciendo el ceño nuestro guía.

Sentados nos comimos algunos hongos secos e insectos que pasamos con unos chorros de agua, discutimos sobre las acciones más convenientes que debíamos emprender y por consenso decidimos que debíamos bajar al hoyo para saber a donde conducía.

Me ofrecí de voluntario, me ataron a la cuerda y me engancharon al cinto una lámpara para comenzar a descolgarme con mucho cuidado, no más me habían bajado unos ocho metros cuando el nudo de la cuerda se desató y caí al vacío dando un gran grito, afortunadamente el conducto se curvaba y me deslicé sobre su superficie pulida, viajaba por un tobogán en medio de la más completa oscuridad y sin saber a donde iba a caer.

Detuvo mi caída una reja metálica que por suerte protegía un inmenso ventilador, que de no haber estado ahí me hubiera rebanado en mil partes.

Desde arriba mis compañeros me gritaban queriendo saber como estaba, - Asustado pero bien, les respondí.

Me izaron luego de lanzarme la cuerda y pude darles todos los detalles, resolvimos que me ataran de los pies, ya con más seguridad y que llevara una barra para levantar la reja y luego trabar las aspas del rotor para tratar de acceder al misterioso sitio subterráneo. Ya era muy tarde y estábamos fatigados, decidimos pues dormir y dejar la misión para el día siguiente.

Después de escribir los detalles de la jornada en la bitácora y comer el menú de insectos y murciélagos, cuya sangre nos proporcionaban agua y proteína, nos quedamos dormidos.


VIII

Otro día más en esta oscuridad aterradora, solo quedan dos lamparitas cuya luz mortecina aún nos ayuda a mantener nuestra propia lucecita de esperanza, ayer Caremuerto se nos estaba como enloqueciendo, pasó toda la noche desvariando y diciendo bobadas, hoy amaneció mejor, debió de haber tenido fiebre, antes es que no nos hemos enloquecido, todos estamos al borde de chiflarnos, pero nos hacíamos los locos para no dejar decaer nuestro empeño de salir de este hueco, y menos ahora que hemos hallado un buen camino para lograrlo.

Iniciamos la tarea planeada, Bajamos a Caregurre por el agujero por ser el más delgado y bajo de todos, llevaba una lámpara asegurada al cinturón y una barra para trabar las aspas del ventilador.

Dicho y hecho, bloqueadas las aspas quedaba suficiente espacio entre ellas para bajar hasta el piso que se veía a unos dos metros bajo ellas, no más fue más que nos gritara, diciendo que todo estaba listo, para darle cuerda hasta que pisó el fondo.

Aseguramos la cuerda a una estalagmita que había cerca y uno a uno bajamos, ahora estábamos en un estrecho y largo conducto por el cual nos arrasramos temerosos hasta hallar el acceso a un gran salón lleno de pantallas y controles, una sala de operaciones muy extraño, inicialmente pensamos que no había nadie allí, hasta que distinguimos en una de las mesas a un hombre uniformado de negro con una vistosa insignia en su espalda.

Entramos y sin hacer ruido nos escabullimos tras las mesas buscando acceder a un salón contiguo. Observamos como dos hombres cargaban unas canecas plásticas a un montacargas rojo, habían algunas canecas vacías fuera de la vista de ellos y corrimos a meternos en ellas bajando sus tapas una vez estábamos encaletados.

En efecto pronto estuvimos sobre un cargador y al rato sentimos el inconfundible sonido del motor de un elevador que ascendía tal vez hacia nuestra la salvación o hacia nuestro fin.

Escuchamos conversaciones en un idioma extranjero y no comprendimos nunca lo que hablaban, subieron las canecas a lo que sonó como un camión en el que recorrimos un largo trayecto, mi único equipaje obviamente era el viejo cuaderno donde tenía mi bitácora en el que debía consignar nuestro día 62 y un lápiz, del que solo quedaba un pequeño cabo.

No escuchaba ningún ruido anormal y parecía que nadie acompañaba el cargamento, me atreví al fin temblando de miedo a levantar lentamente la tapa de mi caneca oteando con cuidado. No vi nada, estábamos solos en la parte trasera de un camión de estacas. Salí del sofocante refugio y en voz baja llamé a mis amigos que fueron surgiendo de sus respectivas canecas plásticas abriendo sus ojos como platos. Estábamos en una situación lamentable, casi desnudos pues nuestras ropas estaban sucias y deshilachadas, nuestros rostros y enjutos y barbados, nos parecíamos al conde de Montecristo, al de la película que había visto alguna vez en la televisión.

Era una sensación de pánico y euforia, estábamos a punto de lograr nuestro plan de escape y no podíamos confiar en esas extrañas personas que ahora nos transportaban sin saberlo. Bayron retomó su liderazgo y nos instruyó para saltar en cuando el camión tomara una curva cerrada, no iba rápido el vehículo y de seguro solo sufriríamos solo raspones menores, estábamos listos entonces para tal maniobra.


IX

Era una estrecha carretera en una zona muy agreste y la oportunidad llegó. Saltamos a la señal de Bayron y caímos justo cuando el automotor tomó una curva muy cerrada, rodamos como muñecos de trapo y quedamos casi instantáneamente fuera del alcance de la visión del espejo retrovisor. No fue nada suave nuestro aterrizaje pero valían la pena las laceraciones y hematomas que sufrimos, en cuanto se detuvo nuestro natural movimiento de inercia corrimos hacia la vera de la carretera y nos ocultamos en la foresta.

Nos quedamos camuflados entre los espesos matorrales largo rato observando el movimiento de ese desolado camino, pasaron horas y nada ni nadie transitó por allí, le pregunté a Bayron sobre lo que haríamos ahora y el estaba más confundido que nosotros y solo se encogió de hombros.

Entonces Caregurre se quitó su raída mochila y abriéndola lentamente nos invitó a mirar dentro de ella.

- ¿Acaso esto nos servirá para salir de aquí?, nos dijo con su característico acento campesino. Todos abrimos los ojos como platos y luego miramos admirados a Caregurre.

Ahora que escribo estos últimos apuntes de mi bitácora, disfruto una deliciosa y burbujeante champaña francesa, recostado en una cómoda silla y al lado de la hermosa piscina de nuestra nueva casa.

El clima de Niza es estupendo y más tarde nos iremos a dar una vueltecita en nuestro flamante yate.

Pedrín chapucea en la piscina con su esposa y su hijo Esteban. Caregurre y Bayron andan con el abogado que nos está tramitando nuestra nueva ciudadanía Española. Definitivamente la mochilada de diamantes que Caregurre sacó subrepticiamente de una de las canecas del camión, si nos había sacado textualmente de bajo tierra.

D.Z.R.
BAJO TIERRA EL VIDEO

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