martes, 29 de octubre de 2013

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS

Poema de Miguel Ramos Carrión
(Zamora, 1848 – Madrid, 1915)



Este es sin duda uno de esos poemas que quedaron añadidos a la colcha de los retazos de mi vida, de niño lo escuché en la extraordinaria voz de Rodrigo Correa Palacio, se escuchaba en la radio y en los discos de acetato de 78 revoluciones por minuto. Más tarde en la voz de Baltazar Botero continuó oyéndose durante muchos años. Lo declamaban los tíos en las primeras comuniones y en los matrimonios.

Era la época en que los poemas calaban en el gusto de la gente y llenaban los teatros. La declamadora Berta Singerman venía constantemente a Medellín en donde era aclamada en sus presentaciones. La televisión llegó a Colombia e incluyó programas de música clásica, teatro y poesía, Fausto Cabrera emocionaba a los televidentes de entonces con sus declamaciones.

El Indio Rómulo incursionó con la poesía costumbrista. La poesía tenía su lugar en la sociedad de los años cincuentas y sesentas. Al sonar la última campanada del año nuevo, a las doce en punto se escuchaban en muchas casas los poemas: "El duelo del mayoral" y "El brindis del bohemio", Todos lloraban al escucharlos. Nunca entendí que relación tenían con ese momento pero así era. Ahora volvamos al hermoso poema de Miguel Ramos que cada que lo escuchamos nos conmueve. La foto la vi hoy en la página de un grupo de Facebook y me recordó a la muchacha del poema en su balcón, eso me motivó a trabajar un poco la foto y a subir esta entrada en el blog que espero disfruten.

EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS.


Desde la ventana de un casucho viejo abierta en verano, cerrada en invierno por vidrios verdosos y plomos espesos, una salmantina de rubio cabello y ojos que parecen pedazos de cielo, mientas la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo, marchan en dos filas pausados y austeros, sin más nota alegre sobre el traje negro que la beca roja que ciñe su cuello, y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos, marcha siempre erguido, con aire resuelto. La negra sotana dibuja su cuerpo gallardo y airoso, flexible y esbelto. Él, solo a hurtadillas y con el recelo de que sus miradas observen los clérigos, desde que en la calle vislumbra a lo lejos a la salmantina de rubio cabello la mira muy fijo, con mirar intenso. Y siempre que pasa le deja el recuerdo de aquella mirada de sus ojos negros. Monótono y tardo va pasando el tiempo y muere el estío y el otoño luego, y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo siempre sola y triste; rezando y cosiendo una salmantina de rubio cabello ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos, su seminarista de los ojos negros; cada vez que pasa gallardo y esbelto, observa la niña que pide aquel cuerpo marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos con vivas y audaces miradas de fuego, parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!, ¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo! ¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero! A la niña entonces se le oprime el pecho, la labor suspende y olvida los rezos, y ya vive sólo en su pensamiento el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno la niña que alegre saltaba del lecho, oyó tristes cánticos y fúnebres rezos; por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto; pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro, con la beca roja por cima cubierto, y sobre la beca, el bonete negro. Con sus voces roncas cantaban los clérigos los seminaristas iban en silencio siempre en dos filas hacia el cementerio como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo los conoce a todos a fuerza de verlos... tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos... el seminarista de los ojos negros.

 Corriendo los años, pasó mucho tiempo... y allá en la ventana del casucho viejo, una pobre anciana de blancos cabellos, con la tez rugosa y encorvado el cuerpo, mientras la costura mezcla con el rezo, ve todas las tardes pasar en silencio los seminaristas que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos sus ojos azules ya tristes y muertos vierten silenciosas lágrimas de hielo. Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo del seminarista de los ojos negros...

Miguel Ramos Carrión