sábado, 7 de junio de 2014

LA ANTICUARIA

La magia de los libros leídos.


Libreria La Anticuaria en 1964 foto de Digar

LA ANTICUARIA 

Eran las cuatro de la tarde cuando llegué al sitio donde queda la librería La Anticuaria en la plazuela de San Ignacio. Ya no está en el mismo local que conocía y que ahora ocupa una peluquería, ahora está en el segundo piso del mismo edificio y se accede por unas escalas que conducen a ella. No sabía si aún encontraría ese ambiente que percibí  cuando aún Don Amadeo Pérez, su fundador,  la atendía.

Toqué entonces el timbre pues la puerta estaba cerrada en ese momento, pensé que a lo mejor había perdido el viaje.

Mientras  esperaba que alguien abriera la puerta organizaba mis ideas para que en mi entrevista no quedara por fuera ningún detalle y recordé lo que había leído la noche anterior sobre la anticuaria en la página de la red de bibliotecas de la fundación EPM:

“Cómo entonces no hablar de la librería Anticuaria, quizás la más representativa de Medellín, habrá quien diga no saber qué es, pero sé que muchos compramos nuestros primeros libros allá, fue la primera librería de libros usados de Medellín, la primera librería “de viejo” como diría Luis Alberto, una librería pensada para quienes no podían comprar libros nuevos, una librería que se abrió espacio en la Medellín de 1960, una Medellín conservadora y prejuiciosa, donde sólo los ricos tenían acceso a los libros y los compraban nuevos porque las señoras pensaban que los libros usados transmitían la tuberculosos, por eso don Amadeo Pérez fundador de la Anticuaria y librero hasta su muerte, se inventó una historia; puso un horno en la librería y decía a las señora que los libros habían pasado por el horno para ser desinfectados, y estaban listos para ser vendidos y así ellas los tomaban con tranquilidad. No era cierto pero con ellas funcionaba. Nunca se ha sabido de alguna enfermedad respiratoria que haya sido transmitida por un libro de segunda.

Cuando Don Amadeo muere en el 2000, Daniel Pérez, su hijo, se hizo cargo de la librería que continúa con sede en San Ignacio y Belén Miravalle, él heredo de su padre el amor por los libros, es un hombre sumamente inteligente que da la sensación de saberlo todo, para sus cliente no es sólo un librero, es médico, sicólogo, botánico y gracias a la práctica se puede decir que adivino, pues no sólo llegan preguntado por la medicina que deben tomar, las terapias que deben hacer, y los problemas que quieren que les ayude a resolver sino que preguntan por libros que de no ser por el vasto conocimiento que tiene don Daniel de los libros,  no darían con ellos, piden “Ese librito de inglés el Popul Vuh”, “Un marcador de parte de quien” por “un marcador Pertenece a” , “El coloso estreñido” por “El celoso extremeño” , “El último de los mojicones” por “El último de los mohicanos” , “El catecismo del padre azteca” por “El Catecismo del padre Aztete” y así cada vez más van llegando con títulos muy creativos pero que en muchas ocasiones tienen poco que ver con lo que realmente están buscando”.
reddebibliotecas

Luis Amadeo Pérez Hernández
Estaba recordando esto cuando  abrieron la puerta y me atendió un señor que luego de contarle el motivo de mi visita me invitó a pasar. Resultó ser el  hijo menor de Don Amadeo Pérez, Luis Amadeo Pérez Hernández. Luis Amadeo es un hombre amable y acogedor que no duda en contarme la historia de La Anticuaria, esa librería que inició la etapa de los libros leídos o de segunda mano en Medellín. Sin mayores preámbulos Luis Amadeo comenzó a narrarme la historia de su padre.

La historia se inicia en Ponferrada, España, capital de la comarca de El Bierzo, en la provincia de León, comunidad autónoma de Castilla y León, al norte de la península.

Don Amadeo fue poeta y periodista, un hombre muy culto y adelantado para su época. Contó entre sus amigos a personajes como los poetas Rubén Darío, Barba Jacob (Miguel Ángel Osorio Benítez), Ciro Mendia (Carlos Edmundo Mejía Ángel) y otros intelectuales de entonces.

Ahora retrocedamos a la infancia y juventud de Amadeo Pérez Pérez. En España las mujeres eran las que decidían el futuro de sus hijos, ahora entiendo de donde nos llegó el matriarcado a nuestros hogares de Antioquia. Decidió pues la madre de Amadeo que el hijo mayor, como heredero,  administraría los negocios de su padre, el del medio, debería ser ingeniero y Amadeo, el menor, tendría que ser cura y cuando llegó el momento lo enviaron al seminario.

Resulta que luego de algún tiempo Amadeo no quería continuar en el seminario y así se lo hizo saber a su padre: - No tengo vocación, le dijo. Su padre, más condescendiente y comprensivo que su madre le dijo que el lío sería la forma de hacerle saber a ella tal noticia. Y razón no le faltó, fue tal su disgusto que al saberlo no volvió a dirigirle la palabra durante varios meses. Que vaina, parece que olvidé mi bolígrafo y lo buscaba afanosamente en todos mis bolsillos, al notarlo Luis Amadeo amablemente fue a buscar uno para prestármelo. Mientras tanto recordé mi primera compra en la vieja anticuaria.

Corrían los años sesentas cuando pasé por la librería La Anticuaria, en la vitrina exhibían un libro de tecnología que llamó mi atención: (Maravillas del siglo XX), metí  mi mano al bolsillo y concluí que de seguro lo que llevaba no me alcanzaría para comprarlo, apenas estaba comenzando mi bachillerato y la mesada que recibía para el colegio era exigua. Sin embargo me animé y pregunté por el libro, por suerte su valor estaba a mi alcance y sin dudar lo compré inmediatamente. Fue mi primer libro de La Anticuaria que aún guardo en mi biblioteca con especial cariño.

Luis Amadeo me entregó un bolígrafo y continuó su narración:

Ponferrada, España años 50s
En la España de los primeros años del siglo XX se hablaba mucho de América, ese paraíso lleno de oportunidades allende el mar. Amadeo no fue ajeno a ese sueño y un buen día le reveló a su padre sus intenciones de viajar a la nueva tierra.

Para evitarle un nuevo disgusto a su progenitora este tomó sin que ella se enterara un tren hacia el puerto donde abordaría el barco que lo llevaría a América. Atravesando el Atlántico desembarcó en Cuba, en la isla encontró un gran movimiento cultural por lo que cayó como pez en el agua y pronto estaba ocupando la secretaría del Sindicato  de la oposición, había democracia en Cuba. Pero lo bueno no dura y comenzaron los problemas durante el gobierno de Batista. Acosado por la situación viajó a Nicaragua.

Allí conoció a Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento),  Uno de los grandes poetas universales,  y a otros personajes muy destacados. Pero Amadeo no se acomoda y viaja a México D.F., la gran urbe.

En ciudad de México crea una empresa de venta de libros por correo y consigue a varias mecanógrafas  entre las cuales estaba Julia Hernández, que sería su futura esposa.

Tenía cuarenta años cuando Amadeo Pérez contrajo matrimonio con Julia Hernández, de esa unión llegaron sus dos primeros hijos, Daniel, el mayor y Julio, Q.E.P.D.
Eran los tiempos de la segunda guerra mundial y para bien o para mal los problemas volvieron a atacar, esta vez gracias al disgusto que provocó una publicación suya que fue tomada como una injerencia extranjera en los asuntos del estado, eran quisquillosos lo mexicanos.

Eso le acarreó la deportación y tuvo que dejar a su familia en México y viajar a Nueva York sin un peso en sus bolsillos. Afortunadamente la empresa aérea que lo transportó corrió con sus gastos de sostenimiento mientras se acomodaba.

Amadeo era inquieto y decidió luego viajar a Francia y después a su tierra natal, España. Conoció allí a Guillermo León Valencia que era el embajador de Colombia en Madrid con el que cultivó una buena amistad. Un día el doctor Valencia, que también era poeta, le recomendó viajar a Colombia. Dicho y hecho Amadeo no se hizo rogar y en un dos por tres estaba en la puerta de oro de Colombia, Barranquilla.

La conversación se interrumpe un momento mientras Luis Amadeo atiende a alguien que ha tocado el timbre. Aproveché para tomar algunas fotos de la librería mientras  percibía el extraño encanto de los libros leídos, ese olor indescifrable de papel viejo, de libros usados y en palabras paisas de libros de segunda mano, que digo, de hasta tercera o décima mano. Es que lo que se lee en un libro no es el libro en sí, es el espíritu de su autor que perdura y se inmortaliza en las letras de sus páginas. Heme aquí, de repente, solo, en medio de los cientos de almas de escritores de todos los confines del mundo. Y no me asustó eso, solo me hizo sentir el impulso de tomar un libro y sentarme a leerlo en una silla antigua de madera, como en los tiempos de la vieja anticuaria en la que se veían personas sentadas leyendo en medio de los arrumes de libros…

Luis Amadeo regresa y me saca de mi ensimismamiento. Es que había llegado una joven para tomar una clase de tango, si, así como se los cuento, Luis Amador también tiene allí una academia de baile. Aún así accede a contarme otros detalles más, ahora sobre los inicios de la librería La Anticuaria en la Bella Villa, Medellín, la ciudad en que nació Luis Amadeo, hijo.

No duró mucho Amadeo Pérez en Barranquilla y decidió partir para Medellín, ciudad de la que le habían dicho ofrecía muchas oportunidades. Y así fue, desde que llegó la encontró muy semejante en clima y paisaje a su tierra natal, fue amor a primera vista. Estaba decidido, aquí se quedarían el y su familia para siempre. Prontamente su esposa e hijos vinieron desde México e igual quedaron encantados, Alquiló una casona donde abrió la primera librería de libros usados de la ciudad, que pronto se convirtió en un negocio exitoso.
Entonces estaban cerca de la catedral de Villanueva, un sector habitado por gente de mucha alcurnia.

Comenzó a notar que algunas señoras muy encopetadas que iban a comprar libros los tomaban muy prevenidas con los dedos índice y pulgar con cara de fastidio, Don Amadeo le preguntó en una ocasión a una señora que por que los cogía así, y ella le respondió que por temor a contraer alguna enfermedad contagiosa, hasta de pronto tuberculosis.

Al día siguiente madrugó Don Amadeo al sector de Guayaquil, que era donde vendían cacharros de toda clase y al entrar a un local atinó a ver en el fondo un viejo horno Westinghouse. Preguntó por su precio pero le dijeron que estaba inservible. No importa, mucho mejor, me lo llevo.

Pues sí, ese viejo horno fue a parar a un lugar muy visible de la librería y cada que algún cliente mostraba temor de contagio por tocar los libros él les aseguraba que todos los artículos que allí vendían habían pasado por un riguroso proceso de desinfección en ese horno especial importado directamente desde Los Estados Unidos. Los dos reímos ante esta original ocurrencia de Don Amadeo, y yo agregué: - Se volvió paisa desde ese día tu papá.

Mi padre publicó unos diez u once libros, casi todos de poesía, me dijo Luis Amadeo,  en otra visita te busco algunos que conservo.

Don Amadeo Pérez Pérez nació en el año de 1903 y falleció en Medellín en el año 2000. Me asegura Luis Amadeo que atendió la librería hasta sus setenta y ocho años. La librería ha funcionado en varios sitios de la ciudad, Luis Amadeo recuerda: Palacé, entre Perú y Caracas – Niquitao, entre Pichincha y Bomboná – y Bomboná, entre Sucre y San Félix. Su hermano Daniel también tiene actualmente otra librería La Anticuaria en el barrio Belén.

Esta ha sido otra historia que surge por unas fotos antiguas de Medellín, publicadas en el grupo Historia fotográfica de Medellín que nos deleita diariamente con sus publicaciones. Igualmente queda una visita pendiente a La Anticuaria, pues Luis Amadeo también me prometió algunas fotos inéditas.

Mis agradecimientos a Luis Amadeo Pérez Hernández por su atención, ahora debo retirarme para que atienda su academia de Baile.

Otro librero de libros leídos.

Alonso de J. Bedoya
Al salir encontré el local de Don Alfonso de J, Bedoya, otro vendedor de libros leídos. Muy curioso es que allí también funciona un parqueadero de motocicletas: "Parqueadero de motos y librería Plutón". Me cuenta Don Alfonso que lleva más de cuarenta años en el oficio, tiene libros en estantes que cubren todas las paredes de lugar, y hasta en el piso tiene algunos arrumes de ellos, un lugar de esos que también nos despiertan gran curiosidad, tanta, que al despedirme llevaba algunos libros que escogí, y a unos precios muy módicos, igual que en la Anticuaria.



Se me quedaban por fuera estas fotos de los inicios de La Anticuaria.

Librería La Anticuaria en 1964 foto de Digar (BPP)

Carta de Amadeo Pérez P. A Ciro Mendía (BBP)