domingo, 23 de noviembre de 2014

CABOS SUELTOS - 3

 HABLAR Y ESCRIBIR
 Alberto López

Jorge Luis Borges

- Maestro… ¿Pudiendo hablar, porque escribir?
 - Porque no se habla como se escribe, ni se escribe como se habla y porque no se dicen las mismas cosas, cuando se habla que, cuando se escribe.

El hablar brota de nuestra espontaneidad como una reacción urgente a algo de fuera de nosotros. Hablar lleva implícito la incontinencia espontánea y la falta de reflexión y medida. Porque el hablar no brota de la integra totalidad de nuestra persona.

 Siempre que hablamos, al poco sentimos que lo hemos hecho en exceso, que hemos dicho algo que no queríamos decir y que lo que queríamos decir, quizás no lo hemos dicho. Así que en el hablar siempre sobran palabras. A veces, las palabras parecen brotar solas, fuera de nuestro control, como si tuvieran vida propia. A posteriori ni nos reconocemos en ellas. Por eso, tras el hablar viene el arrepentimiento y de esa derrota, de esa limitación del hablar, surge la necesidad de escribir.

 Escribir conlleva un retener las palabras, para medirlas y pesarlas antes de dejarlas caer sobre la hoja en blanco. Conlleva soltarlas de forma lenta y precisa, poniendo cada una en el lugar apropiado que le corresponde y para el que parece estar predestinada. La escritura exige librar a las palabras de su vanidad, limpiándolas de los excrementos dejados en ellas por la vida, la historia y el habla, hasta quedar pulidas como diamantes. Esa es la labor del escritor, una labor que se hace en voz baja, como si se contara un secreto y en el silencio que demanda la reflexión, el pensamiento y la ensoñación de la imaginación creadora. Porque su verdad, la verdad intima del escritor, su gran verdad, acto de fe, y de fidelidad para con el lector, no se puede decir hablando, se tiene que decir escribiendo.

 Hoy, sin embargo, cuando la gente ya no escribe ni cartas, se tiende a escribir como se habla (mal) devaluando la profundidad de la escritura. Y no se trata de un nuevo realismo sucio, sino de una falta de ilustración y de mal gusto. Así que no debe sorprender que, una sociedad como la española, totalmente alfabetizada desde hace años, tenga tantos analfabetas funcionales como analfabetas tenía hace un siglo. Y no es diferente en el caso de la escritura, si acaso es más agudizado. Porque… ¿qué porcentaje de la población del país sabría hoy en día escribir correctamente una carta, plasmando en ella sus sentimientos?... Y la perspectiva no es previsible que mejore, si nos atenemos al desarrollo triunfante de la escritura telefónica de los portátiles, último resto de la escritura de las masas populares, al margen de los formularios de las declaraciones de la renta del Ministerio de Hacienda.

 Hay un caso que siempre me ha sorprendido, de un escritor que no escribía como hablaba, sino que hablaba como escribía. Me refiero a Borges, cuyas entrevistas pasadas a escritura, resultaban tan perfectas literariamente como si se hubieran escrito desde un principio.

 Cuando respondía a las preguntas del entrevistador, Borges lo hacía lentamente, tomándose su tiempo, pensando, reteniendo las palabras, buscando el adjetivo adecuado, corrigiéndolo a veces, mediante una pausa por otro más ajustado, y construyendo finalmente la frase con la perfección propia de un texto escrito. Pero claro Borges no vivía en este mundo. Era un ser extraño, cuyo cosmos se circunscribía al espacio encerrado por las cuatro paredes de una biblioteca.