viernes, 17 de abril de 2015

EL ARMARIO DE ORLANDO

"El que no posee el don de maravillarse ni de entusiasmarse más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados"
Albert Einstein.


Es este hombre un paisa de racamandaca, de poncho, carriel y abarcas. Desde que tenía memoria sus ancestros fueron gente de campo, sembradores y recolectores de café. Sabía también todo lo que se necesitaba para que pelecharan las verduras, las frutas y las flores, pues en toda finca antioqueña que se respete las flores tienen un sitio importante, y que cual  multicolores fuegos artificiales brotan en canastos colgados en las vigas del corredor de sus casas o hasta de los tarros de galletas y  bacinillas rotas distribuidas en el piso frente a las chambranas de madera.

Sabía de caballos, gallinas y de cerdos. De vez en cuando se internaba en el monte con su perro sabueso, y regresaba casi al anochecer, cuando el cielo pinta los hermosos arreboles del oriente antioqueño, con varios conejos o una guagua gorda para la cena. Tampoco desconocía el arte de la pesca y conocía los mejores sitios para obtener hermosas truchas y sabaletas. Orlando era baquiano en todos estos oficios y por eso era respetado y apreciado en la finca de los Ortiz, donde trabaja desde siempre.

Su talón de Aquiles era una miopía que lo obligaba a usar unos gruesos lentes, de esos que por aquí llamamos "culo de botella", y sin ellos quedaba casi ciego.

Fue por eso que doña Rosita resolvió llevarlo a Medellín para que lo examinara un buen oculista y le mejorara sus lentes o hasta le hiciera una intervención, si ese fuere el caso, para mejorarle su calidad de vida.

Desconocía doña Rosita que el buen hombre nunca había salido de esos parajes y por ende nunca había estado en la capital de la montaña. En cierta ocasión en que la familia Ortiz viajó a los Estados Unidos les preguntó inocentemente que si viajarían en bus o en automóvil, y tuvieron que explicarle que por obvias razones tendrían que hacedlo en avión. Esto impresionó tanto a Orlando que sin pensarlo dos veces le hizo una petición a Doña Rosita:

“Doña Rosita, por favor, el día de su viaje y cuando el avión pase sobre la finca abra una ventanilla y me tira un papelito para yo saber que van ahí.

Varios días después Orlando y doña Rosita tomaron el bus que los llevaría a Medellín, y aunque el buen hombre trató de disimular su nerviosismo doña Rosita lo percibió y trató de hacerle amable el viaje hablándole de otras cosas.

Dos horas después el bus entró a la ciudad tomando la vía de la autopista y Orlando cual niño pequeño miraba asombrado, pues todo para él era una maravillosa novedad.

Un rato después entraban al enorme edificio de consultorios y tomaron el ascensor que los llevaría hasta el piso veinte.

Todo salió bien, tanto, que el doctor le programó una intervención que lo libraría de usar anteojos, el hombre estaba feliz.

Así fue que regresaron a la finca y sin perder tiempo Orlando invitó a su esposa a la casa para contarle la novedad.

- Mija, el dotor me dijo que después de la operación volveré a ver perfectico, y que ni gafas voy a necesitar. Esa ciudad es igualitica a las que vemos en televisión y tiene unas cosas que ni se imagina uno. No más le cuento que el edificio del dotor es tan alto que casi toca las nubes, y tiene un armario como mágico. Uno se mete en él y cierran la puerta; y hay mismito cuando la abren uno está en otra parte.

Su esposa no podía creer tal maravilla. Y él siguió contándole historias de la ciudad hasta que se quedaron dormidos.

* Mi agradecimiento a Mauricio Tirado por contarme la historia que inspiró este escrito.