jueves, 4 de junio de 2015

CRONICAS BOLIVIANAS – 2

DISQUISICIONES SOBRE "LA CONQUISTA"
Alberto López

Emperador Atahualpa durante la Batalla de Cajamarca

La rapidez con que un pequeño grupo de ciento sesenta y ocho aventureros castellanos (que no españoles, pues España todavía no existía y el reino de Aragón asociado a Castilla en el territorio ibérico, no participó en la aventura american, estando fundamentalmente volcado en el comercio y las guerras del mediterráneo) liderados por Francisco Pizarro, un capitán de más de cincuenta años y analfabeto, a base de intrepidez, valentía y echarle cojones, había invadido y conquistado el mayor imperio de sud-américa (llamarle invasión resulta ridículo dado lo reducido de la fuerza expedicionaria castellana y llamarle conquista, como se verá, no menos falsario) siempre me ha admirado, sorprendido y llenado de dudas sobre la historia oficial vendida especialmente por el franquismo y que el actual régimen “democrático” sigue todavía sin revisar.

Cuando de niño los frailes en la escuela nos contaban esta gloriosa historia del Imperio, nunca me convenció. Me resultaba un poco caricaturesca. El papel de aquellos castellanos barbudos que, debían oler a mil diablos dentro de sus armaduras, me resultaba excesivamente exaltada, en la misma medida en que quedaba rebajada la de los indios. Además, desde las películas de vaqueros que devore en inacabables sesiones continuas en el cine de mi barrio, siempre estuve con los perdedores, algo que se ha convertido en mí, en casi genético. Pero volvamos al asunto.

Que aquella reducida mesnada de castellanos (es verdad que venían acompañados con un buen número de indios originarios de Nicaragua, aunque más como auxiliares que como guerreros) aun aceptando la fuerza destructora del acero, los caballos de guerra y las armas de fuego, derrotara a un ejército como el de Atahualpa que, se presume, estaba muy preparado y disciplinado y tenía estacionado en su real cerca de Cajamarca, nada menos de cuarenta mil soldados, no parece muy verosímil.

La historia oficial de los cronistas castellanos cuenta que, el Inca, penetro en la plaza de la ciudad, con una avanzada de seis mil guerreros y cortesanos, que fue destrozada por las armas castellanas provocando una carnicería y la huida de las huestes quechuas aterradas ante el ruido ensordecedor de los cañones y arcabuces, el relincho de los caballos y las largas espadas de acero de los hombres barbudos cubiertos de acero que, segaban cabezas como si fueran trigo dorado.

Mi madre cuando de niños veníamos a casa contando cosas exageradas solía exclamar: ¡ya será menos, tío Paco! (se debía referir a las exageraciones y logros de los que presumía Franco) y es que este tipo de descripciones, siempre me sonaron a película en blanco y negro, de los años cumbres del cine historicista franquista, donde los católicos Isabel y Fernando (tanto monta, monta tanto) eran además de los forjadores de la unidad de España poco menos que unos santos.

Porque cualquiera, pienso yo, con un mínimo de sentido común, habría razonado que, seis mil indios armados solamente con una piedra por cabeza, hubieran lapidado y enterrado en un santiamén, bajo una montaña de pedruscos a los castellanos con sus cañones y sus caballos, como lo hicieron sus homónimos del norte, los sioux y sus tribus aliadas, cuando mil ochocientos guerreros montados sobre sus ponis bajo la dirección de los jefes Caballo Loco y Toro Sentado, pasaron como si tal cosa barriendo al Séptimo de Caballería del gilipollas de Custer, dejándolos disueltos con sus modernas armas de fuego en el polvo de la pradera, en la gloriosa batalla de Litttle Big Horn, donde los pieles rojas, al menos por esta vez, se sacaron la espina .

¿Porqué los incas, según relatan las crónicas, no lo hicieron y se dejaron matar como reses para el sacrificio, sin apenas oponer resistencia?...Algunos dirán que los sioux eran mucho más bravos que los incas; que estos al lado de aquellos en vez de sangre en las venas tenían agua; que estaban demasiado civilizados y degenerados burocráticamente; que los salvajes en este caso no eran los incas si no los castellanos; que sus ejércitos eran muy grandes pero que estaban formados por soldados a sueldo y por pueblos esclavizados muy poco motivados como para dejar la piel por sus esclavizadores y otras sandeces por el estilo.

En Cajamarca, según la versión oficial (la escrita por los vencedores) en noviembre de 1532, Atahualpa fue tomado prisionero por la mesnada de Francisco Pizarro, a quienes habría pagado un cuantioso rescate en piezas de oro y plata, para recuperar su libertad, a pesar de lo cual fue asesinado.

Sin embargo, las minuciosas investigaciones históricas del historiador quiteño Dr. Luis Andrade Reimers revelan que en Cajamarca Atahualpa hizo amistad con los españoles para cuyo emperador, reunió un rico presente de oro y plata, con el fin de lograr provechosas relaciones y mejoras técnicas para su imperio. Andrade Reimers asegura que ni fue hecho prisionero ni entregó rescate alguno para su liberación, pues la relación numérica de efectivos de desventaja para los castellanos hacía imposible semejante situación.

Atahualpa planificaba la reconstrucción del Tahuantinsuyo, después de los agotadores años de guerra civil contra su hermanastro Huáscar, por lo que intentó establecer relaciones de mutuo beneficio con los barbudos, a cambio de beneficios técnicos y administrativos para su tierra.

Ese tesoro desbordó la codicia de los castellanos, quienes decidieron asesinarlo, para no entregar la totalidad del regalo al rey, sino tan solo la quinta parte, a pretexto de presentarlo como producto de una acción de armas de la conquista.

Pizarro negociando las mejores condiciones de traspaso del oro con los peruanos

Así pues, el famoso "rescate en oro" que supuestamente habría pagado Atahualpa para su liberación, no fue tal, sino el precio en valores metálicos que se pagaba por lograr un intercambio mutuamente beneficioso para los dos imperios, el Inca y el español.

Entre la derrota de Cajamarca y la toma de Cuzco paso un año largo de batallas: ¿cómo continuó la conquista?... ¿cómo fueron las batallas?... ¿quiénes formaban el ejército de castellanos?
Pedro Pizarro señala en su crónica que, hasta el día de Cajamarca, los castellanos no habían combatido a los naturales fuera de unas cuantas escaramuzas en Tumbes y La Puná.

En ningún momento del recorrido desde la costa hasta el real de Atahualpa habían hallado el menor estorbo, muy al contrario, en todo momento les fueron ofrecidos guías y víveres de los depósitos estatales.

Atahualpa no cayó ante una guerra abierta. Lo que aconteció fue, una atrevida y audaz emboscada. Más que conquistar el imperio tras una guerra, lo que en realidad hicieron, manejando una terminología actual, fue dar en Cajamarca un golpe de mano o quizás mejor de estado, a modo de comandos actuales, bien entrenados y armados con la última tecnología militar.

Por otra parte, la conquista del Perú es la derrota del gran Imperio Inca, un imperio en apariencia fuerte y estructurado política y territorialmente, pero bajo el que vivían multitud de pueblos y etnias diferentes, con multitud de contradicciones internas, entre ellas, las disputas sucesorias y las guerras internas entre los hermanos Atahualpa y Huáscar que finalizara con la derrota y muerte de este último, coincidiendo en el tiempo con la llegada de los castellanos.

La llamada Conquista fue pues la caída y hundimiento de aquel imperio motivada en primer lugar por sus propias contradicciones y donde la llegada de aquellos actuó como catalizador. La noticia de la muerte del Inca originó una gran anarquía. Muchas etnias dominadas por Atahualpa se sublevaron al ver descabezado el poder e intentaron recuperar su independencia, sumándose a los castellanos. Al mismo tiempo, los partidarios de Huáscar (como Manco Inca) se unieron a los españoles para derrotar a Chalicuchima, Quisquis y los partidarios supervivientes de Atahualpa.

Sin cabeza, aquel imperio piramidal y jerárquico caería desmoronado. Por eso, la actuación tan cruel de Pizarro y sus capitanes en la muerte del Inca, no hay que verla tanto como un acto de crueldad en sí, sino como un asesinato político para desordenar y crear el caos en el imperio. Pizarro no sabía escribir, pero en política sabía lo que hacía. Como aventajados alumnos renacentistas de Maquiavelo, los castellanos se hicieron amigos del inca, disfrutando de su hospitalidad, para después dar el golpe de mano tomándolo preso y asesinándolo.

La historia de la conquista del imperio inca se cuenta como una guerra de conquista con batallas paulatinas entre ejércitos, en un proceso de avances y retrocesos, pero nada más lejos de la realidad, ya que los castellanos, a diferencia de los incas, no eran un ejército, sino una mesnada de aventureros, eso sí, cuajados en las guerras europeas. La realidad de la llamada conquista fue más cosa de política coyuntural, de estratagemas, de uniones de unos contra otros y de alianzas de oportunidad, en medio de un caos total. La virtud de los castellanos fue saber aprovechar en su beneficio esta coyuntura.

Hablando en términos de conquista territorial, no fueron los castellanos sino los incas los que hicieron las guerras de conquista incorporando al imperio nuevos territorios tras derrotar a un pueblo tras otro, expandiéndose desde el Cuzco por todo el altiplano. Los incas estructuraran territorialmente todo su inmenso territorio, vertebrándolo carretilmente e imponiendo una organización policial y fiscal, pero sin llegar a imponer la unificación de las costumbres. Incluso el quechua, el idioma de los dominadores, conviviría con el aimara y otros idiomas menores.

Cada pueblo cumplía con el Inca y este les protegía de los belicosos de más allá de las fronteras y les proporcionaba a través de los almacenes, sitos en los tambos, de los víveres necesarios en los años de escasez.

Cuando los castellanos toman el poder se convierten en los nuevos incas. Los pueblos sojuzgados y la organización burocrática incaica aceptan sin más este poder, manteniéndose el sistema de respeto que heredan del incaico. Incluso la mita se mantendrá con la filosofía original, aunque más adelante, cuando los castellanos asienten su pode, esta cambiara profundamente, comenzando la explotación del territorio y de sus poblaciones en la actividad minera. La mita se transforma y se convertirá en algo cercano a la esclavitud.

El imperio inca les cae en cierta manera a los castellanos en las manos, sin necesidad apenas de librar batallas. No hay pues heroicidad ni grandes gestas guerreras en ello, sino más bien política y coyuntura de alianzas y maquiavelismo político. Incluso para asentar su poder, Pizarro y sus capitanes a fin de cerrar alianzas, tomaran por esposas a jóvenes de la aristocracia y de la familia real incaica, sometiéndose a los ritos incaicos.

Los quechuas eran los dominadores, pero no dejaban de ser una minoría entre conjunto de pueblos andinos. Los castellanos sabrán maniobrar con estos pueblos en contra de los quechuas aprovechando el dolor acumulado y la frustración tras siglos de cruenta dominación. El imperio inca es un imperio de equilibrios muy ajustados que se hunde desde su interior en luchas intestinas entre las familias y castas del poder.

La verdadera conquista del Bajo y Alto Perú y del territorio chileno, vendrá para los castellanos, en los años posteriores a la toma del poder. Sera una conquista, no del poder, sino desde el poder, para reprimir la resistencia de algunos pueblos (como los irredentos mapuches de Chile) y los reiterados levantamientos indígenas, cuando el sistema de dominio castellano presente su verdadera cara explotadora. Esta guerra de conquista de después de la Conquista, llegara hasta Túpac Catari ya en el siglo XVIII.

La facilidad con que los españoles se harán con el territorio del altiplano se convertirá después en otra guerra sin fin, cuando penetran en los llanos y en las tierras bajas y se enfrentan a las feroces e irreductibles tribus chiriguanas y guaraníes, a las que la colonia nunca llego a dominar, guerra que no acaba con el fin de la colonia si no que continua en el periodo republicano posterior a la independencia, adentrándose casi hasta el siglo XX.

Durante muchos años el territorio de los chiriguanos será territorio fronterizo de manera similar a como lo fue para los romanos el territorio al otro lado del Rhin, el de los barbaros del norte. Es un territorio, al que los castellanos penetran puntualmente intentado reprimir y parar las correrías chiriguanas que, de tiempo en tiempo, asolan las poblaciones diseminadas de colonos y amenazan las fundaciones de frontera, como San Bernardo de Tarija o Santa Cruz de la Sierra, fundadas como plazas fuertes adelantadas para parar esas incursiones.


Allí donde se acababa en los llanos el imperio inca (incapaz de dominar a los barbaros del este) allí acabara también el imperio colonizador hasta que los chiriguanos y guaraníes no sean ganados (ya muy tardíamente) por el cristianismo o reducidos a la selva.

Ni los españoles, ni los bolivianos republicanos, ni los quechuas del frio clima altiplánico anteriormente, pudieron con los chiriguanos (el nombre en idioma quechua derivaría de chiri = frío y wañu = excremento, explica el desprecio que ocultaba la frustración de no poder con ellos) de las tierras bajas, donde el calor, la humedad, la vegetación , los insectos y los animales salvajes eran el mayor enemigo de los ejércitos convencionales.

De alguna manera, la guerra del Chaco (1932 – 1935) entre bolivianos y paraguayos, reproduce el desastre de aquellas guerras de conquista colonial. Los soldados bolivianos, campesinos aimaras y quechuas, llevados como carne de cañón desde el altiplano a aquella carnicería, morían como chinches victimas de enfermedades tropicales en aquel desconocido y extraño país.

Una guerra sin sentido, absurda como todas las guerras, sin honor ni gloria para los pobres soldados que, en general, no sabían ni porque combatían, ni porque morían. La gloria era cosa de los militares enfangados en dar sentido a su absurda profesión, llenándose la boca de frases patrióticas.

Hoy todavía me enrojece oír hablar a las autoridades políticas y militares de aquel desastre, y a la humilde gente del pueblo, conmemorar las efemérides de aquella guerra vergonzosa, como si hubiera sido un orgullo participar en ella. Resulta sorprendente como, el discurso patriótico todavía hoy, puede mantenerse a lo largo del tiempo a pesar de su vacuidad.

No hay pues en la conquista o colonización del Bajo y Alto Perú, gloria ni honor algunos. Lo que hay es explotación del territorio, de sus hombres y sus riquezas, aprovechándose de las costumbres heredadas por los dominadores quechuas. Y ese dominio y explotación no acabo con la colonia, sino que continuó tras la independencia en el periodo republicano con las oligarquías y los gobiernos criollos que dominaron la política, el ejército, las minas y las grandes fincas agrícolas.

Con la independencia, la aplastante mayoría indígena no llegará al parlamento. Seguirán siendo mineros o campesinos que, aportarán su tributo al estado, pero se quedarán políticamente en el nivel de los curacas, intermediarios estos, como en la colonia, entre los indígenas campesinos y el poder.

Esta estructura social, presidida por una clase en general ociosa de propietarios criollos que, se dedicaban a la política o a conspirar con el ejército en una incesante continuidad de golpes de estado y una gran masa campesina que proporciona una gran oferta de mano de obra barata, apoyada en su incultura y en su inercia a través de los años, será la causa del estado de subdesarrollo y postración de la economía y de la mayor parte del pueblo boliviano que, a inicios del siglo XXI, sigue desconociendo la revolución industrial, cultivando campos con el arado romano y construyendo edificios con las tecnologías de la Roma clásica.

El modo de producción impuesto por el imperio incaico, reelaborado por la colonia y mantenido por los gobiernos republicanos bajo el canto glorioso de la independencia y la libertad, sigue así presente hoy por hoy en Bolivia.