domingo, 14 de junio de 2015

PUCCINI

Alberto López - 1996


Giacomo Puccini

La música de Puccini es la de mi intimidad sentimental. Está asociada a mi ensoñación en soledad, a los momentos en que vuelvo sobre mi mismo. Con ella me encuentro de nuevo, solo, en el mundo ante el cosmos. Lo demás, los demás, son otra cosa… Incluso la familia es otra cosa… ¿Las amistades?...siempre han sido coyunturales. Sin embargo vuelve el recuerdo de mi padre, y curiosamente, también, el de mi perra Lola, fallecida hace unos años. Vuelven sus miradas, sus ojos grandes que parecían mirar desde el infinito eterno de su corazón. Dos seres con los que fui ingrato, a los que no supe querer y valorar suficientemente y a tiempo. Dos seres que querían en silencio, como quieren los que quieren de verdad.

Pavarotti inicia Che Gelida Manina…se me pone un nudo en la garganta… las lágrimas se asoman a mis ojos en un sentimiento que ni entiendo, ni controlo…me digo… soy idiota… soy un sentimental… esta música me produce también una cierta exaltación de mi intimidad, que me hace decir yo puedo, a pesar de todo, yo puedo.

Me viene la imagen de aquel niño, un domingo por la tarde, solo en aquella casa de la infancia, principio y final de todas mis posteriores casas, recreándose en la ensoñación de su soledad, con ganas de llorar sin otro motivo que el de tener lágrimas. Viene con la imagen de mi calle, de mi barrio y con la de mi padre, ya mayor, que adoraba la música de Puccini. A pesar de que los melómanos ilustres dijeran que el maestro italiano era demasiado fácil, popular, sensiblero, ecléctico y comercial, para él era el mejor…porque tocaba al corazón.

Se sentaba en una silla incómoda, de respaldo recto, frente al enorme mueble construido por él mismo que presidía la sala de la casa, y que englobaba un gran aparato de radio Philips, un giradiscos que se ocultaba bajo una tapa elevable y su colección de vinilos de ópera y zarzuela (que con tanto sacrificio fue adquiriendo a lo largo de una vida) encerrados, libres de polvo y cuidadosamente ordenados tras dos pequeñas puertas… Solo… sin moverse… con un respeto y devoción casi religiosos, escuchaba atentamente a Puccini… ¡Qué pensaría entonces por la cabeza de aquel humilde ebanista que apenas había pasado por la escuela!

Mi padre siempre estuvo muy solo. En aquella soledad que parecía rellenar el espacio, cuando de niño entraba en la sala sin hacer ruido a escuchar junto él, sentado en la alfombra, aquella música que me trasportaba a mundos desconocidos, percibía en la mirada de aquel hombre, un sentimiento profundo de vacío existencial, como si le faltaba algo y no supiera lo que era, que me quedó marcada a fuego entre los recuerdos de mi infancia.

La música de Puccini es para los solitarios que saben que lo son, y que a pesar de todo, saben que pueden salir adelante. Es para los que somos tildados de egoístas, para los que sabemos que al final, solo nos tenemos a nosotros mismos.

Recordando sus ojos, pienso en que debía sentir algo parecido, a lo que en estos momentos de derrota siento yo… ¡Que lejos estuve entonces de mi padre y ahora cuanto le echo de menos!...No valoramos las cosas ni a las personas cuando las tenemos, y después, cuando las perdemos ¡cuánto las añoramos!... ¡Cuánto arrepentimiento hay en esa añoranza!

Los ojos de mi padre retornan desde la memoria olvidada, porque cuando vivía, yo no estaba con el. Era un joven engreído que, como todos los jóvenes, lo miraba con displicencia. Pero ahora vienen momentos, gestos, imágenes y me veo en él…y en su rostro…y sobre todo me veo en su soledad y en su desamparo.

¡Cuánto tuvo que sentir aquel hombre, sin poder abrir su corazón, sin podérselo contar a nadie! Mi madre… buena y gran mujer… ¡era tan práctica y tan dura de carácter!… Desde la muerte de su hija, como una Bernarda Alba, se encerró sobre sí misma reprimiendo sus sentimientos, dejó en un rincón a mi padre y nos impuso a los hermanos una especie de luto permanente. Cuando crecimos, uno tras otro nos fuimos alejándonos del nido familiar en la búsqueda de otras vidas. Mi padre se refugió en sus sentimientos, en el silencioso trabajo artesano de su taller y en la música.

Plácido Domingo acomete ahora Recóndita Armonía… hoy es Viernes Santo y estoy aquí en mi casa de Altea, otra vez solo, rodeado de la música de Puccini… Recondita Armonia… como se puede hacer sentir tan justamente este estado sentimental con la música.

Ahora viene E Lucevan Le Stelle. Mi padre me decía… mira Luis Alber, esto es el adiós a la vida de Tosca… escucha en silencio… mira como sube y como se para aleteando en el aire como un colibrí…mira con que sentimiento canta…es que nadie llega al corazón como Puccini… parece como si le estuviéramos viendo cómo se despide de la vida.

La marcha final de O Dolci Mani… cuanta tristeza, cuanto desgarro y cuanta grandeza en esos dos versos de un mismo poema… el amor y la muerte…el corazón se encoge en un puño… cuando rompen los aplausos finales es como si se rompiera la tensión y los sentimientos contenidos, se desbordaran imparables.

O Mio Babbino Caro…es un pasaje especialmente dulce… el que me hubiera gustado que mi madre me cantara cuando era niño y que yo tampoco se lo he sabido regalar a mis hijos… como mi padre me he pasado la vida reprimiendo mis sentimientos…nos han entrenado, en esa escuela sin sentido, donde los hombres no deben rebajarse a llorar… lo canta Renata Tebaldi, que con Victoria de los Ángeles, eran las dos sopranos que más le gustaban a mi padre…a mí me llega más cuando es una mezzo quien lo canta... resulta de una dulzura más profunda… es tan dulce que le sobra la dulzura de la soprano.

Ahora llega Nessun Dorma… siempre lo he sentido como un pozo insondable, de fuerza, de potencia…siempre he recurrido a ese pozo cuando lo he necesitado, cuando me he sentido con problemas, cuando he tenido que volver a ponerme en pie… Pavarotti es quien mejor lo interpreta, pero sobre todo quien mejor lo acaba…nadie dice el segundo vinceró como él.

Y nadie como la Tebaldi haciendo las transiciones en Tosca, sin romper del todo la continuidad cuando baja de nota a nota… es como bajar una escalera… unos la bajan golpeando peldaño a peldaño, otros lo hacen elegantemente, parece que no pisan, como si bajaran por una rampa…es el detalle de la transición de un momento a otro, donde en todas las artes se puede enjuiciar el talento del artista… es el momento poético donde un edificio un discurso, un cuadro, un poema, de pronto se iluminan…en esas transiciones, está precisamente el Puccini más grande.