sábado, 18 de marzo de 2017

Ramón Alberto Mejía Bohórquez


Un paisa de pura sepa, de esos que quedan pocos, fue el que tuve la suerte de entrevistar en su librería del barrio Prado de Medellín. Promotor cultural y social, conferencista, periodista y escritor. A sus 77 años aún sigue activo, escribiendo, dictando conferencias y asesorando empresarios para que jalonen la productividad y la oferta de empleos dignos que tanto necesita el país. 

De una memoria prodigiosa que atesora gran cantidad de historias de la Medellín de antaño. Y no podía ser de otra forma pues fue educado por grandes maestros de instituciones cristianas.

Nació en la clínica Los Ángeles de Medellín en 1940. Su padre Ramón Emilio Mejía Arcila, ingeniero electromecánico,  nació en Armenia mantequilla. Su madre Mercedes Bohórquez Hidrón fue maestra de escuela, nacida en Medellín.


En la foto vemos a Doña Mercedes Bohórquez de Mejía, madre de don Ramón Alberto, dando clases en la escuela Luis Alfonso Agudelo del barrio La Bayadera. Foto de Jorge Restrepo.

Desde pequeño tuvo la ilusión de ser escritor y cuando estudiaba en el colegio San José con los hermanos cristianos deseó ser sacerdote, tanto que fue enviado al seminario de Yarumal, donde un día el rector viendo sus cualidades le recomendó que se fuera para el mundo, pues pensaba que su futuro estaba en medio de la sociedad, y así lo hizo.

Autodidacta, de los que no paran de investigar y aprender cada día cosas nuevas. Hizo varios cursos que ofrecía en ese tiempo la Hemphill Schools. Por decisión propia decidió educarse y aprender en el yunque de la vida, que a veces ofrece dolorosas experiencias, pero que forja grandes hombres.

Se ha realizado de esta forma como periodista y escritor, y lo ha hecho tan bien que ha recibido muchos reconocimientos. Frecuentente ha sido entrevistado en programas de televisión y de radio. Ha escrito en el periódico El Colombiano, sobre todo cuando era dirigido por doña Ana Mercedes Gómez Martinez. 

Ha escrito libros sobre ética y valores, su primer libro fue Horizontes despejados, su editor ha sido Óscar Valásquez Tamayo, de Grafoprint. También dicta conferencias sobre temas empresariales y gerenciales. Sobre este tema escribió recientemente el libro “Creación de nuevas empresas y aumento en ventas. Le preocupa ver que algunas empresas, cierran o vienen presentando balances negativos, y no solo por la difícil situación y la corrupción que presenta el país, sino por fallas administrativas y gerenciales. Ese es el objetivo de su reciente libro, que sugiere soluciones positivas.

El origen de la corrupción subyace en un sistema educativo que no inculca valores ni deja claro que no todo lo legal es ético. Se añade a esto un sistema judicial laxo, que impone penas cortas  a los defraudadores sin exigirles la restitución de los bienes o el dinero que han ilegalmente sustraído.

Don Ramón opina que las nuevas tecnologías informáticas deben usarse con responsabilidad, para que no solo se conviertan en distracción y sean aprovechadas para la investigación y la formación del conocimiento, sobre todo en las etapas iniciales de la formación de la población escolar y universitaria. Por eso está de acuerdo con la recomendación de la directora del Bienestar Familiar, de no darle teléfonos celulares a los menores de 14 años,  solo darle los modelos básicos que solo sirven para tenerlos siempre en contacto y sirvan para contactarlos telefónicamente.

Es que con la inseguridad que vivimos, darle a un niño un teléfono de alta gama no solo sería un objeto de distracción para el buen desempeño de sus estudios, sino que los pondría en gran riesgo, dado el creciente robo de estos aparatos.

Llegó la hora de despedirnos y salgo de la casa de don Ramón con la satisfacción de haber conocido a una persona de grandes valores morales y éticos, un paisa de esos que aún cree en el valor de la palabra. Un hombre paisa como los que menciona Jorge Robledo Ortiz en sus poemas. Y ahora tengo la certeza de que aún no se han muerto los abuelos.

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domingo, 12 de marzo de 2017

LA PILILA REBELDE

Alberto López

Monaguillos del pintor valenciano José Lull
Mi madre era una persona bastante religiosa, pero nunca fue una intolerante que nos impusiera sus creencias. Éramos una familia católica (con Franco, por definición, todas lo éramos) pero cada hijo cumplía a su manera. Con excepción de la obligada misa dominical, no recuerdo que nunca me recriminara por no asistir a algún acto religioso en la parroquia. 

De niño, al atardecer, la acompañaba en ocasiones al rosario, pero pronto deje de ir, sin mayor objeción por su parte. Aquel susurro de viejas con la iglesia en tinieblas me daba sueño. Para ella la religión era un asunto personal, como pienso debe ser para todo creyente civilizado, crea en lo que crea.

Por entonces, todas las madres, influenciadas por la prédica católica-apostólica- guerrera de la Dictadura, deseaban que alguno de sus hijos fuera al seminario o a la academia militar para, como por entonces se decía, servir a Dios y a España. Mi madre, poco proclive a lo militar, me prefería cura, pero no recuerdo que me empujara mucho hacia ello. Donde sí nos empujaban era en el colegio.

Una vez al año, cuando la diócesis celebraba la cuestación económica del llamado Día del Seminario, llegaban de visita, jóvenes seminaristas, entusiastas, alegres y guapos, vestidos de negro con su elegante toga roja, con la sana intención de cazar ingenuos infantes para incorporarlos a la carrera eclesiástica (era una buena salida de trabajo) al servicio de la Santa Madre la Iglesia. 

Nos contaban lo bien que lo pasaban en el seminario, los deportes y las estupendas instalaciones que tenían, lo bien que se comía (entonces era un argumento de peso) la camaradería y no sé cuántas cosas más. A algunos, en general a los de condición más humilde, se los acababan llevando. A mí también me hicieron tilín, pero aguante el tirón y gracias a Dios hoy soy ateo.

José Ramón, el mayor, era el más religioso de mis hermanos. Pertenecía a la Adoración Nocturna, una organización católica con un cierto tufo mesiánico-fundamentalista, en la que los hombres se pasaban la noche en la iglesia rezando, dándose golpes de pecho y tumbándose de bruces frente al Santísimo. Cuando se encerraban en la iglesia, después que los fieles salían del oficio vespertino, mi voraz imaginación infantil veía a aquellos oscuros adoradores de la noche, como practicantes de algún rito tan secreto como innombrable. 

Vamos, más o menos, como en una novela de Dan Brown o en alguna película de terror de Boris Karloff, de las que pasaban en el programa doble de la sesión infantil del cine del barrio. Más adelante me enteraría que, cuando el cura se iba a dormir y dejaba solos a los adoradores, aparecían los bocadillos de tortilla y chorizo, la bota de vino, el café y la copa de coñac y comenzaban las partidas de mus hasta el alba. 

José Ramón siempre ha sido un poco fundamentalista en sus tomas de postura y en las opiniones que suele dar cuando discute. Uno de sus mayores placeres es llevar con arrojada vehemencia la contraria. El transcurso de los años en vez de volverlo más comprensivo y tolerante, lo han hecho aún más intransigente. Para el todo es blanco o negro. Recuerdo que mis otros dos hermanos, se reían de su fervor religioso que le llevaba a adorar al Santísimo tumbado en el suelo junto a otros hombres. Ahora es el único ateo de ellos tres, aunque por llevar la contraria en una discusión, es capaz de declararse más católico y apostólico que el mismísimo Papa.

Desde niño, el espectáculo de los ritos, la liturgia y los oropeles de la iglesia católica, me han impresionado y cautivado. El boato barroco y la puesta en escena de sus actos litúrgicos, el órgano, cuyo profundo sonido bajo las grandes bóvedas no se adivina de donde procede, el incienso con su humo blanco y su perfume invadiendo todo el espacio del templo, los cantos en latín, eran aspectos que me transportaban a un estado casi místico, donde el erotismo y el diablo andaban por allí enredando. 

Claro que estoy hablando de cuando las misas se hacían en latín y de espaldas a los fieles. Ahora ya no es lo mismo. Con el cambio al idioma vernáculo y con los oficiantes de cara a la parroquia, la liturgia ha perdido el misterio, destripando el oscurantismo mágico y convirtiendo el rito católico en un acto prosaico, como de living pequeñoburgués, tal y como hace tiempo hizo el protestantismo. Así que los parroquianos, sin ese misterio, se han vuelto descreídos, y alejándose de la madre iglesia, se orientan ahora hacia las ciencias ocultas, el horóscopo y la parasicología. Yo pienso que los obispos modernos, se han equivocado dejando la religión en los huesos, porque claro, para eso, ya estaba la ciencia. 

En mis años de infancia y adolescencia, las estatuas de los santos me producían sentimientos ambivalentes de rechazo y atracción, de miedo y erotismo, sentimientos que, a su vez, dejaban en mi espíritu infantil, un cierto poso de culpabilidad por el mismo hecho de tenerlos. Pienso que la iglesia católica ha sublimado a través de las imágenes santas, siglos de represión sexual, de los que han sido víctimas no solo los creyentes de a pie, sino también sus propios pastores, que han llevado la carga de la castidad mal que bien, a base de cilicios mentales y físicos, y de domar la potranca de la polla cuando esta se les encabritaba, a base de látigo y otros castigos.

Ejemplo de esta erótica eclesial católica, en la que la presencia de abundante sangre añadía un componente erótico más, son las imágenes de muchos Cristos crucificados herederos del periodo barroco, que nada tienen que envidiar a las del sangriento cine americano actual de Mel Gibson o de Tarantino, de la Virgen con el corazón al aire cruzado de flechas (nunca pude entender, como conseguían pintarlo sin que se le vieran las tetas), de las imágenes de santos mártires descuartizados representados con un detalle casi pornográfico, o de las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús con el corazón sangrante saliendo del pecho, que en aquel tiempo inundaron los hogares católicos españoles y cuya advocación que data del año 1919 con el Papa León XIII, promovía con nuevos bríos el nacionalcatolicismo franquista ya desde la Guerra contra la República. 

Es conocida la práctica por la que muchos soldados rebeldes, especialmente carlistas, llevaban Sagrados Corazones de fieltro adheridos a las guerreras (se les llamaba detentes) para detener las balas enemigas.

Mi madre, siguiendo las recomendaciones del estado católico, puso una de aquellas imágenes de chapa enlozada en la puerta de la casa con la figura en cuestión, como afirmación pública de que la familia que la habitaba estaba consagrada a aquella advocación, bajo el lema El Sagrado Corazón de Jesús reina en esta casa, a la vez que entronizaba una imagen de escayola comprada en la ferretería del barrio sobre una peana neogótica de caoba que hizo mi padre, en un lugar prominente de la sala de estar. 

El día de su entronización formal, nos vestimos toda la familia de domingo e hicimos venir el párroco para consagrar la imagen. Con motivo de ello, le ofrecimos una opípara comida, que me sirvió para que ya desde la infancia pudiera comprender, el significado de la socorrida frase popular: “vives como un cura” 


Recuerdo que, a la entrada de nuestra parroquia, había un gran Cristo crucificado casi desnudo, con un paño mínimo cubriéndole pudorosamente sus partes, y del que inconscientemente quedaba colgada mi mirada con una cierta complacencia erótica. Mis reflexiones iban, sobre cómo aquel pequeño trozo de tela podía sostenerse, y sobre lo que podría ocultarse tras él. Porque a mi inquisitorial mente infantil le surgían dudas, sobre si a Nuestro Señor le colgarían también como a mí, sus correspondientes cojones entre las piernas, cuando precisamente, aquella parte del cuerpo humano de la que en aquel entonces apenas se podía hablar y menos enseñar, ni en público ni en privado, era tan denostada por los curas, como símbolo fatal del pecado. 

Recuerdo que aquel trapo ocupo también por entonces mis infantiles sueños eróticos, ya que en uno de ellos veía al trapo soltándose poco a poco, hasta que en el momento clave de su caída final, me despertaba sin terminar la escena y con el pijama mojado. 

Cuando volvía de mi mirada colgada ante el crucificado, apartaba rápida y vergonzosamente la vista, consciente de mi pecado, que como decían los curas, debiera haberme llevado a arrancarme los ojos, tal y como hizo Santa Lucía siguiendo las indicaciones del Nazareno…si los ojos te escandalizan, arráncatelos… Pero no era yo solo quien se recreaba en aquella contemplación de desnudez, sino que aquel cuerpazo sanguinolento y medio en pelotas, también atraía a muchas beatas. 

Siempre había ante él, mujeres hincadas de rodillas, rezando fervorosamente (pensaba ingenuamente yo) con su cara oculta tras sus negras mantillas, a la espera de que el paño cayera milagrosamente y consiguieran ver los cojones a nuestro divino Redentor. Y es que, en todos los episodios de sufrimiento y éxtasis religioso de la iconografía católica, tan marcados por la estética barroca, hay un fuerte substrato erótico que sale por las costuras de la castidad moral.
Ejemplo de la influencia de esta erótica religiosa que pesó como una losa en mi infancia, es el episodio que voy a narrar a continuación.

Es sabido que la comida y el sexo han caminado siempre muy unidos, así que comer el cuerpo de Cristo, siempre me pareció eróticamente un asunto de lo más estimulante. Después de comulgar me arrodillaba compungido y ensimismado, y me elevaba espiritualmente hasta casi levitar. En fin, que, por aquellos años juveniles, yo que siempre me tomo las cosas muy a pecho, casi me convierto en un místico, como San Juan de la Cruz. Pienso que, a través de aquel misticismo infantil, me sucedía como a los santos con sus poesías, que sublimaban con ellas las demandas sexuales que el cuerpo les pedía. Y de ahí arrancaba, lo que se acabaría convirtiendo para mí en un verdadero desasosiego que, durante un tiempo, me trajo a mal vivir.

El asunto radicaba en que, en el momento del clímax de la consagración, cuando el sacerdote levantaba la ostia, me resultaba imposible controlar mi pequeña y rebelde pilila, que se iba empalmando en la medida en que se realizaba el sagrado alzamiento. Yo, claro está, no quería que me pasara aquello, pero no podía evitarlo. Me empalmaba sin remisión. Esto conllevaba un problema, pues si no andaba con cuidado, cualquier vecino del banco donde me sentaba, podía darse cuenta de mi estado de excitación por el bulto de la entrepierna. Así que hacía todo tipo de ejercicios de disimulo, para sujetar aquella carne trémula y sin control que pedía guerra.

Pero el asunto en verdad trascendente, era el pecado mortal que aquel alzamiento conllevaba para mi pobre alma infantil. Un pecado horrendo que desbordaba todo acto de concupiscencia y con el que tenía indefectiblemente garantizado, un billete de primera clase para el infierno. Un pecado, además, para el que no había penitencia ni perdón posible, pues, a ver quién coño era el majo que se presentaba, así, sin más, ante un confesionario y le soltaba al cura, que a uno se le empinaba la pilila cuando el sacerdote levantaba la ostia en la consagración. 

En fin, que, no me atrevía a confesar tan execrable pecado, por lo que, durante largo tiempo, estuve, ¡inconsciente de mí! viviendo en pecado mortal, con el riesgo de acabar para siempre en los infiernos si, como decían los curas, un accidente de coche o la caída de una teja en la cabeza acababa con mi vida.

Con el paso de los años, mi pilila, en la medida en que se iba convirtiendo, como Dios manda, en una polla adulta, se fue domando poco a poco y dejo de responder como una depravada a la provocación de la consagración. Entonces fue cuando relativice aquel pecado mortal, diciéndome a mí mismo que, no era tan mortal, porque el recalentamiento no respondía a mi voluntad ni deseo, sino a mi incontrolable y pervertido inconsciente. 

El pecado todo lo mas seria venial y además no era mío, sino de ella, que andaba como una loca a su puto aire y por su cuenta. Todo lo más que me podía pasar, era que, cuando llegara al cielo, San Pedro me pidiera cuentas y exigiera que para poder entrar me la cortaran, y enviaran aquel irreverente cacho de carne al infierno. Claro está que, el asunto también comportaba algunas sesudas dudas teológicas, porque en el catecismo no se hacían referencias a salvarse y condenarse por partes. La salvación era de uno, como un todo. Era o todo o nada. No era pues fácil imaginar unas partes del cuerpo caminando por el sendero del cielo y otras por el del infierno. 

Pero bueno, yo tenia la esperanza de que San Pedro fuera comprensivo, he hiciera conmigo una excepción cortándome la polla y echándosela a los demonios, para así salvar el resto de mi cuerpo y poder disfrutar de la contemplación de Dios entre los justos. Porque, razonaba yo: ¿acaso los ángeles, arcángeles, serafines y querubines tienen polla?... Que yo supiera, no. Y también estaban en el cielo… ¿verdad? Pues eso, yo podía ser otro querubín más sin polla. La cosa era no ir al infierno y llegar al cielo, aunque fuera incompleto. Total, para el uso que suponía se haría de mi pequeño instrumento entre los justos…En fin que, no me parecía una gran pérdida.

Estuve dando vueltas al asunto durante mucho tiempo sin conseguir salir de dudas, hasta que finalmente me armé de valor, di el paso, y me fui al confesionario, a consultar con Don José (el cura párroco que había bendecido el Sagrado Corazón de Jesús en mí casa) para ver si me iluminaba y me sacaba de aquel desasosiego que me estaba robando la paz del alma. Cuando después del protocolario, Ave María Purísima y el sin pecado concebida, se lo comencé a explicar, a medio camino de mi discurso, me soltó una ostia en la cara que me dejó dibujados los cinco los dedos de la mano, a la vez que con muy malas formas me echaba gritando de la garita: tu chaval no se si eres un pervertido o un idiota… anda por ahí y sal de la iglesia que ya hablaré yo con tu padre….

Cuando el cura le comentó a mi progenitor lo sucedido (me indignó mucho que trasgrediera el sagrado secreto de confesión) este admitió que yo era un poco raro, que ya me habían llevado al siquiatra por otros motivos parecidos, pero que el médico le había quitado hierro al asunto, asegurando que, si bien era un niño un poco nervioso y quizás en exceso sensible, todo se me iría pasando de manera natural con el crecimiento. El tratamiento recomendando en aquella ocasión fue que, jugara más al futbol, tomara una cucharada de aceite de ricino con las comidas y aumentara mi ración diaria de fruta Desde entonces no he tenido mucha confianza en los siquiatras.

En cualquier caso, a mi padre el asunto del párroco no debió preocuparle gran cosa ya que no me aplicó ningún castigo suplementario a los trompazos y coscorrones habituales a que me tenía acostumbrado. Más bien pienso que cuando el cura se marchó, se quedaría descojonando de risa, bajo la mirada silenciosa y desaprobatoria de mi madre para quien la autoridad eclesiástica era cosa muy seria. Como el resto de los padres del barrio, sabía que, todos los chavales nos matábamos a pajas soñando con las actrices del cine americano. La única particularidad de las mías (que en cualquier caso tenían la disculpa de producirse de manera involuntaria) era que, en lugar de las actrices, las provocaba el acto de la consagración. 

Pero no creo que pensara que yo lo hacía por hacerle un feo a Dios Nuestro Señor. Al final y a la postre debió suponer que, todo eran cosas de niños inocentes y que para convertirme en un cabrón de los de verdad, ya tendría más adelante, tiempo de sobra en la vida.

Ahora, siempre que entro en una iglesia atraído por su arquitectura, sobre todo si está vacía, me gusta sentarme en un banco del fondo, dejándome envolver por el silencio del espacio religioso, mientras mi mente se pierde en lo alto, contemplando los entrelazados flamígeros de los arcos de las bóvedas. Lo curioso es que todavía, la entrepierna, llama a veces al recuerdo de aquel episodio de mi candorosa infancia que, a punto estuvo de hacerme acabar para toda la eternidad, en las calderas de Pedro