miércoles, 11 de marzo de 2020

TEATROS DE MI BARRIO

Teatro Santander.
Fundado en 1940.

Calle San Juan con carrera 88

En el año de 1940 la fracción del barrio La América tuvo un gran desarrollo. La carretera que la unía con "Medellín", fue arborizada y comenzó a llenarse de casas. Las calles del Barrio Cristóbal fueron pavimentadas con un costo de seis mil novecientos ochenta pesos, (6.185 metros asfaltados). y contaba con alcantarillado.

Cine Colombia en este mismo año construyó el Teatro Santander, con capacidad para 1.500 personas. 

Con el paso del tiempo se fue especializando en cierta clase de público. El Santander quedaba en la entrada del barrio Cristóbal, y se fue convirtiendo en el cine popular por excelencia, en donde sus clientes más fieles eran los estudiantes del liceo Salazar y Herrera fugados de sus labores escolares. 

Ellos armaban un despelote en el "gallinero" (Balcón del teatro), fumaban cigarrillo y arrojaban pepas de mango, escupas y mamoncillo a los espectadores. 

En cierta ocasión, en la que yo estaba, prendieron las luces mientras el padre Damián Ramírez, rector del Liceo Salazar y Herrera, entró al teatro y sacó a todos los alumnos que estaban "capando clase". Los llevó entonces en fila india hasta el colegio. Ahora funciona allí un depósito de materiales.

EL TERREMOTO

Estando aún muy pequeño, mis hermanos me llevaron a ver una película al teatro Santander que quedaba cerca de nuestra casa. Todo marchaba bien y disfrutábamos comiendo crispetas cuando las sillas comenzaron a moverse y se sentían ruidos en el techo. Todos salieron corriendo en la oscuridad de la sala saltando sobre los asientos en medio de una gran algarabía, mientras la película seguía proyectándose en la inmensa pantalla.

Comenzaron a caer pedazos del cielorraso, y por los boquetes que quedaros penetró la luz del sol formando columnas de luz amarillentas en el polvo que invadió el sitio. Quedé solo en medio de la penumbra cuando la tierra se aquietó, sin entender que había pasado. 

Entonces sentí que mi hermana, que había regresado, me jalaba fuertemente de la mano para sacarme del lugar. 
Al llegar a casa supe que había sentido el primer terremoto de mi vida.

LAS VISTAS



En mis tiempos escolares estaban de moda "las vistas", que eran los fotogramas de las cintas de las películas. Como las cintas eran de celuloide, a veces se reventaban o hasta se quemaban en el proyector, interrumpiendo la película. El operador tenía que arreglar el entuerto en el menor tiempo posible ante la protesta de los asistentes que le gritaban en medio de la silbatina: "Operador, soltá al muchacho"...

Los recortes de cinta inicialmente iban al cesto de la basura, pero al terminar la función el proyeccionista del teatro Santander nos vendía o hasta regalaba los pedazos de película. 

Entonces corría a casa para recortar los fotogramas para clasificarlos y ordenarlos según el tema que mostraran. Los que contenían la presentación del film, los protagonistas, paisajes, los cuadros, que eran las que mostraban las imágenes más bonitas. Los que presentaban el nombre de la película y el The End final, eran muy valiosos; y las vistas deterioradas o que no mostraban algo interesante, eran llamadas: "reques".

Pero el caramelo escaso eran las vistas que mostraban el beso que siempre se daban al final de la película. El que tuviera esta vista la podía intercambiar por varias que considerábamos de menor valor; y éramos expertos en el tema.

Teníamos un cuaderno destinado para guardar nuestra colección. Con una cuchilla hacíamos cuatro pequeñas muescas para empotrar cada vista, por categorías, como dije antes.

Los más avezados construíamos un proyector con una caja de cartón, un bombillo y una buena lupa. Si quedaba bien hecho, obteníamos una proyección de calidad muy aceptable que atraía una buena audiencia. Nos divertimos mucho con ese pasatiempo.

Lamentablemente al llegar la adultez cambiamos nuestro gustos, y el álbum quedó en el olvido. Al recordar esto me doy cuenta que añoro mi bello cuaderno y mis hermosas vistas.

domingo, 8 de marzo de 2020

EL BOBO DEL PUEBLO

En todos los pueblos de Antioquia se cuentan historias de "bobos", que dejaron su huella indeleble con sus divertidos dichos y ocurrencias. Muchos de ellos vivieron en Medellín; cuando era un pueblo grande.

Iré recopilando estas historias, de las cuales algunas surgen de las que he oído o leído, y que me parecen que se deben preservar para que las generaciones más jóvenes y las venideras las conozcan.

MARAÑAS


Fotografiado por Benjamín De La Calle en 1906

Foto de Nemesio Mejía Montoya, Marañas en sus 34 años.

El nacimiento de un dicho y una regla de prudencia al tomar decisiones.

Lo oí por ahí.

Dicen que Marañas iba por la calle cuando lo llamó una señora por la ventana: - 
Vení Marañas, entráte a mi cocina que te voy a dar un regalo muy bueno. Marañas entró con recelo y la doña le empacó en una totuma grande un poco de arequipe. (Resulta que la señora había visto que una cucaracha había caído en la olla) No era pues cierta su generosidad.

Marañas rechazó el regalo, y la señora extrañada le preguntó: 
- ¿Por qué no querés el arequipe Marañas? Si yo sé que te gusta tanto. Marañas le respondió: 
- "Muchas gracias mi doña, es que de eso tan bueno no dan tanto".
De bobo no tenía un pelo.

De Marañas, tanto hay para decir. Patisucio, gago y desgarbado, con su sombrero alón, una jíquera llena de herraduras, ruana en hilachas como el pantalón y niguas a granel, para mucha gente no era tan loco ni tan bobo como aparentaba sino el sujeto astuto y cauteloso, chistoso además y mal hablado en ocasiones. 

Envigadeño, sin dejar de ser estúpido hacía gala de ser talentoso y genial, se recuerda de él que era su especialidad recoger las herraduras que se soltaban de los cascos de las bestias para venderlas a los mismo dueños de éstas o a los herreros”. 
(Octavio Vásquez Uribe en su libro “Guayaquil por dentro”).




La noche que encendieron el primer alumbrado público en Medellín, había luna llena. Al iluminarse todo el parque, Marañas miró la luna y gritó esto a todo pulmón: 
- "Te jodites luna, andáte a alumbrar a los pueblos".


El día de la inauguración del alumbrado público fue el día 7 de julio de 1898 a las siete de la noche. se prendieron las primeras 150 bombillas de arco en el parque de Berrío.


“En cierta ocasión le preguntó un riquito de Palacé si tenía novia y pensaba casarse y le contestó: 
- “Ni que yo fuera bobo, pa’ qué novia y pa’ que mujer si con yo mismo tengo.”

Nemesio Mejía Montoya, más conocido como “Marañas” es junto con Cosiaca, otro legendario personaje de la picaresca paisa. Contemporáneo de Cosiaca (siglos XIX y XX. Cosiaca murió muy anciano en Medellín en 1910), quizá hasta se pudieron haber "topao" en algún paraje o camino antioqueño, el uno sin tener noción del otro, Marañas nació en 1872 en Itagüí Antioquia.

Este famoso personaje antioqueño llenó con sus dichos y ocurrencias la picaresca del siglo XIX y principios del XX. De ropas viejas y raídas, a pie limpio y con jíquera terciada en lugar de carriel.

Hombre de corta estatura, piel morena, cargado de espalda en su vejez, gago y sucio, tan sucio que tal vez no conoció más agua en su vida que la del bautismo, aunque paradójicamente sentía una enfermiza afición por los perfumes. Era analfabeta y le dio por vivir como un patojo desgreñado recorriendo a pie los caminos detrás de las recuas de mulas para recoger herraduras, las que vendía en las fraguas.

Andaba de un sitio para otro bien acogido y celebrado por la gente. Era señalado como “el bobo del pueblo” más característico de su tiempo. Todos lo querían y le daban para vivir. Por habitación tenía un arruinado trapiche a orillas del río Medellín, a donde llegaba de noche, pasado de copas que la simpatía general le brindaba, a dormir “la mona” al arrullo del mismo “Aburrá” (que así se conocía también en aquella época el río Medellín). Nunca trabajó porque, según decía, “el hombre es de barro y se rompe fácilmente”.

Se dice que don Tomás Carrasquilla (1858, Santo Domingo Antioquia – 1940, Medellín Antioquia) pudo conocerlo personalmente, y fue tanto el cariño y aprecio que le tuvo, que se inspiró en él para crear el personaje de Peralta en el cuento “En la diestra de Dios Padre”.

Cosiaca no fue el único avispado que logró vivir de la caridad en la antigua Medellín. Sus ocurrencias convivieron con aquel muchachote que a su paso largaba una estrepitosa carcajada que con frecuencia hizo avergonzar a la élite local. Con dotes de bobo y filósofo Marañas demostró tener la inteligencia suficiente para comprender su realidad. Durante la crisis económica producida por la guerra civil de los mil días aquel sabio vagabundo argumentó que no había crisis alguna, ya que no desaparecieron ni ricos ni tampoco los pobres. Algunos de los primeros cambiaron los puestos con algunos de los segundos. No más. Así transcurrió su vida, tranquila y feliz.


MAJIJA


José Antonio Ramírez, Majija.
Fotógrafo: Gabriel Carvajal Pérez. 1957
Majija ¿quién es bobo de tu casa?: 
- "el bobo de mi casa es mi hermano, que es el que trabaja".

De Majija se recuerda entre muchas, esta anécdota:

Estaba en los años cincuenta un señor, llamado Alfredo, haciendo “cola” para ingresar al cine con su novia y se le acercó Majija a pedirle una limosna, mi tío sacó de su monedero un billetico de los de 50 centavos, los que llamábamos “Lleritas”. Ante tal generosidad la expresión del “bobo” de Majija fue precisa: 
- “¡Ah, vos tan bobo, con cinco centavos hubieras quedado bien!”. Los personajes no eran pues tan bobos o tontos.

Fue el bobo de la época moderna, amigo del cine, los deportes y hasta de la televisión. Su indumentaria hecha de remiendos necesarios, urgentes y necesarios al principio, estuvo finalmente lleno de "remiendos" en colores vivos, bien definidos para llamar la atención. Usaba un sombrero de copa alta y de anchas alas; estilo mejicano, que sobresale entre la concurrencia de la calle Junín. Allí en la tarde entre la concurrencia de pipiolos ociosos, conocidos como "Los titinos", le hace la corte a las niñas que transitan. 

Gozó Majija de gran simpatía. Alguna vez alguien le dijo que lo estaban buscando para actuar en una película de cine, pero él contestó que no dejaba su vida en la calle Junín por ninguna plata. En alguna ocasión que viajó a Bogotá, de donde regresó a los pocos días; le preguntaron la causa de su rápido regreso, dijo que en Bogotá  la profesión estaba muy desgraciada, pues había mucha competencia.


Una vez un médico se ofreció a operarlo gratis de la nariz y curarle la tartamudez. pero Majija le respondió: - ¿Y entonces que hago yo con mi profesión dotor? Suponía que sin esos atributos perdería su personalidad y de la simpatía de la que gozaba; y de su bobada, que explotaba con la fuerza y cálculo de un antioqueño de tuerca y tornillo.

Estuvo varias veces en el Club Unión como invitado especial, vestido de smoking, donde se paseaba por los lujosos salones disfrutando los platos y vinos de los ricachones de la ciudad y divirtiendo a los presentes con sus ocurrencias.

Estaba Majija en una reunión en el Club Unión, vestido de frac y descalzo. Cuando un rico bogotano que no lo conocía, preguntó quién era ese exótico personaje, a lo que un paisa le contestó:
- Es un bobo que siempre traemos a las fiestas, venga mire como es de bobo. El paisa saca un billete de 10 pesos, uno de 5 y otro un peso y le dijo a Majija: 
-  Escoja un billete. y el bobo escoge el de uno. El rolo no se quedó con la intriga y le dice a Majija, que por qué escoge el de peso, si los otros valen más. Majija responde: 
- Ah, vos si sos bobo, si escojo el de peso, no me vuelven a preguntar.

Majija se sirvió a las mil maravillas de su profesión de tonto aparente. No trabajaba, se emborrachaba sin pagar y comía hasta hartarse por igual y cómodo sistema. 
Fuente: Libro "Moscas de todos los colores" de Jorge Mario Betancur Gómez.
Editorial Universidad de Antioquia.

A Majija lo acusaban de ser “jujujú”, o sea de mirar con ojos golosos a los muchachos, cosa que lo sacaba de quicio. Fue el frenillo de su labio leporino el que lo hizo acreedor al apodo, cuando algún guasón al verlo pasar por la calle le gritó: “¡Maricaaaaaa!”, y él contestó: “¿Majija io? Maj majija ej ujté. ¡Majijaaaaa!”. 

Ahí le quedó el apodo como un sombrero, y nunca más volvió a quitárselo de la cabeza. No sabía yo que él hubiera estado en México y participado en la filmación de alguna película, seguramente como extra. 

No sería raro, puesto que no solo se dice que él era de una familia adinerada de Sonsón, sino que sus extravagancias eran patrocinadas por la alta sociedad de Medellín que lo había adoptado como bufón oficial en sus tertulias del Club Unión y en ceremonias de fuste, para lo cual le alquilaban un traje de etiqueta de cola de pato como decir frac, levita, sacoleva, smoking, y sombrero de chistera; o lo que estuviera estipulado para la respectiva ceremonia de corbata negra, que decían. 

Los caballeros iban con calzado encharolado de impecable brillo, pero Majija usaba la indumentaria descalzo, porque decía que los zapatos lo maltrataban. Cuando no vestía de etiqueta, algunos lo recuerdan vestido de arriero antioqueño con un poncho doblado a lo largo que colgaba del hombro izquierdo como una estola, y con una paruma o delantal de tela gruesa por delante que colgaba de la cintura a las rodillas.

Majija murió en Medellín el 19 de mayo de 1973.


MASATO




Manuel José Jaramillo Quiceno, personaje antioqueño de Titiribí. Dueño de cierto grado de conocimientos como autodidacta, posaba de “filósofo” ante la masa ignorante. Una de sus expresiones de esa índole era la siguiente:

- "¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?" Y al instante contestaba como un maestro: 
_ "El nido”. 

En la plaza de mercado de Guayaquil o de Cisneros, tuvo un espacio comercial o cómoda con un aviso que rezaba: "El Tonel de Diógenes”, desde donde esparcía su sabiduría popular.

El Tonel de Diógenes: "Antro de sabiduría para el bien de la humanidad. Yo estoy aquí y el huevo nació parao".  Aseguró hasta el cansancio que el poema Anarkos se lo había robado Guillermo Valencia. Gracias a Liliana Jiménez por brindarnos estos nuevos datos.

Esto contó el periodista Gildardo García Monsalve en una entrevista:

- "Donde viví experiencias inolvidables fue en el café Madrid. Allá si hubo anécdotas: ¿Has oído hablar de Masato?, él tenía una venta de sirope en Guayaquil, tenía un barril grande con Diógenes y se le había metido en la cabeza que la poesía de Guillermo Valencia se la habían robado a él. 

Este tipo hablaba de los griegos, era un hombre gordo que una vez entró al café Madrid vendiendo tinto; él siempre iba por que le dábamos pesitos; una vez llegó jodiendo bastante y llegó un policía para retirarlo y él no se quería ir. Hasta que el agente lo sacó. Masato se volteó y le dijo: 
- ¿Hijo de puta, ¿no te das cuenta que estás sacudiendo a Grecia?.


CUSTODIO. 

Por Guayaquil se pasaba este hombre que fue sacristán en la Iglesia de La Veracruz; hasta que el padre Henao lo sorprendió robando  las limosnas que dejaban los fieles. Desde entonces anduvo por la Plaza de Cisneros cantando esta tonadilla:

Custodio cantaba así: 

"Y de la iglesia me echaron
dizque porque era ladrón;
calumniadores malditos
que Dios no les dé perdón".

Los ladrones brotaron por miles durante este período en Medellín, a pesar del sino de tragedia que rodeó a los amantes de lo ajeno y de la persecución estrecha y vigilante de las autoridades."No hurtar" predicaban obispos y sacerdotes. Con persistencia condenaron la violación del séptimo mandamiento.
Fuente: Libro "Moscas de todos los colores" de Jorge Mario Betancur Gómez.
Editorial Universidad de Antioquia.



COSAS DE GUAYAQUIL.

Corría el año del no me acuerdo cuando en la antigua Plaza de Cisneros, sitio que hoy ocupa un monumento a las jeringas y en honor a la penicilina que en ese entorno se usó para combatir la blenorragia, un puesto de comerciante de verduras tuvo como dueño a un admirador de la trova. 
Fiel a su gusto se leía en una cartulina bien cuidada la siguiente:

“Bendito sea Noé
que le dio la cresta al gallo
goligotico al caballo, 
y pico al diostedé. 
A la mujer le dio por dónde 
y al hombre le dio con qué.”
Autor: Jaime Jaramillo Panesso



LA MUÑECA MODERNA


Foto de Jairo Betancur Álvarez

”La Muñeca”, apodo de María Ortega, oriunda de Jardín (Ant.), que enloqueció a raíz de la muerte de su esposo.

Llegó a Medellín y se hizo célebre por los vestidos mañés y vistosos y por sus escándalos amorosos. Jorge Negrete, el actor y cantante mexicano, su héroe y amante platónico. Luego lo cambió por el General Gustavo Rojas Pinilla. 
Así le cantó Jorge Robledo Ortiz:

“La ancianita vencida se murió sin reproche
mientras en las canecas recogía la noche”. 


LA PIRAGUA

Fue célebre “La Piragua”, una graciosa y vulgar loquita del centro, cuya diversión favorita era agarrarle los genitales a los hombres que se atravesaban a su paso, mientras emitía una sonora carcajada de bruja. Dice la leyenda que este personaje tenía dos hijas profesionales que estudiaron en el exterior en medio del lujo y la comodidad. 

Cuentan que un día, ya cincuentona,  de minifalda y escote, greñuda y mueca, entró a la alcaldía de Medellín y recitó su programa de gobierno y gritó con certeza: 
-"¡Yo soy la alcaldesa!".

Antes de que la callaran y la sacaran a la fuerza, la verdadera alcaldesa salió de su despacho, sonrió y exhortó a los policías para que no le derrocaran la ilusión ni le dieran un golpe al estado de ánimo que proclamaba con tanta efusión. 
-Suéltenla que no nos está haciendo daño.


Era La Piragua, famosa en el parque de Berrío, donde perseguía a los funcionarios para tocarles sus partes íntimas. Justo un día cambió su repertorio de bromas y, en vez de agarrar las nalgas y echar piropos, alzó su voz con decoro y declamó un discurso jocoso inspirado en la primera mujer de la historia de Medellín que había llegado a la alcaldía, Sofía Medina de López Villa.


GUINEO


León Zafir y Guineo. S. F. Toto de Carlos Rodríguez

“Guineo”, Manuel Santamaría,  personaje de Rionegro (Ant.). Su nombre Manuel Santamaría. Se enfurecía cuando alguien le decía su
apodo y comenzaba un rosario de madrazos o hijueputazos. Dicen los chismosos que un día se cayó al río, mientras en la orilla le gritaban “Guineo”. Entonces el obsesivo, cuando se hundía, sacó la mano y les hizo “pistola”. 

COSIACA


Cosiaca. Foto de Melitón Rodríguez. 1898

Este personaje si duda es el que más historias ha aportado al país Paisa. Desde nuestra infancia los abuelos y muchachas del servicio nos contaros las aventuras de este hombre, que se las ingeniaba para conseguir bebidas y comida sin pagar un peso. Aventurero y parrandero, andaba de pueblo en pueblo, y de fiesta en fiesta.

José García, ese era su nombre,  no era precisamente como se le conocía. Cosiaca es el nombre con que todos recuerdan a este popular personaje del siglo XIX y principios del XX. Para ningún antioqueño es desconocido Cosiaca, un simple vagabundo que deambuló por las calles de Medellín y algunos municipios de Antioquia y que se hizo popular por las ocurrencias con que siempre contestaba, a veces divertidas y otras vulgares.

No se precisa el lugar donde nació, unos dicen que en Envigado, otros, que en Heliconia o Jericó. Tampoco se conoce su fecha de nacimiento. Su fama la hizo debido a su forma de ser y de responder a lo que le dijera la gente. 

Alrededor de Cosiaca giran muchas historias que lo han mitificado. Sus cuentos son muy conocidos y no hay testamento del paisa que no los cite. Murió muy anciano en 1910 en la casa de los pobres, donde lo atendieron las religiosas.


Cosiaca en el ancianato
Cuenta Javier María en la revista La Hoja de Medellín, que como último deseo antes de morir, una monjita le preguntó a Cosiaca que si quería alguna cosa o alguna petición. Cosiaca le pidió que le llevara un médico y un abogado. Cuando llegaron los dos personajes al asilo, los hizo sentar cada uno al lado de la cama, pero Cosiaca permaneció en silencio. Ante la tensión del cuarto, la monja le preguntó que para qué los había hecho llamar y él contestó: “como yo me estoy muriendo, quiero que sea como Jesuscristo, en medio de dos ladrones”.
Fuente; Foto y parte del texto: Biblioteca Pública Piloto de Medellín.


En Heliconia Antioquia, entra Cosiaca a un restaurante y pidió que le sirvieran un almuerzo como se lo daban en la casa, cuando terminó de almorzar, salió del restaurante sin pagar la cuenta, cuando el dueño del restaurante fue trás él y le dijo enojado que le pagara la cuenta. Cosiaca respondió: 
- Señor yo le pedí que me diera un almuerzo como me lo daban en mi casa y bueno en mi casa no me cobran”; y se fue dejando al dueño del restaurante sin palabras.

Cosiaca tenía la costumbre de meterse en el confesionario de la iglesia de Heliconia, todas las viejitas se empezaban a confesar tranquilamente, pensando obviamente que era el sacerdote de la iglesia, en cualquier momento Cosiaca salía del confesionario y a las viejitas solo les quedaba insultarlo, pero él ya se les sabía los pecados.

Una noche se fue a merendar a un restaurante;
– Vea, señora: sírvame un chocolatito.
– Sí, señor, Demás.
– Pero en una tacita grandecita y bien parviao.
– Sí, señor.

Entonces Cosiaca se sentó en una fonda a beber  chocolate y a comer. Y así que ya terminaba, sacó del bolsillo unas cucarachas que había lleva’o y las echó en la taza, con harto disimulo y comienza a gritar de esta manera:
– ¡Gas!; virgen ¡gas!

Y haciendo arqueadas. Haciendo arqueadas.
– ¿Qué le pasó, señor? ¿Qué le pasó?
– ¿Qué clase de fonda es ésta? ¡Gas! ¡Auf! Vea las cucarachas que me encontré. ¡Gas!
– Haga silencio, señor – Suplicaba la señora -¡Calle la boca! ¡Mire que está mirando todo el mundo!
– ¡Gas! ¡Gas!
– Ay, señor. Mire; bien pueda váyase y no le cobro la merienda.

Y Cosiaca, que esto ero lo que esperaba s lió satisfecho. Comió y merendó y nada le costó.

Oí una historia que ocurrió en Medellín. Resulta que el párroco de la Iglesia de La Candelaria le prestó una piecita que había en el fondo del templo. Cosiaca dizque cogió la costumbre de sacar al atrio los calzoncillos mientras se secaban.

La gente cuando pasaba comenzaba a gritarle:
-- Cosica, cochino... cochino.
Entonce el se embejucaba y les descargaba madrazos.


EL BOBO DEL PUEBLO

Cañasgordas es un pueblo situado en el occidente de Antioquia. Tuve la suerte de cursar mi primero de bachillerato allí, y por eso pude conocer las costumbres, palabras y paisajes de esta bella tierra paisa. En ese tiempo había varios personajes, de esos que llamábamos los bobos del pueblo. Recuerdo a La Chamaca, Tuco, La Yipeta y Pun.


LA CHAMACA

La Chamaca era una mujer ya entrada en años que recorría las calles podiendo limosna y cargando montones de trapos viejos. Vivía en una diminuta piecita que le prestaban en el teatro El Dorado. Aunque su aspecto causaba miedo, era respetuosa y nunca la vi haciendo nada indebido.


LA YIPETA

La Yipeta era un hombre delgado y de baja estatura, pero con una fuerza descomunal. Se ganaba la vida haciendo acarreos con una silleta en las espaldas, que ceñía en su frente. Lo vi cargando cosas tan pesadas como muebles, neveras y materiales de construcción. Aunque no parecía loco ni bobo, a simple vista su aspecto desarreglado podía confundirnos.


TUCO


Tuco, era ya un hombre muy anciano que
vendía el periódico El Correo. Vestía un traje deshilachado, y un sombrero raído. Tenía grandes ojeras y andaba descalzo. Su aspecto se me asemeja mucho al del personaje Suso el Paspi. No sé si Dany Alejandro Hoyos se inspiró en Tuco, o fue pura casualidad.


PUN

Pun era el tío de mi cuñado. Integrante de una familia Marinilla muy distinguida en el pueblo. Seguramente tenía algún problema mental. Andaba bien vestido y su aspecto no revelaba que tuviera alguna afección.

Aún no entiendo porqué algunas personas gozaban molestando a personas con alguna discapacidad; y esto era lo que pasaba con Pun.

Pun era un hombre calmado, calmado hasta que alguien le indilgara su apodo. Nunca había visto a alguien tan bravo. Cierta vez un chistoso apostó con un amigo a que le decía tres veces Pun a Pun, en su propia cara, sin que este se enojara. 

Acordado esto, todos salieron a buscarlo, hallándolo en la calle Santander, cerca de donde vivía. Los curiosos se fueron acomodando en las aceras y en los balcones hasta que el apostador se le acercó discretamente y comenzó a decirle en voz alta: 

- Imagínese que ayer tuvimos una fiestota... pum lo miraba calmado y curioso, interesado en la historia.

- Entonces... (continuó el hombre) sacamos la pólvora y repartimos voladores... pun se veía ciertamente interesado y la asistencia contenía el aliento, porque si pun se emberracaba los agarraba a
todos a piedra. 

- Que si vieras que voladores tan buenos de tres tacos, yo prendí con cuidado la mecha del mío y voló zumbando así: 

- ZZZZ. El loquito asustado se le alejó un poquito y luego recogiendo una piedrota se le acercó amenazante al tiempo que le decía:

- ESTALLÁ GRAN H.P. estallá y verás...