domingo, 13 de abril de 2014

LA CASA

Una lectura muy apropiada luego del Foro Urbano Mundial y WUF7 UN-Habitat. Medellín.
El arquitecto y escritor español Alberto López nos comparte en el blog una historia muy interesante. 
¿Son las viviendas modernas las adecuadas para ser habitadas por el ser humano?
¿En que momento perdimos el rumbo para llegar a vivir en las colmenas de concreto de nuestro tiempo? La conclusión es sin duda que cada día nuestro hábitat se deshumaniza.

CASAS
Alberto López


Casa Farnsworth
El proyecto de esta vivienda fue elaborado por el arquitecto Mies van der Rohe en la ciudad de Plano, Illinois, entre 1946 -1951, para la doctora Edith Farnsworth, como segunda vivienda para los fines de semana. Su coste, superior al presupuestado, acabó provocando un grave distanciamiento entre la clienta y el arquitecto. Aquella acusó a éste de haberse excedido en el encargo. Mies, el exquisito, consideró que la rica señora carecía de sensibilidad ante su arquitectura, mientras la doctora argumentaba que cuando se instaló en la casa la cubierta rezumaba agua hacia el interior y la calefacción producía un efecto de condensación de vapor sobre las paredes de vidrio. Dado que la vivienda carecía de refrigeración en la estación cálida se producía en su interior un efecto invernadero, que la hacía poco menos que inhabitable.

La total transparencia de las paredes, permitía dominar el interior para cualquiera que pasara por la carretera de acceso, lo que impidía la mínima intimidad. La disputa llegó a los tribunales que, finalmente, fallaron a favor del arquitecto, condenando a la doctora a pagarle el sobreprecio del coste de la obra. Harta de la casa, la doctora acabó vendiéndola unos años después. En el 2004 grupos conservacionistas hicieron una campaña para recaudar fondos y rehabilitarla. Hoy sigue sin habitarse, pero se ha convertido en un icono para los exquisitos amantes de la arquitectura moderna que, pueden visitarla en grupos guiados.

”No guardo el cubo de la basura debajo de mi fregadero. ¿Quiere saber por qué? Porque cualquiera puede ver la “cocina” completa desde la carretera de camino y el cubo arruinaría la imagen de la casa entera. Así que lo escondo en el armario un poco más allá del fregadero. Mies habla de “espacio libre”, pero su espacio está muy fijado. No puedo poner ni una percha en mi casa sin considerar cómo afecta al resto de la casa desde afuera. Cualquier disposición de los muebles se convierte en un gran problema, porque la casa es transparente, como una radiografía.

Edith Farnsworth citada en Joseph A. Barry, “Report on the American Battle between Good and Bad Modern”, House Beautiful, mayo 1953, 270. [2]

La casa del hombre, la domus romana, es el sitio, lugar, hogar, espacio de la existencia donde habitamos y donde la memoria de las generaciones queda depositada y guardada. La pluralidad y la riqueza de los espacios, de sus formas, de sus materiales y de los objetos que la pueblan acompañando a los hombres, son la precipitación de su historia y forman parte de su biografía. La casa se convierte así en el cofre de la memoria de los hombres. En ella se guardan los objetos que se acumulan a lo largo de la vida y que pasan de padres a hijos y de unas generaciones a otras. Por eso nos atraen las casas antiguas, por su memoria.

En 1951, en la célebre cátedra que dictó en Darmstat, Martin Heidegger equiparó el ser al habitar. Hurgando en las palabras del alemán antiguo, el filósofo argumentó que el verbo construir (bauen) aparece subrepticiamente en la conjugación de la primera y segunda personal del singular del verbo ser (Ich bin, Du bist), de ahí su conclusión: “estar en la tierra como mortal significa habitar”. Así fue durante siglos, pero vino el espíritu de lo moderno, el culto al movimiento y al progreso y con él llegaron las nuevas ideas que convirtieron las casas en objetos sin raíces despegados del suelo, un ejemplo más de la pérdida de identidad en nuestra actual cultura, donde la separación entre el ser y el habitar nos lleva al desarraigo.

La casa se quiso refundar así misma desde cero. Menos es más, predicaría el arquitecto profeta Mies Van der Rhoe tomando una cita de San Agustín, en la búsqueda de la perfección geométrica y del espacio continuo, transparente y vacío donde hasta los muebles molestaban (de ahí el requerimiento de que los proyectara el arquitecto autor del edificio) lo que llevaba a ocultarlos entre las paredes o a dejarlos como esculturas en medio del espacio, más para ser mirados que para utilizarlos.

Vivir en casas antiguas, en las casas de nuestros antepasados, se consideró un atraso. Era mejor abandonarlas o destruirlas y levantar sobre ellas otras casas nuevas, blancas, puras, transparentes, cristalinas, sin las cargas de telarañas de la historia.
Otro tanto se hizo con los muebles de bellas y preciosas maderas que el abuelo encargó a un viejo ebanista que los construyo con la conciencia y el cariño de realizar verdaderas piezas únicas. Muebles y objetos cuidados y acariciados por amorosas manos de varias generaciones, que restauraron una y otra vez las heridas que fue dejando en ellos los años y la historia.


Muebles y objetos que una nueva generación los consideró demasiado grandes y pesados, excesivamente decorados y barrocos, cargados de líneas curvas, por lo que fueron abandonados o malvendidos para ser sustituidos por muebles livianos, modernos, de líneas duras, rectas, de geometrías metálicas, en colores vivos que se consideraron alegres, como si la alegría no estuviera en el interior de las personas si no en los propios objetos. Muebles pulcros y austeros en su perfección formal, muebles protestantes, puritanos y perfectos en sus puras líneas, que solo podían conseguirse con la máquina y con los nuevos materiales, el acero, el vidrio, el plástico.


Para Le Corbusier uno de los apóstoles del llamado Movimiento Moderno, la línea recta era la del hombre, frente a la línea sinuosa o curva del asno. Así que nadie se fijó en la enseñanza del rocín cuando subiendo por la ladera de la colina se adaptaba de forma inteligente a las curvas de nivel para hacer más llevadera su carga. El hombre, pagado de su sabiduría, escogería continuar por el camino más corto, violentando la colina con la fuerza bruta de la ingeniería, la tecnología y la máquina, arrasando para ello la elevación, aplanando el terreno o causando una llaga por donde cruzaría la carretera desangrando el paisaje y la naturaleza. A eso, el hombre moderno lo llamó, urbanismo y progreso.

La casa racionalista y funcionalista no quiso nada con el pasado, solo estaba interesada en hablar de su tiempo. Quiso olvidar lo que sabía de antes, quiso negar la carga de la memoria imaginando ella misma una nueva historia, a partir de un punto cero sin recuerdos. La casa moderna no quiso remitir a nada que no fuera ella misma, no quiso ser objeto de nadie, sino de sí misma, no quiso ser ni de sus habitantes, que pasaban por ella sin llegar a tocarla, sin poder añadir ni quitar nada, pues todo en ella, muebles y objetos, incluso las personas, todo, estaba previsto, todo estaba objetivamente diseñado según las necesidades, para estar en su sitio. Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. El diseño total, desde el picaporte a la ciudad, pasando por todo tipo de edificios, la ambición que alimentó desde el Renacimiento la locura del arquitecto demiurgo que pretendía enseñarnos a como debíamos vivir, se hacía por fin realidad.

La casa moderna no quiso tener padres ni abuelos, quiso ser ella misma, forma primigenia naciente sin ayudas del mar de la geometría. Quiso ser la madre de una nueva historia. Quiso ser el origen pero nos llevó al final. Quiso hablar un nuevo lenguaje y nos llevó al silencio. Quiso ser la más pura, con los mínimos elementos. Quiso ser menos para ser más, pero acabó siendo menos, hasta no llegar a ser nada o casi nada.

La casa moderna odiaba los recuerdos. En ella no cabían los ecos. Los antepasados con sus objetos habían sido expulsados, ya no tenían cabida ni en el desván, entre otros motivos, porque la casa moderna lo había eliminado cortándolo de cuajo con la cubierta plana. La casa se hizo cúbica y transparente. El paradigma fue la casa sin muros, la casa de cristal. Así se perdió el lugar donde se guardaban los sueños y los objetos de la infancia. Así se perdió la casa como instrumento para la ensoñación, como fortaleza y reducto de nuestra intimidad y nuestra individualidad. En la casa moderna todo quería ser puro y cristalino, era el reino de la levedad y de lo transparente. Allí no había rincones, los niños no tenían donde ocultarse para poder jugar y con el paso del tiempo se les olvidó jugar.

La casa perdió su verticalidad y se extendió horizontalmente. Perdió el sótano y perdió el desván. Se hizo espacio horizontal continuo, isotrópico. Se hizo, empleando el término lecorbusierano, “máquina de habitar”. Así se inventó la caja apartamento que, los arquitectos modernos ofrecieron al negocio capitalista de la construcción y que permitió crear el mercado inmobiliario, donde se vendían metros cuadrados de espacio construido sin ninguna cualificación, cual si fueran metros de tela para hacerse un traje o de papel higiénico para limpiarse el culo.

Los fantasmas de la casa que desde siempre habían estado habitándola en armonía, generación tras generación, no pudieron habitar la nueva casa que construyeron los nietos, pues ya no quedaban rincones ni lugares sin destino o uso específico donde ocultarse o jugar con los habitantes al escondite, y tuvieron que emigrar, unos a un barrio pobre y marginal del centro, y otros a una semiderruida casa en el pueblo.

A las gentes que las habitaban, los rostros se les fueron volviendo cenizos porque en aquél espacio no era posible soñar y así se les olvidó lo que era tener otros intereses e ilusiones que trabajar para ganar dinero, poder conducir un buen coche para ir a comprar al hipermercado (nuevo símbolo de la modernidad “democrática) y ver un concurso en la televisión o un partido de fútbol el sábado por la noche cuando los hijos mayores ya se han ido a la discoteca y los pequeños están durmiendo, soñando con un juego de ordenador, donde se trata de matar al mayor número de terroristas posible.

Mientras el profeta de la geometría, que había predicado la pureza del “menos es más”, contra lo que consideraba las telarañas de la historia, vivía y moría en Chicago, fumándose los puros habanos de siempre, en un gran apartamento barroco y antiguo del centro, cargado de objetos y de recuerdos y rodeado de sus propios fantasmas.