lunes, 15 de diciembre de 2014

LOS PERROS TAMBIÉN VAN AL CIELO

El papa Francisco al ver a un niño llorando por su mascota se acercó a consolarlo. Luego en su discurso en la plaza de San Pedro mencionó el asunto:

"Un día vamos a ver a nuestros animales de nuevo en la eternidad de Cristo. El Paraíso está abierto a todas las criaturas de Dios".

Para los que amamos los animales fueron palabras llenas de esperanza, para otros, incluyendo académicos del Vaticano esta declaración causó extrañeza y la tomaron solo como una metáfora consoladora. Lo cierto es que el Apóstol Pablo en una situación idéntica ya lo había dicho como lo menciona nuestro amigo Alberto López al final de su escrito.

Alberto López

LARA



Hacía cinco meses, que por circunstancias de mi trabajo no la veía. Yo me encontraba a muchos kilómetros en otra ciudad. Nunca habíamos estado tanto tiempo separados, bueno, solo cuando estuve en la cárcel, pero entonces ella era todavía muy pequeña y aunque se la veía nerviosa, porque en el estado de la gente que estaba en casa, su aguda sensibilidad percibía que tras mi ausencia se escondía un drama familiar, con esas edades pronto se olvida.

Pero cuando volví de aquel largo viaje, fue diferente, porque su alegría al verme no se mostró con los signos habituales a través de los que ella y los de su raza muestran su alegría. Cuando nos vimos uno frente al otro, nos miramos a los ojos como nunca antes lo habíamos hecho (ella es muy tímida y se ruboriza fácilmente) y sabiendo ambos que, uno para el otro éramos como dos mudos separados por una muralla infranqueable, pude apreciar su denodado esfuerzo para romper la barrera de su mudez a fin de conseguir hablarme en mi propio lenguaje. Pude apreciar como luchaba contra su propia faringe para intentar articular palabras como las mías. Una y otra vez emitía sonidos guturales con los que mostraba su alegría al verme de nuevo y con los que me quería decir todo el amor que sentía por mí.

Nos abrazamos cara contra cara, cuerpo contra cuerpo. Ella restregaba su lomo una y otra vez contra mí, empujándome cariñosamente, en un gesto que era muy de ella. Corrimos, saltamos y retozamos por el césped del jardín, mostrando así nuestra alegría por encontrarnos juntos de nuevo. Yo le besaba el hocico y ella que me inundaba el rostro con su lengua. En nuestros paseos, siempre tuve con ella largas conversaciones, porque era una escuchante atenta y educada. Yo le hablaba y le decía lo guapa que era mi mudita y todo lo que la quería. Ella intentaba corresponderme, pero su mudez era infranqueable. Consciente de ello se desesperaba sabiendo que el lenguaje de su cuerpo no era suficiente para hacerme sentir todo el cariño y el amor que sentía por mí.

Una y otra vez me ofrecía su mano, pero el lenguaje de las manos tampoco estaba a su alcance. Sus dedos eran demasiado cortos y apretados, y ello aumentaba su angustia. Sabia que en mi mundo estaba condenada al silencio de por vida.

Cuando me tuve que ir de nuevo por otro largo periodo, sus grandes y profundos ojos, sabiendo que estaba ante una nueva separación, me miraron con todo el peso de su silencio, cargando mi alma con el abismo que Babel abrió entre nosotros.

Tras once años de convivencia, por causa de una enfermedad incurable, tuve que sacrificarla para no alargar su sufrimiento. Han pasado dos años y sigo echándola de menos. La imagen de Lara sigue nítida en mi memoria y su recuerdo me sigue acompañando como si aún estuviera a mi lado.

Una de las acciones de las que más me arrepiento en mi vida, es haberla golpeado con el pretendido fin de domesticarla, cuando sé que en el fondo no era sino el objeto inocente de mis frustraciones.
Debo reconocer que, aquellos golpes a un animal indefenso, me envilecían.

Lara fue una hembra que nunca me traicionó, que siempre esperó mi regreso y que me perdonó con una largueza y desprendimiento como nadie lo ha hecho nunca. Llamar a esto instinto, como hacen algunos sabios etólogos de laboratorio, me parece simplemente ridículo.

En nuestra civilización urbana actual, hemos perdido la relación mágica que desde la prehistoria teníamos con los animales y ésta pérdida irreparable, ha conllevado en cierta medida, una pérdida de nuestra propia identidad y humanidad.

Me viene a la memoria, la escena del apóstol Pablo, quien en cierta ocasión ante un niño envuelto en lágrimas por la muerte de su perro le dijo: "Un día volveremos a ver a nuestros animales en la eternidad de Cristo".

Yo sé que Lara, desde su Paraíso, sigue mirándome con la esperanza de un futuro reencuentro. Yo sé que ella no me olvida.
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