viernes, 8 de abril de 2016

ASTROPUERTA ABRIL 2016

Agradecemos a don Germán Puerta por su informe Astropuerta del mes de abril de 2016.

El evento celeste del mes sucede en la región de la constelación Scorpio, Escorpión. Los planetas Marte y Saturno realizan su espectáculo en una zona poblada de nebulosas, cúmulos de estrellas y otros objetos. Hace más de 29 años esto no sucedía en esta región del cielo. Los noches del 24 al 26 la Luna se une al programa.

En seguida los eventos y las efemérides históricas del mes de Abril 2016.

Saludos
Germán Puerta
Bogotá, Colombia
Astropuerta
@astropuerta


1. Principales eventos celestes de Abril 2016
Jueves 7 – Luna nueva
Domingo 10 – Ocultación de la estrella Aldebaran por la Luna visible en Norteamérica.
Jueves 14 – Luna en cuarto creciente
Lunes 18 – Elongación máxima Este de Mercurio
Viernes 22 – Luna llena
Sábado 30 – Luna en cuarto menguante

2. Principales efemérides históricas de Abril 2016
Sábado 2 – 1845: Primera fotografía del Sol
Domingo 3– 1966: La sonda Lunik 3, primera nave en orbitar la Luna
Martes 12 – 1961: Yuri Gagarin, primer hombre en el espacio
Martes 12 – 1981: Lanzamiento del Columbia, primer Transbordador Espacial
Jueves 14 – 1629: Nace Christiaan Huygens, descubridor de la verdadera forma del anillo de Saturno                
Lunes 17 – 2007: Lanzamiento de Libertad 1, primer satélite colombiano.
Lunes 17 – 2014: Se confirma el descubrimiento del exoplaneta Kepler-186f, el primero similar a la Tierra en tamaño, composición y distancia a la estrella
Miércoles 19 – 1971: La Unión Soviética lanza la primera estación espacial, la Salyut 1
Domingo 23 – 1967: Accidente mortal del cosmonauta Vladimir Komarov en la naveSoyuz1      
Lunes 24 – 1970: China lanza su primer satélite artificial
Martes 25 – 1990: Lanzamiento del Telescopio Espacial Hubble
Viernes 28 – 2001: Dennis de Tito, a bordo de la Estación Espacial Internacional, primer turista en el espacio        

sábado, 26 de marzo de 2016

NO ERAN SUS OJOS

Alberto López

Viernes Santo.1971 Foto de Rafael Sanz Lobato +

No eran sus ojos
oscuros como la noche
sino su mirada
profundamente misteriosa
lo que traslucía la intimidad inquietante
de la trastienda de su espíritu.

No eran las suyas unas manos perfectas y frías
como las de una escultura en mármol
sino que animadas por el movimiento de la vida
sabían dibujar el argumento en el aire.

No eran sus labios finos, delicados y carnosos
sin duda sugerentes y bellos
sino la sonrisa que los acompañaba iluminando su rostro
lo que arrastraba la mirada de los hombres.

No eran las proporciones ideales de una escultura clásica
las que definían su belleza
ni su reluciente cabello azabache que
lucía al aire en melena suelta
sino su estilo … su forma de moverse
de caminar, de dominar el espacio
su garbo, como antes se decía
lo que la revelaban como única
en su ser y en su belleza.

Era la conjunción de un todo inexplicable
lo que le hacía desprender aquella gracia
que hechizaba a todos
porque bien mirado
no era extraordinariamente bella.

Cuando los domingos cruzaba la plaza
camino de misa mayor
se hacía el silencio en los corrillos de hombres
que se volvían y salían de los bares para verla pasar.
Después llegaban los comentarios…muchos obscenos
con los que desnudaban aquel oscuro objeto de deseo
con el que todos soñaban.

Porque con la casta Susana soñaba Don Federico, el Alcalde
y Doña Brígida su mujer que, era lesbiana y no lo sabía.
Don Jacinto el médico, el sargento López de la guardia civil
Don Eulalio el boticario, Juana la sacristana, apodada la Machorra
el jefe de Falange al que llamábamos Malasangre
Don Pedro el cacique, Manolo el tonto del pueblo
Fermín el carnicero, Don Eladio el secretario del ayuntamiento,
Crisanto el pregonero…
y el resto del ganado ibérico que rebullía por el pueblo.

Cuando Don Félix, el párroco
contemplaba desde el pórtico de la iglesia
aquel espectáculo de machismo autóctono nacional
solía murmurar para sus adentros:
“El que tiene hambre, con pan sueña”
…y en la España de aquel entonces
había mucha hambre… y casi de todo.

Decían que, con la crisis
su novio se había ido a trabajar a Alemania
y que nunca regresó.
Que nunca se le conoció otro hombre.
Que vivía sola, con una vieja criada que la había visto nacer
desde que sus padres fallecieron en un accidente.
Que además de la casa que habitaba
había heredado algunas rentas con las que iba tirando.
Que su soledad la deseaban llenar todos
pero que no daba pie a nadie.

Las viejas comehostias decían que era
una golfa, una descarada y una calienta pollas
y los hombres que no la conseguían, despechados
que una puta.

Los chicos de la escuela la seguíamos de lejos
en su ir y venir por el pueblo
atraídos por aquel imán erótico que
encendía nuestro incipiente libido
y ella, bondadosa, sabiéndolo
aparentaba no darse cuenta de nuestro marcaje.

Fue para muchos de nosotros
el primer e imposible amor platónico
que marcó el inicio de nuestra adolescencia
y con cuya ensoñación, nos masturbamos por vez primera.

En cierta ocasión, comprando en el almacén de coloniales
en un momento en que la observaba embelesado.
su mirada se cruzó con la mía.
Yo me sonrojé.
Ella se dio cuenta y me regaló una sonrisa.
Hoy tengo sesenta y siete años
y desde entonces
aquella sonrisa me sigue acompañando.

lunes, 21 de marzo de 2016

LA VOZ DE LAS AMÉRICAS

Esta historia es otra de esas que tenía guardada hace muchos años en uno de los cajones de mis recuerdos. Un retazo de la historia de la radio antioqueña.


La voz de las Américas hizo parte de la vida de muchos de nosotros, y a pesar de que ya no existe la seguiremos recordando con nostalgia. 

Fue la emisora que más promocionó la música que gustaba y gusta a nuestros campesinos

La inolvidable Voz de las Américas fue fundada el 6 de enero de 1946 por el señor José Nicholls Vallejo quien fue el que le dio más empuje a la música campesina y montañera a través de su programa Guasquilandia, transmitido de lunes a viernes de 10 a 12 del día y que tenía como cortina el corrido que interpretaban Las Palomas titulado Ojitos verdes; este programa era patrocinado por Laboratorios Galia que producía la cotizada Crema Linda.

Otro programa que dio impulso a la música guasca en esos viejos años fue Amanecer campesino, que locutaba Lubín Álzate Arbeláez "Lubinete", quien se destacaba como banderillero en las corridas de toros de La Macarena. También en La Voz de las Américas se emitía el programa De pueblo en pueblo que era presentado por Octavio Tobón Latorre, conocido artísticamente como "Tínguaro".

No podemos olvidar el programa La hora costeña, de EduardoVillalba, que estuvo varios años en la emisora y que luego trasegó por otras hasta llegar a 53 años emitiéndose. Me contó el historiador Alberto Burgos que un día Eduardo Villalba le dijo en una entrevista: "Ahora debo irme a la emisora que tiene el nombre más hermoso del mundo", se refería, claro, a La Voz de las Américas.

Con todos estos programas La Voz de las Américas fue la líder en el impulso a la música guasca y campesina nuestra; fue la primera que sacó la bandera de esta música hasta entonces desdeñada por muchos; en aquel tiempo a las demás emisoras les daba pena poner esta música, pues eso era un descrédito.

La Voz de las Américas era muy sintonizada en pueblos, veredas y en barrios muy populares de Medellín, ya que estos fueron formados por personas que habían sido desplazadas del campo.



Encontré en el libro de Alberto Burgos Herrera: “La música parrandera paisa” datos muy interesantes sobre la música guasca y su origen. El doctor Burgos amablemente me autorizó para compartir esta parte de la historia de la música en Antioquia.


Introducción
El origen de la música guasca.

Cuando en Colombia se dio la violencia partidista de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando a uno lo mataban por liberal o conservador, mucha gente abandonó el campo y llegó huyendo hasta las ciudades cabeceras de departamentos. Aquí en Antioquia particularmente llegaron a Medellín y como pudieron, estos nuevos habitantes de la ciudad se ubicaron en sus laderas.

Todos los desplazados de ese entonces que venían del norte se asentaban en Bello, los que venían del sur se ubicaron en Itagüí y Guayabal y los de Dabeiba, Mutatá, Frontino y pueblos vecinos, llegaban a Medellín por el occidente y lo primero que encontraban era el barrio Robledo y por lógica muchos se quedaron en Robledo, pues hasta temor les daba penetrar en ese misterio que para ellos era la gran ciudad.

Estos nuevos pobladores se ubicaron en sectores de Robledo como La Cuchilla, El Pesebre y Blanquizal. En ese entonces nosotros vivíamos en la calle 63 con la carrera 84 de dicho barrio, que era paso obligado para los habitantes de estos sectores. A todo el frente de nuestra casa, don Alejandrino Pulgarín montó un negocio llamado Tienda Mixta Sinfonía, que en realidad era una cantina, pero que hábilmente, con yucas y papas Alejandrino disfrazaba de tienda.

Sobre todo los sábados, este señor que procedía de Frontino, atendía a los paisanos que se habían desplazado por la violencia. Ese día se reunían allí veinte, treinta y hasta más contertulios, todos con sus ruanas, sombreros y machetes terciados; todos tomaban cerveza y aguardiente y en muchas oportunidades resultaban peleando y sacando a relucir sus utensilios cortantes de trabajo.

La música que se escuchaba en la tienda de Alejandrino, a nosotros nos tocaba oírla quisiéramos o no, pues como ya les dije ésta quedaba a todo el frente de nuestra residencia. Allí escuchábamos a Ray y Lupita, Lydia Mendoza, las Hermanas Padilla, Los Madrugadores, Los Relicarios, Los Trovadores de Cuyo, el Conjunto América y muchos cantantes y grupos más; allí fue donde supe, siendo apenas un niño, que a esto se le llamaba música guasca, que guasca quería decir montañero y que esta era la música que escuchaba el campesino total, en este caso, Alejandrino y sus contertulios.

En esos años cuarenta y cincuenta, nuestro campesino que vivía perdido en las montañas, sólo recibía comunicación con el mundo a través de un radio que existía en todas las casas de campo. En ese entonces la música que dominaba en los discos y en las emisoras, era la música mexicana con todos sus corridos, huapangos y rancheras; y por ende, nuestro campesino eso era lo que escuchaba.

Como el corrido y la ranchera son géneros musicales relativamente fáciles de interpretar, cuando nuestro campesino llegaba en las tardes a descansar, en el radio de su casa escuchaba la canción mexicana y enseguida bajaba la guitarra o el tiple y trataba de interpretarla. Así empezaron muchos de nuestros músicos campesinos y con seguridad ninguno pensó que estaba creando el estilo antioqueño de la música mexicana.

Como decía, todos nuestros campesinos en sus radios comenzaron a escuchar las rancheras, los corridos y los Huapangos de Los Madrugadores, de la familia de Lydia Mendoza, a la propia Lydia como solista, Chicho y Chencha y una agrupación acompañante y famosa llamada Los Costeños; esto ocurría iniciando los años treinta del siglo pasado, pero dice el hombre de radio Gustavo Escobar Vélez, que en 1938 ya se escuchaban las Hermanas Padilla, Lorenzo Barcelata, Los Trovadores Tamaulipecos, Tito Guizar y luego Jorge Negrete, el Trío Calaveras, el Dueto Azteca, Las Palomas y todos, absolutamente todos, cantaban rancheras, corridos y huapangos.

Una historia cercana.

El seis de enero de 1946, en una vieja casa situada a una cuadra de la plaza del barrio La América, adyacente al colegio de las Hermanas de La Presentación, se fundó la emisora que tomó el nombre de La Voz de las Américas. Su propietario y gerente actual, don José Nicholls Vallejo, en la foto, fue quien fundó la empresa junto con Julián Pérez Medina, Aurelio Calle y Azarías Arango.  El capital inicial de la compañía fue de 8 mil pesos. (El Colombiano: Un día como hoy, veinte años de la Voz de las Américas. Enero 6 de 1966).

Hablo de una historia cercana porque don José Nicholls vivió a pocas calles de mi casa, y fue allí desde donde emitió por primera vez nuestra recordada emisora. Por eso el nombre de la Voz de las Américas, pues nació en el barrio La América.

En mi tiempo de radioaficionado conocí a Iván Ramírez, yerno de don José Nicholls. Fue él quien me contó esta historia de los inicios de la emisora. Si  no recuerdo mal me dijo que don José vivió fue cerca del colegio de Las Teresitas y que desde su casa logró hacer su primera emisión gracias a un trasmisor de bulbos que él mismo había ensamblado.

Imagino la emoción que debió haber sentido, eran tiempos en los que los aficionados a la radioafición y a la electricidad construían sus propios equipos. Tiempos de la Hemphill Schools, una escuela de electrónica que entonces formó muchos radiotécnicos a través de correo.  

Don José llamó a su esposa y le enseñó su flamante transmisor de radio al que ya le había acoplado su antena, micrófono y tornamesas.

Le encargó a ella que fuera poniendo los discos de 78 revoluciones que había dispuesto en la mesa y que entre cada tema, accionando  el micrófono, le enviara saludos a él y a varios amigos que lo estarían acompañando en la heladería Noches de luna de la calle San Juan con la 88.

Hacia allá se encaminó con un radio que de seguro era de los primeros portátiles y con bulbos, alimentado por una batería que traían incluida. Los radios con transistores solo se inventarían en diciembre de 1947 y quién sabe cuanto tardaron para traerlos a Colombia.

Se sentaron en una mesa y prendieron el radio en el que escucharon esa primera emisión de La Voz de las Américas, con su esposa como operadora y locutora.

A bueno que les debieron saber esos anisados con los que celebraron tan importante acontecimiento.

Luego la emisora comenzó a funcionar comercialmente con un transmisor más potente en una casa antigua en el centro de Medellín.

Como olvidar esos programas maravillosos de navidad, en los que don José hacía complacencias con villancicos: “Para la niña Gloria Ospina y hermanitos”, y luego sonaba el villancico solicitado.

Todos los días al medio día pasaba “El Angelus”:

V. El Ángel del Señor
lo anunció a María.
R. Y concibió por obra
del Espíritu Santo.
    
Dios te salve, María…
Santa María…

Escuché en una ocasión a don José contando hasta donde llegaba el aprecio que le demostraban los campesinos. Decía que eran muchos los regalos que le traían hasta la emisora, gallinas, frutas, aguacates mangos, racimos de plátano, etc.

Una vez estaba hablando en su programa cuando atinó a pasar un avión sobre la casa, cosa que dificultaba la buena escucha de de su voz por el ruido de los motores. Sin perder la calma y descubriendo su gran don de la paciencia dijo: Esperemos un momento que pase el avión, fue así que dejó el micrófono abierto y escuchamos claramente el sobrevuelo del avión, luego de lo cual continuó su intervención como si nada.

Pero como todo tiene su fin, luego de muchos años la emisora fue vendida y operada por sus nuevos dueños y finalmente pasó a ser la emisora Minuto de Dios, 1230 AM. 

Nota curiosa:

En el periódico El Tiempo del 16 de febrero de 1972 salió la noticia sobre un intento de toma guerrillera a la emisora La Voz de las Américas para emitir sus consignas revolucionarias.


Red social:

Sin duda esta emisora sirvió como solución de comunicación entre el campo y la ciudad y se oían mensajes como este:

"Se avisa a la familia Tobón Ruiz de la finca Montañitas que doña Prudencia viajará a esa el próximo domingo en la tarde, que por favor le saquen mula".

Más de la historia del libro de Alberto Burgos


En la radio estaban las rancheras, en el cine las rancheras y fue de esa manera como los mexicanos nos convirtieron en el país, fuera de México, que más oye canciones mexicanas en el mundo, el país, fuera de México, que más composiciones con estilo mexi­cano tiene en el mundo y en el país, fuera de México, que más intérpretes de canciones rancheras tiene en el mundo; incluso hay gente colombiana que cuando hoy en día cantan Darío Gómez, El Charrito Negro o Luis Alberto Posada, creen que están escuchando música colombiana, cuando sólo se trata de música mexicana al estilo antioqueño o colombiano.

En los años cincuenta y sesenta, el cine mexicano era tan po­pular que en el Teatro Mariscal del barrio Belén, los lunes presen­taban un doblete de ese cine; la entrada era a treinta y cincuenta centavos y en la cartelera podían aparecer cintas como: El águi­la negra con Fernando Casanova, El Rayo con Tony Aguilar, Allá en el rancho grande con Tito Guizar, Juan Churras­queado con Jorge Negrete, Guitarras de media noche con Miguel Aceves Mejía y muchas, pero muchas más películas mexicanas.

El campesino nuestro pronto comprendió que él también po­día hacer sus propias rancheras y corridos; entonces se dio a la tarea de hacer canciones mexicanas. Fue precisamente cuando aparecieron duetos, tríos y solistas campesinos nuestros interpre­tando canciones rancheras que nadie conocía y que jamás se ha­bían visto en el cine mexicano.

Estos campesinos, como dije anteriormente, a causa de la violencia llegaron a la ciudad y muchos traían cargas de rancheras y corridos compuestos por ellos en la profundidad de la montaña, en el cafetal o en las horas de merecido descanso. Los explotado­res de la ciudad recibieron estas canciones, se las grabaron, las vendieron, por ellas recibieron mucho dinero y a los autores cam­pesinos nunca les pagaron nada o en el mejor de los casos, les pagaron lo mínimo. Los montañeritos por el solo placer de escu­char sus voces en un disco, muy tarde se dieron cuenta de que estos explotadores los estaban robando.

Hoy en día nos sorprendemos porque hay una invasión total de las músicas extranjeras y de cómo en nuestro medio hay emi­soras que las 24 horas del día pasan música norteamericana o de Puerto Rico; sin embargo esto no nos debe aterrar, pues en el barrio Guayaquil del Medellín de los años cincuenta del siglo pa­sado, había más de veinte cafés con el traganíquel lleno de tangos; y había bares donde sólo se escuchaban Los Trovadores de Cuyo y otros donde sólo se oían rancheras y corridos; sin contar algu­nos donde sólo había música con Margarita Cueto, Carlos Mejía, la Orquesta Internacional y Juan Pulido por ejemplo; y qué decir donde sólo había ritmo antillano; y absolutamente ninguna de esas músicas era colombiana.

En ese mismo tiempo algunas emisoras comenzaron a impul­sar la música mexicana al estilo antioqueño; y acompañadas de los mensajes a los campesinos en las veredas emitían las canciones de Los Relicarios, los Hermanos Palacio, Los Trovadores de la Vega, los Hermanos Valencia, Los Cuyitos, Los Dominicanos y todo lo que fuera de ese estilo, hasta llegar a la situación actual donde hay una emisora que se llama Guasca Stéreo y otra como Radio Paisa que casi todo el día emiten música campesina y guasca. Según el compositor y poeta Darío Montoya, la emisora que más promocionó la música que gustaba y gusta a nuestros campesinos fue la inolvidable Voz de las Américas, fundada el 6 de enero de 1946 por el señor José Nicholls Vallejo quien fue el que le dio más empuje a la música campesina y montañera a través de su programa famoso llamado Guasquilandia, transmitido de lunes a viernes de 10 a 12 del día y que tenía como cortina el corrido que inter­pretaban Las Palomas titulado Ojitos verdes; este programa era patrocinado por Laboratorios Galia que producían la cotizada Crema Linda.
Para comprar el libro MUSICA DEL PUEBLO PUEBLO de ALBERTO BURGOS HERRERA, puedes comunicarte con el autor al teléfono (57) (4) 332 4652 de Envigado, Antioquia, Colombia o al correo electrónico: albertoburgosh@hotmail.com


Alberto Burgos es médico y ahora se dedica a investigar la historia de la música en Antioquia. Ha publicado doce libros y ahora está preparando uno nuevo.

sábado, 19 de marzo de 2016

GUATAPÉ UN DAÑO INESPERADO

EL DAÑO EN LA HIDROELÉCTRICA DE GUATAPÉ.

Muy lamentable e inoportuno fue el incendio del pasado 15 de febrero en la hidroeléctrica de Guatapé, que afectó gravemente la generación de energia en un momento tan crítico debido al prolongado verano.

Foto: Periódico El Tiempo
Quedé sorprendido con las respuestas que escuché en una entrevista radial que le hicieron a un funcionario de EPM, posiblemente Jorge Londoño, su gerente, o Mauricio Múnera, jefe de logística. Y es que no estoy muy seguro del entrevistado pues prendí el radio cuando ya había empezado el programa.

Lo importante es que escuché datos muy interesantes que igual que yo muchos no conocíamos.

Ya se había dicho que el daño en la hidroeléctrica de Guatapé se había presentado por el incendio de unos cables eléctricos. Lo que nunca habíamos imaginado era que se requerían 33 kilómetros de estos para reemplazarlos, algo así como la distancia por carretera entre Medellín y Guarne, impresionante.

También dijo el entrevistado que este tipo de cable es muy particular, es un cable seco recubierto con un polímero imposible de conseguir en tan grandes longitudes, por lo que normalmente hay que encargarlo anticipadamente para que lo elaboren, cosa que puede tardar varios meses, gran problema ante la emergencia.

El equipo de emergencia de EPM localizó una empresa en México que tenía una obra de generación eléctrica con grandes problemas de ejecución y que disponía del cable requerido en Guatapé. Los contactaron e hicieron la transacción, primer gol. Con esto se ahorraron una gran cantidad de tiempo para resolver el daño, tal vez hasta seis o más meses que hubiese tardado su fabricación por encargo.

Ahora tenían que solucionar el asunto del transporte del cable México – Rionegro, otra cosa complicadísima pues los únicos capaces de hacer esto son los aviones rusos Antonov 124-100, que no son muchos y además tienen una agenda apretada que podría generar un tiempo de espera de uno a varios meses.

El equipo de emergencia movió su capacidad logística y, Eureka, había varios Antonov haciendo vuelos en una obra en Las Antillas, sitio muy cercano si lo comparamos de un itinerario desde Rusia. Además al ser consultados resultó que tenían espacio de tiempo disponible para traer a Rionegro los pesados carretes de cable conseguidos en México. Cada carrete mide como tres metros de diámetro y pesa 12 toneladas.

Antonov de 100 toneladas que nunca había aterrizado en Colombia
El viernes 18 de marzo a la 1:45 de la mañana, en medio de la bruma y la lluvia llegó el primer vuelo, con un día de anticipación de lo previsto, con ocho carretes de los 57 requeridos.

El tiempo de descarga también fue sorprendente, de las siete u ocho horas calculadas solo se requirieron dos, gracias a la tecnología de estos aviones. Otro gol.

La hora de la llegada fue ventajosa pues la caravana que transportó los cables rodó por la autopista sin inconvenientes hasta Guatapé.

Dijo el funcionario que un daño cuya reparación normalmente tarda un año se hará en dos o tres meses.

Gran labor la de los ingenieros y encargados de solucionar prontamente este lamentable problema de nuestra querida represa.

DICCIONARIO PAISA 3

Edición limitada de colección

El día miércoles 9 de julio de 2010 comencé a recopilar en mi blog esas palabras que escuchaba de niño en mi pueblo y en mi propia casa. Muchas de estas han ido desapareciendo con el pasar de los años.

Varios lectores también han compartido en el blog algunas, entre esas unas que nunca había escuchado, mis agradecimientos a todos ellos.

Tal vez haya otros diccionarios paisas, pero he tratado de dar a este unas definiciones más amenas que las tradicionales.

Esta es una autoedición de 103 páginas con más de 700 palabras, algunas fotos y varias historias cortas.

Como el anterior, este libro está impreso en papel de caña de azúcar y es una autoedición, maquetada e impresa en casa. La impresión de la carátula y empastada si corrió por cuenta de una empresa especializada por cuestiones estéticas. La idea comenzó a generarse al ver el interés de algunas personas que directamente o a través de Facebook han preguntado por la tercera edición.

Gracias a todos por su apoyo e interés.

Diagramación carátula y autoedición: Danubio.

picaso109@hotmail.com

Blog: http://retazosdelavida.blogspot.com/

 Tercera edición

 Medellín Colombia

 Primera edición  Septiembre 24 de 2014
Segunda edición Noviembre 21de 2015
Tercera edición marzo de 2016
Impresión ecológica en papel de caña de azúcar

Tamaño 21 Cms. x 13.5 Cms.  
Sitio de la carátula: Casa Barrientos
Avenida La Playa - Medellín, Colombia.

Recopilación de  palabras usadas hace muchos años en nuestra tierra antioqueña, algunas recordadas por el autor. que es del tiempo de Upa, y otras que fueron consultadas desde otros medios verbales y escritos.

Palabras que usaron mi amá, mi apá, mi amita y mi apito, y debo confesar que muchas las usé yo mismo. Es digno de destacar que algunas aún sobreviven para suerte de nuestro patrimonio cultural y nuestro gusto. Otras, siendo palabras castizas adquirieron en la región antioqueña otros significados, por ejemplo: Avión: Los paisas le cambiamos el significado por el de: “Ventajoso, persona hábil  en los negocios, tirando a tramposo”.

Están en orden alfabético, saliendo a la luz desde el torbellino del olvido.

No incluyo la jerga de los tiempos modernos que es muchas veces vulgarcita y solo me limito a la semántica antigua.

Esta edición incluye historias del Medellín antiguo.

Índice:
Introducción                            Página 3
Presentación                           Página 4
Diccionario                              Página 7
Historias añejas                       Página 51
Kira, bailarina exótica              Página 53
La muñeca moderna                Página 55
Colegio El Sufragio 1940         Página 57
Juniniar                                  Página 59
Marañas                                 Página 60
Cosiaca                                  Página 62
Teatro Junín                            Página 64
Teatro Santander                     Página 66
Medellín viejito                        Página 69
La maquinita                             Página 75
Don Alejo                                Página 76
El Berraco de Guaca                 Página 91
Las cartas viejas                        Página 94


miércoles, 9 de marzo de 2016

CAMINO DE LA PATRIA

Carlos Castro Saavedra



Cuando se pueda andar por las aldeas y los pueblos sin ángel de la guarda. Cuando se pueda ir derecho al alma como quien va a la aurora o a la estrella. Cuando sean más claros los caminos y brillen más las vidas que las armas. Cuando sean más frescas las cascadas y las flores fulminen los fusiles. Cuando los tejedores de sudarios oigan llorar a Dios entre sus almas. Cuando de luz tejamos la mañana antes que la congoja al viejo plato.

Cuando en el trigo nazcan amapolas y nadie diga que la tierra sangra. Cuando con la nostalgia acorralada, cantemos todos marsellesas arias. Cuando la sombra que hacen las banderas sea una sombra honesta y no una charca. Cuando tan cierta sea la esperanza que cuelgue torrencial en nuestras manos. Cuando la libertad entre a las casas con el pan diario, con su hermosa carta. Cuando el cocuyo inflame en clarinada e invada de esplendores nuestros sueños.

Cuando la espada que usa la justicia aunque desnuda se conserve casta. Cuando toque la tarde su guitarra y no se vuelva a hablar de la miseria. Cuando reyes y siervos junto al fuego, fuego sean de amor y de esperanza. Cuando apamate, almendro y naranjal en plena guerra den cobijo al niño. Cuando el vino excesivo se derrame y entre las copas viudas se reparta. Cuando con sol brindemos en Arauca por sabernos seguros en el bongo.


Cuando el pueblo se encuentre y con sus manos teja él mismo sus sueños y su manta. Cuando el pueblo despierte de mañana y le sobren Palomos a sus bridas. Cuando de noche grupos de fusiles no despierten al hijo con su habla. Cuando torne la madre pobre a casa con su risa cargada de legumbres. Cuando al mirar la madre no se sienta dolor en la mirada y en el alma. Cuando por cada madre muerta nazca en la floresta azul un gran lucero.

Cuando en lugar de sangre por el campo corran caballos, flores por el agua. Cuando en lugar de llanto, las quebradas sus sueños con los hombres los compartan. Cuando la paz recobre su paloma y acudan los vecinos a mirarla. Cuando deje la paz de ser fulana y se asemeje nada más que al pan. Cuando el amor sacuda sus cadenas y le nazcan dos alas en la espalda. Cuando aparezca el ángel, camarada del pobre hermano bravo, muerto de hambre.

Sólo en aquella hora, sólo entonces, podrá el hombre decir que tiene patria.

martes, 1 de marzo de 2016

ASTROPUERTA MARZO 2016


Hola:

El protagonista del mes es el planeta Júpiter, aunque el rojizo Marte ya comienza a asomarse sobre el horizonte de oriente.
Vamos a observar el cielo con telescopios las noches del 11 y el 12 de marzo en un sitio rural en Villa de Leyva. Más información en astroturismocolombia@gmail.com 

Enseguida los eventos del mes.
Saludos cordiales.
Germán Puerta
www.astropuerta.com
@astropuerta

Principales eventos celestes de Marzo 2016


Martes 1 – Luna en cuarto menguante
Lunes 7 – Conjunción de la Luna y Venus
Martes 8 – Oposición de Júpiter
Miércoles 9 – Luna nueva
Miércoles 9 – Eclipse Total de Sol visible en Indonesia y el océano Pacífico
Lunes 14 – Ocultación de Aldebaran por la Luna visible en el Norte de Africa, Sur de Europa y Asia        
Martes 15 – Luna en cuarto creciente
Domingo 20 – Equinoccio
Miércoles 23 – Luna llena
Jueves 31 – Luna en cuarto menguante

Principales efemérides históricas de Marzo 2016


Martes 1 – 1966: La sonda Venera 3, primera nave en impactar otro planeta, Venus
Jueves 3 – 1972: Lanzamiento de la nave Pionner 10
Viernes 4– 1835: Nace Giovanni Domenico Schiaparelli
Viernes 4– 1979: La nave Voyager 1 descubre los anillos de Júpiter
Domingo 6 – Elongación máxima Oeste de Mercurio
Lunes 7 – 1792: Nace el astrónomo inglés John Herschel
Martes 8 – 1979: La nave Voyager 1 descubre volcanes activos en la luna Io de Júpiter
Domingo 13 – 1781: William Herschel descubre el planeta Urano
Domingo 13 – 1855: Nace el astrónomo estadounidense Percival Lowell
Lunes 14 – 1879: Nace el físico alemán Albert Einstein
Miércoles 16 - 1926: El físico estadounidense Robert Goddard lanza el primer cohete con combustible líquido
Viernes 18 – 1965: Alexei Leonov efectúa la primera caminata espacial
Miércoles 23 – 1840: Primera fotografía de la Luna
Miércoles 23 – 1912: Nace Werner von Braun
Miércoles 23 – 2001: Cae la estación espacial MIR
Viernes 25 – 1655: Christiaan Huygens descubre a Titán, luna de Saturno
Lunes 28 - 1749: Nace el astrónomo y físico francés, Pierre Laplace
Martes 29 – 1974: La nave Mariner 10 envía las primeras imágenes cercanas de Mercurio

NOTA: esta información puede distribuirse libremente.

sábado, 20 de febrero de 2016

HOMBRE VIEJO PERRO VIEJO


Al mismo paso caminan, hombre y perro, perro y hombre
de vez en cuando descansan, hombre viejo, perro viejo.
Parece que se comprenden y comparten soledades,
corto trayecto les queda...
a hombre y perro, perro y hombre.

Son mis vecinos y los veo en las mañanas, parecen igual de viejos, tanto el hombre como el perro. El can nunca se adelanta y a su lado siempre ha ido, quién sabe por cuanto tiempo se acompañan hombre y perro.

Lectura relacionada PERRO VIEJO

sábado, 13 de febrero de 2016

SOBRE EL PAISAJE ROÍDO

Juan Guillermo Ánjel
Publicado en el periódico El Colombiano (13 de febrero de 2016)



Estación El Daño, habitada por malos calculistas, codiciosos delirantes y convertidores del territorio en espacios reducidos y verticales; mineros que por oro o el metal que sea dañan ríos y fuentes de agua, cultivadores extensivos de una sola planta que al fin daña los suelos y planeadores que creen que la tierra crece y no se acaba; tiradores de misiles que buscando matar a otros dañan también los pisos y destruyen el vecindario, corruptos que ven el mundo desde las facturas y las comisiones y predicadores que usan emociones para meterse en los bolsillos y en la mente de los incautos; intelectuales que no admiten más que lo que saben y educadores que reducen la enseñanza al mínimo; adoradores del fracking y de la producción de desiertos y niños que se mueren de hambre porque otros que están llenos comen por ellos; economistas que sirven a intereses y no a la realidad, políticas erradas, y el desfile sigue, porque en esto de dañar lo necesario los expertos abundan y se felicitan, se premian y bueno.

Lo que más hay en el mundo es paisaje, decía José Saramago. Y ese paisaje, que nos habló del espacio y la posibilidad de ir más lejos, que nos nutre con naturaleza necesaria para que existamos y nos da la posibilidad de ser inteligentes tratando de interpretar la realidad que está más allá de nosotros, que justifica que tengamos ojos y oídos, lo estamos destruyendo sin cesar. En muchos lugares que estuvieron libres de contaminación ya se siembran más casas que huertas y bosques, en los mares se destruye la vida original en nombre de los mercados, en el aire vale más el humo que las aves y el silencio es roto por el ruido permanente, como si nos doliera tener espacios para el descanso y la reflexión. Y seguimos: montañas horadadas, cauces secos donde antes hubo un río, ciudades a punta de explotar...

Los paisajes que vemos ya no son los del cuadro Horizontes del maestro Cano. Ya no son los que vio Adán cuando salió del paraíso ni los de Abraham cuando marchó a una tierra prometida y de promisión, abundante en leche y miel. Ya los paisajes son casi un entramado de huecos y de piedras asoleadas, de espacios rojos donde antes hubo un bosque y de desiertos que ocupan el espacio que contenía un lago. Y en ese paisaje, más que flora y fauna, más que gente en proceso de humanización y con futuro, abundan las máquinas, el smog, las cercas
electrificadas y los campos minados. Supongo que cuando la tierra se convierta en otro Marte, tendrá un paisaje cubierto de hierros y de avisos oxidados, de estructuras que a cada viento se desmoronan y los extraterrestres, si los hay, se preguntarán: ¿qué tipo de vida llegó a esto?

Acotación: los grandes economistas (Joseph Stiglitz, Angus Deaton, Ha Joon Chang) tienen claro el asunto de que las rentas y la riqueza no pueden seguir aumentando a menos que tengamos como objetivo destruirnos y ser solo momias rodeadas de cosas oxidadas. En La Via, Edgar Morin, ha dicho: para llegar al futuro hay que parar.

miércoles, 3 de febrero de 2016

MEDELLÍN VIEJITO

3000 MIEMBROS


El 24 de enero nuestro grupo llegó a los 3000 miembros. Le correspondió a Gladys Stella Delgado Ramirez ocupar ese número que nos llenó de gran satisfación.

Es reconfortante ver a tantas personas interesadas en conocer la historia de Medellín a través de sus fotos, que por lo demás y afortunadamente son muy numerosas.

Felicitaciones entonces a todos los miembros y amigos del grupo por su interés y participación en los temas que suscitan las publicaciones y muchas gracias por su apoyo y colaboración.

Este regalito es para ustedes, una presentación animada de la gente del Medellín viejito.




Entre los grupos de Facebook hay varios dedicados a compartir historias y fotos antiguas de Medellín. Entre esos grupos está uno llamado Medellín viejito, creado por mi amigo Eduardo Gallón Cañas, un enamorado de la historia de la ciudad. Desde su creación ha publicado miles de fotos que nos transportan a esos tiempos idos que sin duda le sirven de referencia a esta ciudad que se ha ido transformando sin olvidar retomar cosas de un pasado que no deja de sorprendernos.

Este es el enlace al grupo: MEDELLÍN VIEJITO

Reglamento del grupo Medellín viejito.

1. El objeto del grupo es el de publicar fotos antiguas de Medellín.
2. Consideramos que fotos posteriores a 1990 no aplican a nuestro grupo, salvo excepciones que por tener una cualidad o ser de interés serán consentidas por los administradores.
3. Los temas pueden ser de lugares, gente, historias o cosas del Medellín viejito.
4. Que bueno que citen la fuente de la foto, autor o propietario. Igual la fecha, aunque sea aproximada.
5. Ante todo respeto entre los miembros del grupo. No se deben hacer comentarios hostiles ni discriminatorios.
6. Que bueno que le den un vistazo a las fotos publicadas, así se evitan las repeticiones que llegan a ser molestas. Si tu foto está repetida se te puede solicitar que la elimines, pasado un tiempo la podremos eliminar directamente.
7. Esas fotos en tus álbumes pueden ser maravillosas. Compártelas.
8. Escribir con mayúscula equivale a gritar. Si por error lo haces tienes la opción de editarlas de nuevo
9. La publicidad, comentarios o fotos que no se remitan al tema de grupo serán eliminados.
10. Luego de ser aceptada tu solicitud en el grupo se entiende que estás de acuerdo con las normas.

Entonces ánimo, a disfrutar las bellas fotos e historias de nuestra querida ciudad.

Enlaces relacionados: 
Medellín viejito 1
Medellín viejito 2

martes, 2 de febrero de 2016

ASTROPUERTA FEBRERO 2016

Hola:

El XIX Festival de Astronomía en Villa de Leyva, Colombia, el evento de astronomía aficionada más importante de América Latina, tendrá lugar el 12, 13 y 14 de febrero. Asistencia libre, no requiere inscripción previa. 

Afiche del evento
Más información en: astroasasac
Nos vemos en la Plaza Mayor.

Enseguida los eventos del mes.
Saludos
Germán Puerta
astropuerta
@astropuerta
Bogotá

Principales eventos celestes de febrero 2016

Lunes 1– Luna en cuarto menguante
Sábado 6 – Conjunción de la Luna, Mercurio y Venus
Domingo 7 – Elongación máxima Oeste de Mercurio
Lunes 8 – Luna nueva
Lunes 15 – Luna en cuarto crecienteMartes 16 – Ocultación de Aldebaran por la Luna visible en el Sureste de Asia, China y Japón
Lunes 22 –  Luna llena
Miércoles 24 – Conjunción de la Luna y Júpiter.


Principales efemérides históricas de febrero 2016

Lunes 1 – 2003: El transbordador espacial Columbia se desintegra y mueren siete astronautas
Miércoles 3 – 1966: La sonda Lunik 9 efectúa el primer descenso controlado en la Luna
Miércoles 3 – 2009: Irán lanza su primer satélite artificial
Jueves 4 – 1906: Nace Clyde Tombaugh, descubridor del planeta enano Plutón
Viernes 5 – 1974: La nave Mariner 10 envía las primeras imágenes cercanas de Venus
Sábado 6 – 1971: Alan Shepard en la misión Apolo 14 golpea la primera bola de golf en la Luna
Domingo7 – 1984: El astronauta Bruce McCandles efectúa la primera salida al espacio sin cable
Lunes 8 – 1828: Nace Julio Verne
Jueves 11 – 1970: Japón lanza su primer satélite artificial
Viernes 12 – 2001: La sonda NEAR-Shoemaker, primera nave en posarse sobre un asteroide, Eros
Domingo 14 – 1963: Lanzamiento del Syncom 1, primer satélite geoestacionario
Lunes 15 - 1564: Nace Galileo Galilei, astrónomo, físico, matemático y filósofo de Pisa
Martes 16 – 948: Gerard Kuiper descubre a Miranda, luna de Urano
Miércoles 17 – 1600: Giordano Bruno es ejecutado en Campo dei Fiori en Roma
Jueves 18 – 1930: Clyde Tombaugh descubre el planeta enano Plutón
Viernes 19 – 1473: Nace Nicolás Copérnico
Viernes 19 – 1986: Lanzamiento de la estación espacial MIR
Sábado 20 – 1962: John Glenn, primer americano en orbitar la Tierra
Miércoles 24 – 1968: Descubrimiento de la primera estrella pulsar
Miércoles 24 – 2011: A bordo del transbordador espacial Discovery viaja R2, el primer robot humanoide en el espacio
Viernes 26 – 1842: Nace Camile Flammarion, astrónomo francés

Esta información puede transmitirse libremente.


lunes, 1 de febrero de 2016

TOLA Y MARUJA ACONSEJAN

EL PÍCARO ARREPENTIDO.
Contestan Tola y Maruja.


Apreciadas tías:

Soy un cristiano normalito: ni muy muy ni tan tan, no perdono misa los domingos y comulgo. Pues bien, en esta Semana Santa se me fueron las luces y en uno de los sermones di limosna con un billete falso de cincuenta mil y pedí que me devolvieran cuarenta y ocho mil. Ahora no aguanto la cantaleta de mi conciencia. ¿Qué hago, piadosas señoras? ¿Devuelvo la plata o compro indulgencias antes de que suban con la venida del Papa?
Atentamente,
Timador arrepentido

Querido peligrés,
Por su letra notamos que usté le robó tiempo a las planas de caligrafía (guarden esta palabra porque va pal olvido que se las boga). Lo que hizo en el templo no tiene perdón de Dios y le quedan dos caminos: confesarse o esperar a que su pecao prescriba por vencimiento de términos.

Esto no es nuevo pa nosotras, estimao tumbador: cuando Tola y yo colaborábamos recogiendo las limornas en la iglesia San Lorenzo de Yolombó, varias veces nos metieron billetes falsos y nos tocaba después ayudarle al padre a meterlos en las tiendas del pueblo.

Y siempre con el mismo sistemita: billetes grandes pa que una les devolviera plata buena… Y no faltó el conchudo que se persinaba con el “carón” de diez mil chiviao antes de soltarlo en la chuspa bendita. Infames.

Se aprovechaban porque a una le daba penita revisar el billete contra la luz del cirio pascual, delante todos los parroquianos. O subir al púlpito y mirarlo frente a la inmensa lamparota del techo. O blanquiar los ojos y rezar: Señor, ilumíname…

Una vez un berriondo tipo nos metió un billete de cinco mil tan falso que Nariño salía sin patillas, y es tan descarao que cuando se lo devolvimos nos dijo: Tías, imposible que un billete tan bien falsificado parezca falso.

Precisamente en estos días de reflesión Tola y yo pensamos en Jesús y los dos ladrones que lo escoltaron en la cruz: Dimas y Gestas. Como usté recordará, querido pícaro, Dimas fue el ladrón bueno y Gestas el malo.
Gestas, colgado a la izquierda de Nuestro Señor, se burló de él: ¿No quizque sos “el de Aguadas”? Salvate pues y salvanos a nosotros dos… Dimas, por su lado, le pidió chanfaina: “Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí”. O sea: tras de ladrón, lagarto.

Gestas era conocido como el ladrón malo porque robaba los bienes públicos y fue líder del carrusel de la contratación en Jerusalén. Precisamente lo crucificaron sindicao de sobrecostos en un contrato de cruces, y de entregarlas sin barnizar.

Dimas, en cambio, era el ladrón bueno y gerenciaba el banco de Galilea, que degeneró en pirámide con sucursales en Egipto y Panamá y que terminó llevándose los ahorritos que María Magdalena había ganado con el sudor de su… frente.
Pero la gran diferencia entre este par de hampones fue que Dimas se ganó el aprecio de Jesucristo porque se arrepintió y le pidió que lo llevara al Paraíso, aunque no aclaró si al paraíso Paraíso o al paraíso fiscal.

La leción de todo esto, querido malhechor, es que sumercé debe hacer esámen de conciencia (reconocer la culpa), contrición de corazón (pedir perdón) y propósito de enmienda (reparar a su víctima: devolverle la plata al cura).

Tus tías que te quieren,
Tola y Maruja
Posdata: La diferencia entre un ladrón malo y un mal ladrón es que este último se deja pescar.

El Espectador. Abril 15 del 2015

sábado, 30 de enero de 2016

LA CIUDAD DE LA RIA

Da gusto leer las historias de Alberto López. Ahora nos comparte la historia del abuelo que en medio de muchas dificultades migró a La Ria en busca de una nueva vida. Una historia que no queremos dejar de leer hasta llegar al final

Alberto Lopez


Corría el otoño de 1887, cuando, desde un Villorrio de la Merindad de Castilla la Vieja, llegaba a la ciudad de La Ría mi abuelo paterno. Venía como un emigrante más, perdido en la marea humana que intentando escapar de la pobreza y la miseria del campo, acudía a las ciudades industriales en busca de pan y trabajo. 

Recogida la cosecha, y con poco más que lo puesto, venía como temporero, con la intención de ganar algunos cuartos, que le permitieran mantener a la numerosa prole que había dejado en el pueblo. 

Comenzó trabajando de peón en las minas del sur de la capital, hospedándose en los barrios altos de San Francisco y Las Cortes, primero de patrona, y después realquilado en una de las chabolas apiñadas junto a la boca de la mina Miravilla. En las campañas siguientes buscaría trabajo en los criaderos de los montes de Triano, alojándose en los barracones de las compañías mineras. 

Tras la gran huelga de 1890, que acabó con aquellos barracones, consiguió realquilar en Gallarta dos cuartos con derecho a cocina y volvió al pueblo, convencido, de que no había otra salida para su familia, que dar un paso adelante y emigrar a la ciudad. 

Sin poner ningún reparo, mi abuela se aprestó a organizar la marcha y a seguir a su hombre, donde éste la llevara. Vendieron los cuatro trastos que tenían, hicieron unos hatillos con lo imprescindible, que repartieron entre los niños de acuerdo a sus edades, y él con dos colchones a la espalda, y ella con una maleta, un bebé en brazos y otro en el vientre, se fueron a tomar el coche de línea para reiniciar una nueva vida, en aquella ciudad de hierro, de la que todo el mundo hablaba maravillas. 

La Ría era por aquel entonces, la columna vertebral de una ciudad industrial minera, siderúrgica y portuaria, donde se daban las formas más despiadadas de la explotación capitalista. En torno a ella giraba la vida de un rosario de barrios y pueblos que, entremezclados sin solución de continuidad con excavaciones y acopios mineros, muelles, astilleros, ferrocarriles, altos hornos y cargaderos de carbón y mineral, la acompañaban desde la vieja villa mercantil de las siete calles hasta el mar. 

Una deslumbrante ciudad industrial, donde se daban tantas ciudades como clases sociales, modos de vida, culturas, orígenes e identidades.

Sin puentes que la cruzaran, la Ría cortaba de un tajo el territorio, dividiéndolo en dos: la margen izquierda, caótica, minera, industrial, obrera, y la derecha, burguesa, donde se desarrollaban los nuevos barrios jardín, que seguían los modelos del urbanismo inglés. 

Cuando habían huelgas y manifestaciones, en aquella ciudad fracturada física y socialmente, no les resultaba difícil a la policía y al ejército cerrar la zona minera y bloquear las fábricas y los núcleos populares de la margen izquierda, de tal manera que, les resultaba imposible a los obreros acceder al Ensanche, donde radicaban las instituciones del poder económico y político, y a los barrios residenciales de la orilla opuesta, donde los burgueses se sentían a resguardo de las algaradas sociales. 



Era una ciudad, donde su geografía, resultaba la expresión de una estrategia territorial, impuesta por la burguesía industrial y financiera, para ejercer su dominio social y garantizar el funcionamiento del nuevo modelo de ciudad industrial. 

Los mineros vivían a pie de mina, entre los vertidos de las escombreras, en poblados de barracones y chabolas, donde las condiciones de habitabilidad y salubridad eran pésimas. El cólera, el tifus, la tuberculosis y otras enfermedades infecciosas, hacían estragos en estos asentamientos surgidos sin orden ni concierto entre los pliegues de los montes. 

Junto a las factorías de los altos hornos y los astilleros, fueron naciendo barrios obreros que, en pocos años, se convirtieron en poblaciones con miles de habitantes. 

Entre aquellos braceros y campesinos pobres procedentes de la inmigración, con unos orígenes y un bagaje cultural diferentes a los de la población autóctona (que en su mayor parte, siguió en los núcleos agrícolas y los caseríos dispersos, con su tradicional forma de vida rutinaria) fue naciendo una nueva clase obrera, que a pesar de los reiterados esfuerzos del poder para borrar su historia, dejó profundas huellas en la transformación física del territorio, en las formas de vida, y en la formación de la nueva ciudad de La Ría, donde se acabó acrisolando la sociedad compleja y diversa que ha llegado hasta hoy. 

Por aquellos años convulsos, Gallarta era el corazón de la zona minera. Los partidos de izquierda y los sindicatos obreros, celebraban allí sus manifestaciones y mítines más importantes. Entre las brumas de mis desordenados recuerdos, creo ver a la imponente figura de Facundo Perezagua dirigiéndose desde el balcón del Ayuntamiento a los mineros concentrados en la plaza, a La Pasionaria desfilando entre un mar de banderas rojas en un Primero de Mayo y a Indalecio Prieto hablando desde un estrado en un frontón abarrotado de gente. 

Después de tres varones y una hembra, mi padre sería el quinto en la descendencia y el primero que vio la luz en esta tierra. Se llamaba Ernesto, como mi abuelo, y desde muy pequeño, sin apenas conocer la escuela, siguió la estela de sus hermanos y se lo comió la mina. 

De él solo tengo algunos recuerdos borrosos (quizás no sean ni propios y pertenezcan más a la herencia oral de mi madre) ya que, siendo yo un niño, reventó barrenando en la mina Concha por un salario de miseria. 

Lo que no lograron tres años de guerra, una sentencia de muerte de un tribunal militar y varios años de trabajos forzados excavando a pico y pala el túnel de La Engaña (paradojas de la vida, tener que volver a la tierra de sus ancestros a cavar el último túnel del Santander Mediterráneo, aquel ferrocarril que no pasó de ser un sueño) lo conseguiría unos años después la mina. Al igual que mis abuelos y mis tíos, descansa en el cementerio de una aldea perdida entre los montes de hierro.

Primogénita de una familia numerosa de aparceros pobres, mi madre había nacido en Valujera, una aldea de cuatro casas del Valle de Tobalina. Siendo casi una niña, la enviaron a servir a Burgos en casa de un pariente lejano, canónigo de la catedral. Mis abuelos debieron pensar, que le serviría para aprender algunas letras, y también que, con una boca menos, mejorarían el magro sustento del resto de su prole. 

Pero el vicario de Dios la hacía trabajar como a una burra, y sin enseñarle ni pagarle un céntimo, la estuvo matando de hambre, hasta que con apenas catorce años, consiguió escapar de la tutela de aquel avaro y en varias jornadas a pie (en las que pagó con su trabajo, el lecho y el sustento en las fondas y caseríos del camino) consiguió llegar a la ciudad de La Ría. 

Tras unas semanas acogida generosamente en casa de una prima, que había llegado dos años antes y se había puesto de puta en la Palanca, se empleó de criada en Gallarta, con la familia de un nuevo rico minero, de origen leonés, que a pesar de no saber ni firmar, le llamaban, por sus aires aristocráticos Don Paco el Marquesito. 

Este personaje había levantado a la entrada del pueblo una gran mansión, en un estilo neogótico híbrido y ampuloso, rodeada por un amplio parque jalonado de fuentes y estatuas a cual más extravagante y dispar, adquiridas para darse lustre en sus tour europeos. 

Allí organizaba rumbosas y sonadas fiestas, con gran asistencia de autoridades, gentes acaudaladas y otros personajes tan variopintos como él, en las que corrían ríos de champaña y caviar, junto al vino de Rioja, bocadillos de tortilla y chorizo del Bierzo. 

En la temporada de verano, se trasladaba con su familia y su servidumbre al palacete que tenía en el Muelle Nuevo de Portugalete, para tomar los baños de mar en la playa de El Salto y navegar por la costa en su famoso yate, El Potosí. Allí coincidían por entonces, las familias de la nueva burguesía minera, industrial, naviera y financiera con la antigua aristocracia del Casco Viejo mercantil que tenía sus despachos y almacenes en las Siete Calles. 

A pesar de tan distinguida presencia, Portugalete no había dejado de ser una villa comercial y popular, al servicio de la margen izquierda y zona minera. Los domingos las tiendas se mantenían abiertas y grupos de mineros y obreros, bajaban con sus familias de los montes de Triano o acudían desde los distintos núcleos fabriles de la margen izquierda, a proveerse de todo tipo de vituallas, a beber en sus tabernas y a bailar en la plaza a los sones de la banda. 

Pero el incremento de las agitaciones sociales fue cambiando las cosas. Alarmadas con las primeras concentraciones de masas que tuvieron por escenario la villa marinera, las clases altas la fueron abandonando y cruzando la Ría hacia los nuevos barrios de las Arenas y Neguri, donde se sentían más protegidos. 

Allí se estaban poniendo de moda las formas de vida de la aristocracia inglesa, las residencias campestres, los baños de mar, los deportes al aire libre como el tenis, el golf, el fútbol y sobre todo las regatas, que contaban con la presencia de la familia real, que prestaba su brillantez en las fiestas que se daban en el imponente edificio del antiguo Balneario, reconvertido en Real Club Marítimo. 

Un edificio que se alzaba orgulloso frente al nuevo puerto, como símbolo del poder y el empuje del capitalismo local, hasta que en los años setenta del siglo XX, un atentado de ETA le pegó fuego y fue sustituido por un edificio moderno, de tan escaso relieve, como la burguesía venida a menos que lo levantó.

Allí construyó también el Marquesito, su nueva villa palladiana, junto a los de otros grandes próceres de la ciudad, y allí se trasladaría, pocos años después, a vivir de forma permanente con su familia, abandonando sus anticuadas residencias de Gallarta y Portugalete. El lustre chusco que el rico minero se había ganado con su apodo popular, lo lavaría su primogénito, al serle otorgado por el Caudillo el título de Marqués de Bodovalle, con el que pretendía blanquear la fortuna acumulada por su familia, con el sufrimiento y la sangre de tantos obreros que dejaron la vida, arrancando el hierro de sus minas. 

En aquel baile dominical de Portugalete, al que popularmente llamaban El Chicharrillo y donde acudían los obreros y las criadas de uno y otro lado de la Ría, se conocieron mis padres. Tras dos años de relaciones formales, se casaron. 

Dadas las estrecheces económicas y las dificultades para encontrar una casa donde meterse, mi madre, ocultando a sus señores su matrimonio civil, continuó sirviendo, pero enterada la Marquesita de que no había pasado por la vicaría, la puso en la calle sin contemplaciones de un día para otro. Así que se fueron a vivir a Gallarta, compartiendo techo con otra familia, que les subarrendó una habitación con derecho a cocina, en una casa que era poco más que una chabola mejorada. 

Mi padre siguió en la mina, y mi madre comenzó a coser en casa con notable éxito entre las mujeres de los mineros. Un año después conseguirían alquilar su propia vivienda. En una foto sepia y ajada por el paso del tiempo, que colgaba de un cordel en la pared del comedor, posaban solemnes y ceremoniosos el día de su boda. Ella, sentada en una silla de respaldo recto, con un vestido blanco, el pelo recogido en un moño y un pequeño ramo de azahar en las manos que dejaba reposar sobre el regazo, y él, de pie, sacando pecho, con traje oscuro, repeinado con raya en medio, gran mostacho, una mano colgando del bolsillo del chaleco, y otra descansándola sobre el hombro de su mujer, en un gesto severo de jerarquía y protección. Mi madre decía de él que, era un hombre muy guapo, quizás no muy inteligente, pero que sobre todo era honrado y bueno.

Se llamaba Herenia y era una joven menuda, blanca y delicada, pero de gran inteligencia y carácter. Una mujer con temple de acero, que desde la soledad de su viudedad y con un mocoso a la espalda, se enfrentó con resolución a la vida. Y lo hizo sin acritud y sin perder la sonrisa. Así eran las mujeres humildes en aquel tiempo.

Tras la guerra, Gallarta declinaba acosada por la voracidad de la mina y la represión política. Señalada como viuda de socialista, pero a la vez soltera, al no reconocer las nuevas autoridades su matrimonio civil (yo me convertí de pronto en un hijo del pecado) mi madre decidió que lo más conveniente era cambiar de aires y nos fuimos a vivir junto a la Ría, a una vega insalubre e inundable que llamaban El Desierto y que por entonces se comenzaba a poblar. Era el único núcleo obrero de la margen derecha, donde se habían asentado algunas factorías industriales a fines del siglo anterior, aprovechando el paso del nuevo ferrocarril que, desde la capital, llegaba hasta las nuevas urbanizaciones burguesas situadas junto al mar y cuyos terrenos habían sido adquiridos con la desamortización, por un aristócrata que los usaba como finca de recreo, y que a la vista de la falta de viviendas, había iniciado el negocio de promoverlos inmobiliariamente. 

Mi madre encontró trabajo en un taller de cordelería, donde hacían chicotes para el amarre de las embarcaciones. Las jornadas eran muy largas, salía de casa al alba y volvía al anochecer. Cuando llegaba me daba la cena, me ayudaba a hacer los deberes y se ponía a coser para los vecinos, hasta bien entrada la noche. La cordelería no era un trabajo propio de mujeres, había que tener buenos brazos para trenzar el material, pero los hombres escaseaban, se los había llevado la guerra. Con el tiempo se fue consolidando como costurera y consiguió dejar el trabajo en el taller.

Alquilamos una buhardilla pequeña, en una casa de pisos bastante decrépita que daba frente a la Ría. Conservo imborrable el momento en que por primera vez me asomé al balcón del comedor de aquel nuevo hogar y quedé deslumbrado ante el gran escenario que se ofrecía ante mis ojos. Aquel mundo maravilloso, iba a ser desde entonces el mío. 

Con las primeras luces del amanecer, la Ría iniciaba una rabiosa actividad. Los barcos, las gabarras y los remolcadores la surcaban en ambos sentidos, mientras que los pequeños gasolinos iban y venían entre las márgenes cargados de obreros, sorteando las olas provocadas por los barcos. Con el sonido de las sirenas y de los cuernos de las fábricas llamando al trabajo, comenzaba también mi jornada. 

Asomado a aquel balcón, pasaba las horas muertas en la contemplación de aquel maravilloso espectáculo. Había mediodías en que el sol se velaba por los humos de las chimeneas que, elevándose hacia el cielo, se confundían con las nubes. Al anochecer el espectáculo cambiaba, los barcos desaparecían, dejando el protagonismo a los altos hornos que, con sus explosiones encendían la noche con reflejos rojos azules y dorados. Entonces, las aguas pardas del color del hierro se tornaban en un espejo negro, donde chisporroteaban las luces del cielo.

Con mi madre en el trabajo, yo me crié en la calle, al cuidado de las miradas de las vecinas. Por entonces apenas circulaban coches, las calles eran un espacio público que hacía las veces de plaza, parque y cancha de deportes. Además teníamos la Ribera de la Ría, donde los chavales aprendimos a nadar, a manejar los botes, a tirarnos de cabeza desde lo alto de las planchadas, a coger carramarros en la marea baja y a pescar mubles con un simple aparejo. Cuando leo historias de aquellos años, todas hacen referencia a que fueron tristes, oscuros, de represión y estrecheces económicas, pero los niños, al menos los de la Ría, no lo percibíamos así. 

Mi recuerdo está asociado al disfrute de una gran libertad. La Ribera de la Ría ofrecía la posibilidad de infinitas aventuras. Pienso que, a pesar de que a los niños pobres, se nos fueran los ojos tras la merienda de los chicos pudientes, éramos más felices que los niños actuales, ultra protegidos por los padres y encerrados en unas escuelas valladas, con horarios rígidos, que en ocasiones me recuerdan a la cárcel.

Cuando mi madre hacía horas extraordinarias y retrasaba su vuelta a casa, se ocupaban de mí los vecinos de la buhardilla de enfrente, Juan e Irene, un matrimonio mayor sin hijos, que me daban de cenar. 

El era patrón de los gasolinos del pasaje que cruzaban la Ría y en ocasiones me llevaba en la cabina permitiéndome manejar el timón. Con excepción de la cabina, los gasolinos eran descubiertos, así que cuando llovía, se cubrían con un techado de paraguas negros. Había sido botero antes de la guerra, cuando el pasaje se hacía en botes de remo. 

Tenía una pierna ortopédica completa, que había perdido en la Batalla del Ebro. Cuando por primera vez la vi colgada de un gancho en la pared de su dormitorio, me di un susto de muerte, al suponer que se había arrancado una parte de cuerpo. Irene, su mujer me cuidaba como si fuera su nieto. 

Los gasolinos pintados de azul y blanco (los colores del club de fútbol local) partían de la planchada situada frente al café de Roque (un lugar de mala fama, donde, según mi madre, acudían mujeres de vida alegre) y cruzaban la Ría hasta atracar a los pies de los Altos Hornos. En torno a aquella planchada y a la rampa que penetraba en el agua, atracaban pequeñas embarcaciones, botes y gasolinos de las gentes que trabajaba en la Ría llevando y trayendo pasajeros, cargas y suministros a los barcos que atracaban a lo largo de los muelles. 

La Ría era el centro de la vida, había pesquerías, astilleros, talleres de reparación de buques, almacenes de efectos navales. También era el centro del estraperlo y de una cierta delincuencia menor, en la que, en alguna medida (también los niños convertidos en incautos recadistas ocasionales) participábamos todos.

A pesar de su matrimonio civil, mi madre era bastante religiosa, así que me mandó al colegio de los Hermanos Maristas que había fundado, al otro lado de las vías, el prohombre que había desarrollado el barrio. 

Con honrosas excepciones eran unos frailes de disciplina rígida, mano ligera y vara de avellano, con la que pretendían hacernos pasar por el aro, aunque con algunos de nosotros nunca lo conseguirían, pues el palo solo hacía aumentar nuestra rebeldía. Como en casi todos los colegios, también en aquél había un fraile de sonrisa blanda y manos sudorosas, que nos metía mano. 

Pero a nadie se le ocurría decir nada, era mejor callar que denunciarlo y meterse en un lío que no llevaría a ninguna parte. Fermín, un compañero de clase se lo dijo a su madre y en lugar de ir al colegio a pedir explicaciones, su padre le respondió con una ración de hostias. 

Así que, como he dicho, era más práctico esquivar al fraile. Y eso hacíamos. Además, a mi madre, nunca le habría entrado en la cabeza que, un religioso, pudiera tener tal comportamiento.
Los domingos por la tarde salíamos a pasear juntos, me compraba un tebeo, tomábamos una gaseosa, y después íbamos al cine, a la sesión de las seis, yo con un paquete de pipas y ella con otro de cacahuetes. A la salida, dábamos vueltas al quiosco de la plaza, mientras escuchábamos a la banda. 

Cuando murió mi padre, se puso el luto y ya nunca se lo quitó. Yo la recuerdo siempre vistiendo de oscuro. A pesar de ser todavía una mujer joven y guapa, nunca puso la mirada en otro hombre. Su única preocupación era trabajar y ganar lo suficiente, para que su hijo estuviera bien alimentado, fuera abrigado, limpio, y no le faltase de nada. 

El centro de la ciudad estaba a pocos kilómetros de nuestro barrio, pero lo sentíamos muy lejos. Era donde estaba el poder, los bancos, el comercio, las navieras, la bolsa. Era la ciudad del Ensanche. No había motivo para ir a aquel extraño lugar, donde todos eran empleados o funcionarios con corbata, apenas se veía a obreros por la calle y en los días laborables la gente paseaba con traje. Nuestra vida se ceñía al barrio, donde se trabajaba, se estudiaba, se jugaba, se iba al cine, donde se tenía la pandilla, la novia, se formaba una familia, se criaban los hijos y se moría. 

Así era mi barrio, más o menos como el resto de los barrios populares de la ciudad de La Ría.
Por San Antonio me llevaba a las fiestas patronales de Gallarta. Comíamos en casa de los únicos tíos que todavía seguían viviendo allí, ya que los demás, se habían trasladado a otros pueblos de la margen izquierda. 

Pasábamos en gasolino a Baracaldo (si estaba Juan al mando de la embarcación nos colaba) y cogíamos el tren a Ortuella. De allí subíamos caminando a Gallarta. La carretera serpenteaba entre un caos de excavaciones, rellenos, montañas de mineral, balsas de barros y escombreras. El pueblo había cambiado mucho después de la guerra. La actividad extractiva languidecía, los minerales ricos habían desaparecido hacía tiempo, y ya solo quedaban carbonatos de baja ley. 

Pero la mina Concha, implacable, perseguía la veta aproximándose cada vez más al pueblo. Las explosiones de dinamita hacían temblar los edificios. Año tras año veía cómo iban cayendo las casas, hasta que el laboreo llegó a las puertas de la plaza del Ayuntamiento, y junto con las escuelas, el frontón y la iglesia, la mina, acabó por tragar el pueblo entero. La casa de mis tíos que, estaba en las afueras, fue de las últimas en desaparecer. 

Entonces nadie se atrevía a protestar, ante aquél atropello de los capitalistas de la mina. Girón el jerarca falangista, por entonces Ministro de Trabajo, al que se le llenaba la boca defendiendo a los obreros, prometió un pueblo nuevo en una zona más añejada. Nuevo Ayuntamiento, nueva escuela, nueva iglesia y nuevas casas. 

Pero lo que construyeron fue un barrio dormitorio más, como otros tantos de la margen izquierda y el pueblo dejo de ser un pueblo. Justificándolo con el progreso de la mina y de la industria, barrieron la historia de Gallarta, enterrando lo que había significado en las luchas obreras. 

Con la democracia, el nacionalismo vasco en el poder, dio otra vuelta a la tuerca. Mis señas de identidad y las de mis predecesores, se iban perdiendo. Nunca pensé que, su desaparición pudiera llegar tan lejos.

A mi madre en el barrio la llamaban la Castellana y entre los vecinos más próximos la pantalonera. A mí me conocían como el hijo de la viuda, aunque algunos niños, que por su apellido vasco se las daban de superiores, me apodaron el maketo. 

A veces pensaba que, con excepción de mi madre nadie sabía cuál era mi nombre. Entonces intuí que en la tierra donde había nacido, siempre sería un ciudadano de segunda. Todavía no sabía que mi destino en el mundo, iba a ser el de un marginal y un extraño condenado a vagar sin destino.

Rebasado la mitad de este siglo, llegó una segunda oleada de inmigrantes, mucho mayor que la de finales del siglo anterior. Cerradas las minas por agotamiento, ahora venían a trabajar en las acerías, los astilleros, las industrias de la Ría y la construcción de edificios. Si en la época de mis abuelos procedían de los territorios cercanos, el norte de Castilla, La Rioja, el valle del Ebro y Cantabria, ahora acudían desde toda la península. 

Si entonces los nacionalistas les llamaron maketos, ahora, supongo que por influencia de las imágenes que de la guerra de Corea ofrecía el Nodo, les llamaban coreanos. Dos términos y dos momentos diferentes para un mismo desprecio. Con la llegada de aquellos inmigrantes, los pueblos y barrios de la Ría experimentaron un nuevo crecimiento. 

Parecía que la autarquía de posguerra tocaba a su fin y arrancaba un nuevo futuro. Pequeños talleres y nuevos negocios se abrían por doquier. En los solares abiertos por las bombas y en las huertas próximas, se levantaban naves, pabellones y nuevos bloques de viviendas que, la necesidad, llevaba a ocuparlas, antes incluso de finalizar su construcción. 

La ciudad de La Ría volvía a resurgir, pero las viviendas no se construían al ritmo que llegaban los inmigrantes, así que las laderas del valle, comenzaron a poblarse de chabolas. En aquel mundo en ebullición, yo también intenté buscar mi camino, pero me perdí en sus entresijos y acabé convirtiéndome en un golfo. 

La vida me pasó por encima y continué dando tumbos, hasta que todo se resquebrajó cuando caí en prisión. Había jugado demasiado tiempo sobre el filo de la navaja y acabé perdiendo. Entonces, todos me borraron de su memoria. Solo mi madre siguió conmigo. Su bondad era infinita, como su dulzura y su fortaleza para afrontar la vida. 

A pesar de hacerle penar lo indecible con mi conducta desordenada, nunca tuvo para mí una sola palabra de condena. Su desacuerdo lo ilustraba, todo lo más, con el silencio. Falleció en su humilde buhardilla frente a la Ría, tal y como había vivido, sin quejarse, sin pedir nada, pobre, pero con la dignidad y el orgullo que da el saberse honrada. 

Hacía poco que había entrado por segunda vez en prisión, mi última causa estaba todavía fresca y no me dejaron salir para acompañarla a su última morada. Al igual que mi padre, también ella ocupa una tumba sin nombre. 

Nunca llegué a casarme, ni a tener hijos a los que desgraciar con el peso de mi vida. Por suerte, ese peso lo llevo solo. Algunos dirán que, también en asunto de mujeres, fui un golfo y un putero. Seguramente tendrán razón. Para qué voy a argumentar lo contrario, si nadie me creería. Esto me trae un recuerdo entrañable, el de la única relación seria que he tenido. 

Fue en mi adolescencia y primera juventud, con una chica del barrio. Se llamaba Rosa Mari y era hija del guarda barreras del ferrocarril. Cansada de mis calaveradas y ante la perspectiva de pasarse la vida esperando mis salidas de prisión, se fugó con un vendedor de seguros de vida que pasó ocasionalmente por el barrio. Es algo que, a los presos, antes o después, nos acaba sucediendo a casi todos. Cuando recuperé la libertad, ya no tenía la ilusión para volver a intentarlo y en esas sigo. 

De los restos de mi familia, perdí todas las noticias. Hay que disculparles. Reconozco que el recuerdo de un delincuente no es plato de buen gusto para nadie. Hoy no me quedan otros amigos que los que hice en prisión. Al margen de ellos, estoy solo en el mundo. He aprendido a no lamentarme de mi condición y sigo viviendo. Aunque no la escogí, ni esté orgulloso de ella, es mi vida. Ya no me importa que me llamen el maketo.

La segunda condena fue larga, muy larga. Cuando por fin, conseguí la condicional y volví a mi ciudad, me resulto una desconocida. Con las minas clausuradas, los raíles de los ferrocarriles mineros levantados, los tranvías de baldes y los cargaderos parados, los depósitos de carbón de los muelles casi desaparecidos, sin apenas tráfico portuario, con los puentes levadizos cerrados para siempre, las gradas de los astilleros y los muelles de armamento medio vacíos, las grandes fábricas clausuradas, desmontadas o a punto de desaparecer, la ciudad de La Ría, moribunda, se había convertido en un paisaje de ruinas industriales, desolado y oscuro, al que los altos hornos ya no iluminaban en la noche. Era el resultado de la llamada Reconversión Industrial, emprendida por los socialistas en el poder, que había generado un ejército de parados, buena parte de los cuales, convertidos en prematuros jubilados forzosos, nunca volverían a trabajar. Me di cuenta de que, en mi ciudad, no tenía ningún futuro, así que hice el petate y me busqué un nuevo lugar bajo el sol, donde volver a empezar. 

El nacionalismo español había arrasado Gallarta con la justificación de la extensión de la mina Concha de Bodovalle. Dijeron que lo requería el progreso, supongo que se referían al de ellos. Los socialistas, con un argumento parecido, implantaron su Reconversión Industrial, giraron el interruptor y apagaron la Ría. 

Pero el mundo siguió dando vueltas, y aunque con una lentitud exasperante, fueron pasando aquellos años oscuros, y nuevas generaciones, como en una rueda cíclica de la fortuna, vinieron a sustituir a las anteriores y otro periodo de abundancia arrancó de nuevo. 

Presa de la especulación inmobiliaria y avergonzada de su sucio y conflictivo pasado industrial, la ciudad quiso emular a otras grandes ciudades europeas y se hizo un lifting. Deslumbrados por el nuevo liberalismo y la llamada posmodernidad, el nacionalismo burgués que ahora gobernaba la ciudad, emprendió una gran reconstrucción borrando las señas de identidad franquista, y de pasada, también las que hablaban de aquellos inmigrantes transformados en obreros, con cuya sangre sudor y lágrimas, se arrancó el hierro de los montes y se levantó la ciudad industrial. 

El nuevo modelo que propugnaban era, el de una ciudad aséptica que llamaban de servicios, donde ya no había ni industria ni obreros, sino empleados, profesionales, funcionarios y turistas. Diseñaron nuevos y exquisitos espacios públicos, que siempre estaban vacíos y en lugar de gente paseando, pusieron estatuas de bronce en actitud de caminar. 

Por la calle quedaban algunos rubios en pantalón corto con caras de despistados, para los que se levantaban lujosos hoteles y museos que, como monumentos al vacío y a una vida sin sentido, solo se contenían a sí mismos. Era la nueva ciudad del espectáculo, la ciudad escenario, la de las bambalinas, la de la apariencia, el marketing y el turismo. Era la ciudad de Potemkin, pero en su versión más pija. 

Con tanta admiración hablaba la gente de ella, que tomé un autobús, y volví decidido a verla con mis propios ojos. Cuando llegué me encontré con que la ciudad de La Ría, en la que había nacido y crecido, había sido borrada del mapa. Entonces tomé conciencia de que con ella, se habían ido también mis únicas raíces, las que políticamente nunca había tenido.

Dicen que nuestra patria es nuestra infancia y que en ella radica nuestra identidad, y creo que es así porque ella es la depositaria de nuestra primera memoria, la última que se pierde. A fin y a la postre, la patria de uno es uno mismo, porque todas las demás son patrias adoptadas, escogidas o impuestas por imperativos sociales, económicos, culturales o políticos. Patrias prescindibles, como ropajes intercambiables, lugares de exilio, cárceles del alma de infancias doradas, cuya llama nunca se apaga del todo en nuestro interior. 

No fue un proceso de reflexión intelectual, ni cultural, sino sentimental, llegar a tomar conciencia de que mi única patria, donde se construyó mi identidad, lo que soy, lo que fui y no fui, lo que quise ser y no pude ser, era mi infancia, y que en términos de territorio, estaba formada por los lugares donde junto a aquella Ría, me crie y me hice hombre. 

Así que, no tengo conciencia de patria para con este país que llaman España y que nunca me dio una oportunidad, ni tampoco para con esta tierra en la que nací, donde los que consideraban que era exclusivamente suya, me apodaron el maketo. 

Me costó, pero acabé por entender, que como los obreros, los maketos tampoco teníamos patria. Que no era vasco en el País Vasco, ni castellano en Castilla, ni español en ambos territorios. Que si algo era…era maketo. Maketo en todas partes. 

Que no tenía que asimilarme a nada, que tenía mi propia historia y que, aunque de aquella ciudad de La Ría apenas quedara rastro, permanecía en mi memoria y que eso era lo importante. Porque si algo somos, es memoria. Así que yo no olvido. La Ría, también es nuestra.


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